TEMA:
Oración

Problemas con la Oración y Como Resolverlos

 Inconsecuencias en la Vida de Oración

 II.  Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones:

La Mirada Hacia Fuera

 “Porque tuyo es el Reino, y el poder y la gloria

 por todos los siglos.  Amén.”

 Por Mariano González V.

Este es el artículo número catorce en esta serie sobre la oración. Habiendo discurrido sobre la mirada hacia arriba en cinco de las entregas anteriores, y en la mirada hacia dentro en otras cuatro, con la entrega presente traemos a foco reflexivo la mirada hacia fuera.

En la versión de la Biblia de uso común al presente en las iglesias evangélicas — Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602) y vuelta a revisar posteriormente en (1862, 1909, 1960, y 1995) — el Padrenuestro (Mt 6:9-13) culmina magistralmente con una impresionante doxología (vers.13).

La palabra doxología se deriva del griego doxa (?doxa).  El diccionario Larousse define la palabra doxología como “Formula de alabanza en honor de la Santísima Trinidad”.  En griego doxa  significa “brillo, esplendor, fulgor”.???  De modo que cuando nos proponemos “darle gloria a Dios” estamos abocándonos a enfocar el brillo o lustre moral de Su Divina Persona, el esplendor del magnificente trono sobre el cual se sienta, y la refulgencia indescriptible de Su gloriosa majestad.

            De entrada diremos, que si se compara la versión del Padrenuestro de Mateo 6:9-13 con la de Lucas 11:2-4, notaremos de inmediato que en la versión de San Lucas la mencionada doxología se omite en su totalidad.

Un número de escrituristas y expertos en manuscritos antiguos afirma, que esta doxología no es parte de los mejores y más antiguos manuscritos del griego en que originalmente se escribió el Nuevo Testamento.  Creemos apropiado advertir al lector sobre esta omisión en San Lucas y sobre la controvertida disparidad de criterios entre los biblistas y estudiosos de los sagrados manuscritos antiguos.

Aducen los eruditos, que esta formula de suprema alabanza fue probablemente introducida por piadosos copistas en manuscritos posteriores.  Los copistas  —siguen diciendo los entendidos—  pensaron necesaria esta adición para engalanar el uso oral del Padrenuestro durante la liturgia en las iglesias.

            La doxología no forma parte de las versiones latinas antiguas incluyendo la Vulgata.  El apologista cristiano Tertuliano (150-230 A D) comentando el Padrenuestro llama a la frase más líbranos del mal,“la conclusión”.  El asunto cobra un giro de significado mayor cuando este Padre de la Iglesia llamaconclusión” a lo que vendría a ser la última frase de la oración modelo. Corroborativamente, ningún otro comentarista del Padrenuestro entre los Padres de la Iglesia hace alusión siquiera a la doxología en sus escritos.  Siglos después, en su Catecismo Menor, el  Reformador Martín Lutero prescindió también de comentar la doxología.

En vista de esta omisión, versiones más recientes de la Biblia castellana (Nuevo Testamento Dios Habla Hoy, la Nueva Versión Internacional, etc.) han optado por excluir de sus textos la doxología.  Lo mismo hacen las versiones católicas (Nácar Colunga, Biblia de Jerusalén, Nueva Biblia Española, y otras).

Si sacáramos del Padrenuestro las 16 palabras que añade la doxología, lo reduciríamos a sólo 55 palabras. Nuestra sería una sustancial pérdida si dejamos de notar que 23 de esas 55 palabras son sólo monosílabas (casi el 42%).  En la versión de San Lucas hay sólo 58  palabras, 26 de las cuales son monosílabas.  Estas estadísticas destacan un principio que fascina la mente pensante: mientras más grande, más importante, más sabia, y más profunda sea la idea a expresarse, resulta ingenioso que se la pueda expresar sin recortes empleando solamente un mínimo de palabras.  Este es el caso del Padrenuestro que viene a ser un microcosmo donde se han encapsulado verdades sumamente profundas. En la oración modelo podemos advertir que Jesús vertió poderosas, transformadoras, regeneradoras y profundas verdades usando las más elegantes, ornadas, y a la vez, las más simples palabras.   Si logramos adueñarnos de las grandiosas realidades de la vida empaquetadas en tan corta oración, nuestras vidas enteras se revolucionarían increíblemente y nuestra relación con Dios y con los hombres llegarían a ser lo que cristianamente suponen ser. 

La oración modelo es una verdadera bomba nuclear lanzada por el Maestro Dios directo al epicentro de nuestros corazones. Es uno como ataque preventivo al nauseante egoísmo en que vegetan siempre los hijos de Adán. Va directo al centro de donde mana la vida, y donde a la vez se genera toda la energía perversa del hombre.  El Padrenuestro fue pensado para arrancarnos del pecho el yoísmo y a su prima hermana la suficiencia propia.  Fue dado para convertirnos en seres dotados de una atractiva aunque rara disposición de humildad y para re-crearnos en entes amantes y practicantes del auténtico altruismo cristiano. No es pues un accidente que el Padrenuestro, contextualizado, forme parte del paquete de bienaventuranzas con que irrumpe el Sermón del Monte.  Bienaventurados sean mil veces los pobres en espíritu, los mansos, los que hambrean y sufren de sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los que padecen persecución y los que son injustamente censurados y afrentados (vituperados) por causa de ser súbditos del reino.  Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es grande en los cielos.

            Regresando a la doxología, sería útil conservar claro en la mente que lo antes dicho sobre la omisión de la “formula de alabanza” no es igual a afirmar que ésta, en sí, no es escrituraria, porque sí lo es.  Una cosa es que no sea parte del texto original de Mateo, y muy otra, que no sea bíblica.  Por ejemplo, el artículo que usted lee ahora no es parte de los escritos inspirados del canon sagrado.  Pero ese hecho no lo hace un documento no bíblico.  Los numerosos paréntesis que hemos incorporado en su texto conteniendo hartas referencias a las Escrituras de los dos Testamentos, hacen bíblico este artículo.  Es en este sentido que la doxología también es bíblica. 

Evidentemente, la elocuente expresión doxológica añadida al Padrenuestro de Mateo fue tomada en parte de la solemne oración que hiciera el rey David ante toda la asamblea de Israel en ocasión de declarar a su hijo Salomón oficialmente encargado de la edificación del primer templo.

Las Sagradas Escrituras describen la referida ocasión de esta manera: “Así mismo se alegró mucho el rey David, y bendijo a Jehová delante de toda la congregación; y dijo David: Bendito seas tu oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas.  Tuyo, oh Jehová, es el reino,  y tú eres excelso sobre todos” (1 Cr 29:11).

A continuación ofrecemos una breve reflexión sobre cada uno de los componentes de la doxología.  Para empezar, el conectivo “Porque” sirve de puente entre el Padrenuestro y la doxología, enlazándola con lo que la precede.

En una reflexión anterior que titulamos “Venga tu reino”, hemos capitalizado en Dios como el Cabeza de un Reino. La frase “Venga tu reino” sumada a la frase “Tuyo es el Reino” de la doxología, evoca la llegada del reinado de Dios al corazón de los individuos que se arrepienten y creen al Evangelio convirtiéndose automáticamente en súbditos de ese reino. Mas remotamente, se refiere también al reinado literal o milenio que revolotea todavía en el porvenir esperando hasta que los reinos del mundo lleguen a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo (Ap 11:15).   Juan el Bautista, Jesús, los doce apóstoles, los 70 enviados, todos predicaron el Reino de Dios.

Entre las funciones que ejerce cualquier rey se encuentra aquella de proteger a sus súbditos.  Nadie mejor que el Omnipotente sería capaz de brindar efectiva protección que Aquél que mediante su poder milagroso nos suple pan cotidianamente y se da a la interminable tarea de darnos salida del atolladero de las tentaciones.

Tuyo es “el poder”.  Es posible percibir el poder de Dios en todo lo creado y en la fuerza cohesiva con que encola su universo manteniéndolo totalmente integrado.  De EL también es el poder para perdonar pecados (Mr 2:7)  y el poder para guardarnos sin caída presentándonos con alegría y sin mancha, ni tachas, ni arrugas, ante su gloriosa presencia (Jud 24).

“Y la gloria” (doxa - doxa) EL la merece y a EL se le??? debe dar siempre en forma de sublime alabanza, honor, y pleitesía salidas de nuestros corazones agradecidos y exteriorizada espontáneamente mediante nuestros labios.

De modo que alabar a Dios diciendo “Tuyo es el Reino, el poder y la gloria” es conceder ante su presencia que EL tiene las manos en el timón y bajo total control el universo entero sobre el cual EL reina y del cual soy solamente una ínfima proporción.  Que El es el único que puede hacer todo cuanto quiere según el balanceado consejo de su voluntad santa, y que su gloriosa belleza moral nos deslumbra, nos encandila, nos aturde.

Con la impagable deuda del perdón de nuestros pecados que arrastramos, nuestra actitud de continuo, y de por vida, bien pudiera expresarse en las palabras del salmista: “Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.  A Ti te bendeciré en mi vida. En tu nombre alzaré mis manos”. Tu “alabanza estará de continuo en mi boca”.   “Señor abre mis labios y publicará mi boca tu alabanza” (Sal 63:3,5; 34:1; 51:15).

Estaría en orden además que de corazón y alma, y sin apologías, corroboráramos a los santos de antaño en el reconocimiento que acordaron al Dios de su salvación: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza” (Sal 96:4; 145:3; 48:1). 

 Con la familia de la fe debíamos sentirnos libres también para hacer un llamado al universo todo, para que al unísono con nosotros, dé gloria y alabanzas a nuestro Gran Dios y salvador. Que con el entusiasmo del salmista le hagamos la siguiente invitación: “Engrandeced a Jehová conmigo,  y exaltemos a una su nombre” (Sal 34:3) ,  Alábenlo los cielos y la tierra, los mares, y todo lo que se mueve en ellos” (Sal 69:34).  Que en efecto nos atrevamos a increpar persuasivamente al sol y a la luna y a las lucientes estrellas (Sal 148:3); a los montes (Is 49:13);  a los monstruos marinos y todos los abismos, al fuego y al granizo, a la nieve y al vapor, al viento de tempestad, a los collados, a los reptiles y volátiles, y a todo animal.  También a los reyes, a los jueces, a los jóvenes, doncellas, ancianos, y a los niños (Sal 148:7, 8, 9, 10, 11, 12).  Que digamos enfáticamente a “todo lo que respira” (Sal 50:6),    ¡Alábenle!  A “todas sus obras” (Sal 145:10),  ¡Alábenle!  Incluso a los ejércitos de ángeles (Sal 148:2),   ¡Alábenle!

 “Por los siglos de los siglos” puesto que EL es el mismo ayer y hoy y por las centurias (Heb 13:8) y sus años no acabarán (Heb 1:12).   El Anciano de Días (Dan 7:9)  no tiene predecesor, ni sucesor en el cosmos ni aun fuera de él (Is 40:10).  Las generaciones que nos precedieron, las generaciones presentes, y las que nos seguirán, han acudido fervientes a EL y lo han encontrado siempre vigoroso, fuerte, todopoderoso y sin merma.  Saben que les valió la pena buscar Su rostro.  Que el contacto con EL les dejó los más auspiciosos beneficios.  Dios fue, es, y será el refugio de sus súbditos de generación en generación por lo que desde el siglo hasta el siglo será el Dios de ellos (Sal 90:1-2).

La última palabra de la doxología es “Amén”.  La palabra “Amén” implica un asentís o reafirmación de lo antes dicho.  Martín Lutero la explicaba como “Esto siempre es verdad.  Amén, Amén quiere decir: Sí, sí, que así sea”.  Al pronunciar nuestro “Amén” expresamos absoluta confianza en que nuestra oración va a ser y es oída, considerada, y atendida por el Abba Padre (Abba  oPater).

Los hebreos usaban la interjección “Amén” cuando buscaban apoyar, confirmar, y aceptar alguna aseveración, o para manifestar estar de acuerdo con la misma, o simplemente para expresar el deseo de que se concretara, de que llegara a ser realidad. Las Escrituras hebreas usan muchísimas veces el “Amén”.  Por ejemplo, en tiempos de sus asambleas solemnes todo el pueblo de Israel contestaba al unísono: “Amén”.  Este fue el caso cuando se publicó el anuncio de las maldiciones enunciadas por Moisés a los que se apartaran de los mandamientos (Dt  27:11-26) o cuando el rey David ordenó el traslado del Arca que estaba en Quiriat-jearim en casa de Abinadab (1 Cr  13: 5-7; 15:1; 16:36)  para llevarla a su morada en la tienda que el rey le había erigido en Jerusalén. 

            Además del “Amén” colectivo encontramos en las Escrituras hebreas  ejemplos de “Amenes” individuales también (1 R 1:36; Nm 5:22).    Por su parte,  los levitas usaban el “Amén” al final de varios de los salmos como un responso a las alabanzas en el culto (Sal 41:13; 72:19 y varios otros).  

En el Nuevo Testamento San Pablo, San Pedro, San Juan y San Judas usan diecisiete o más veces el “Amén” para cerrar sus doxologías.  Es digno de nota que San Pablo recomendara a los fieles que al dar gracias en público, el orante lo hiciera con suficiente volumen para que el resto de los congregantes pudieran amenizar la oración adecuadamente (1 Co 14:16).

El Apocalipsis llama a Jesucristo “el Amén” (3:14).    En 2 Co 1:20 se nos dice que en Jesucristo “todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios”.  “Amén” es también la palabra escogida para cerrar con broche de oro cada uno de los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan),  y nada más apropiado para que nosotros también cerremos este artículo con un rimbombante ¡Amén y Amén!

En el artículo siguiente iniciaremos nuestros comentarios sobre la tercera y última causa de inconstancia en la vida de oración.  Es el tercer y último punto en estas consideraciones sobre los problemas con la oración y cómo resolverlos.  Hemos titulado dicho aparte: “No Sabemos Imitar Buenos Ejemplos”.  

 

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