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TEMA:
Oración |
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Problemas con la Oración y Como Resolverlos Inconsecuencias en la Vida de Oración II. Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones -
E - La Mirada Hacia Arriba "Santificado Sea Tu Nombre" Por
Mariano González V. Proseguimos comentando la
mirada hacia arriba que el Padrenuestro proyecta. Dicha mirada, ya hemos
visto, nos coloca en posición vertical poniéndonos frente a frente con
el trono del Padre que mora en los cielos de los cielos.
Al levantar nuestra alma hasta la altísima capa celestial donde
nos dispara esta oración, nos es dable descubrir y experimentar allí una
de las más distinguidas y sobrias características de Dios el Padre: Su
Santidad. La frase “Santificado sea tu nombre” en el
Padrenuestro, llama nuestra atención a este aspecto o carácter santo del
Dios de la Biblia. El ‘nombre’ de Dios,
significa Dios mismo. Su
nombre está
encolado a como EL se revela en las Escrituras y como se ha
manifestado al hombre a través de los tiempos. El nombre de Dios es todo
lo que Dios es y en todo lo que Dios se involucra o le concierne. Un
nombre es siempre representativo de la persona que lo lleva. Involucra su
carácter mismo y a veces su entorno también.
La Biblia habla de los “Que
aman tu nombre” (Sal 5:11); “Cuán glorioso es tu
nombre” (Sal 8:1); “Cantaré a tu nombre” (Sal
9:2); “Anunciaré tu nombre a mis hermanos” (Sal 22:22); “Por amor de su nombre”
(Sal 23:3);
y un sin número de otras referencias similares, tanto en los salmos, como
en otros libros de las Sagradas Escrituras. Cristo oró al Padre para que El glorificara su nombre (Jn 12:28). En todos los casos referidos, el ‘nombre’ se usa
como sinónimo de Dios. El
llamado a santificar el Nombre de Dios va en consonancia con innumerables
referencias a la santidad de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo
Testamento. La santidad reside en la naturaleza misma de Dios. Es un
atributo inherente a la esencia de la Deidad. Es aquella característica
que hace a Dios permanecer absolutamente apartado del pecado,
perfectamente libre de iniquidad, o de cualquier resemblanza de mal o
deterioro moral. Dios, afirman y reafirman las Escrituras, es santo. En su magnificente visión
del Dios Alto y Sublimado, el profeta Isaías escuchó y tradujo para
nosotros el trilogio que los serafines de gloria entonan en la corte
celestial. Dicho coral anuncia que Dios es un Dios tres veces
santo. Mucho hablan los
predicadores acerca del ‘amor’ de Dios y al hacerlo dicen la verdad.
Pero para pérdida nuestra son pocos entre ellos los que enfatizan en sus
predicaciones la ‘santidad’ de Dios. No dudamos ni por un segundo de
que Dios sea amor. Esta verdad queda enfatizada y demostrada en la Biblia
multiformente y la frase “Dios es Amor” consagra esta grandiosa
verdad esculpida en 1 Juan 4:8. Pero conviene fijarse también en que las
Santas Escrituras nunca registran el trilogio: ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!,
pero sí el de ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!
Esto, nos parece, es de sumo interés y bien haríamos
en ponderarlo juiciosamente. El coro de alabanzas y
adoración de los serafines alados que merodean alrededor del trono de
Jehová, inspiró a J. B. Dykes a escribir el exuberante himno que a
menudo enriquece la alabanza en nuestras congregaciones, y cuya lírica
dice: --¡Santo!
¡Santo! ¡Santo! Señor omnipotente Siempre
el labio mío loores te dará; ¡Santo!
¡Santo! ¡Santo! Te adoro reverente Dios
en tres Personas, bendita Trinidad.
--¡Santo!
¡Santo! ¡Santo! La inmensa muchedumbre De
ángeles que cumplen, tu santa voluntad Ante
ti se postran, bañada de tu lumbre Ante ti que has sido, que eres y serás.
--¡Santo!
¡Santo! ¡Santo! La gloria de tu nombre Vemos
en tus obras, en cielo, tierra y mar ¡Santo!
¡Santo! ¡Santo! Te adorará todo hombre Dios
en tres Personas, bendita Trinidad. Nuestro
amigo, el valor práctico
del aspecto o atributo santo en el Padrenuestro nos ubica a pensar no
solamente en que Dios es santo inherentemente, sino que también nos
sumerge en la demanda de Su parte de la más estricta santidad a los que
llevan Su nombre. La santidad es uno de Sus atributos comunicables, y sus
hijos suponen absorberlo en sus contactos con EL. Dios demandó la
santidad en el Antiguo Testamento a Israel, Su pueblo terrenal, y la
demanda en el Nuevo Testamento a Su pueblo celestial, la iglesia. Por ejemplo, en el libro de Levítico capítulo 19 versículo 2 oímos a Dios reconvenir a Moisés de esta manera: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”. A lo menos en seis otras ocasiones en este libro bíblico se repite esta demanda de parte de Dios. Más adelante, las palabras del Levítico hallan eco en el capítulo 1 de la primera carta de S. Pedro versículos 15-16. El apóstol hace allí un llamamiento a la |
iglesia a la vida de santidad.
Suyas son estas palabras: “Como Aquél que os llamó es santo, sed
también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito
está: Sed santos, porque yo soy santo”. En otra declaración
confirmatoria, el autor de la epístola a los Hebreos dice: “Seguid
la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Tan
importante es la santidad personal que su deficiencia constituye una falla
relacional de tal magnitud, capaz de robarnos el éxtasis mismo de ver al
Señor. El cristiano queda pues
debidamente advertido sobre su sagrado deber de reflejar en su vida
privada y pública el carácter santo de Dios. Le es propio llevar una
vida de separación de las contaminaciones del mundo, del pecado, y de las
obras de la carne, so pena de que sus oraciones sean impedidas. El
sensible y afinado espíritu del escritor de los salmos discernía esa
posibilidad y la expresa así en el Salmo 66:16: “Si en mi corazón
hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.” “Santificado
sea tu nombre” -- subrayó Jesús en el Padrenuestro. En el lenguaje del
Antiguo Testamento cuando se santificaba una cosa, un edificio, un
utensilio, un día de la semana, una persona, etc., significaba que este
era separado ceremonialmente para usos sagrados. Se ponía aparte para un
uso especial en el culto. Santificar el Nombre de
Dios es hablar de EL con reverencia, no con liviandad como hacen los
profanos, e incluso algunos evangélicos. En cierta manera el uso trivial
del Nombre de Dios equivale a usar en vano el Nombre sacrosanto.
Tomar el nombre del Señor en vano es violatorio del mandamiento
grabado en las tablas de la ley que dice: “No tomarás el nombre de
Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que
tomare su nombre en vano”. Pero... ¡Cuántos delinquen tomando en
vano el sagrado nombre! Santificar el nombre de
Dios es vivir en la conciencia perenne del respeto que merece Aquél que
nos ha tomado por hijos. Incita a la reverencia de Su Nombre. Santificar
el nombre de Dios es mantener una profunda actitud de veneración al Ser
Supremo, por quien EL es: Sacrosanto. Es vivir en conciencia
perenne de sus atributos, cualidades, y características. Es demostrar
temor reverencial por sus ordenanzas, y por una sostenida conducta
congruente con la santidad de Dios, tapar la boca a los blasfemos que
buscan enlodar el Nombre de Dios hallando faltas en los que profesan ser
Sus hijos. Es determinar santificarlo en nuestros pensamientos, en
nuestras palabras, en nuestra conducta, y mediante nuestras obras. Cuando
damos a Dios el primer lugar en nuestras vidas y le ofrecemos el afecto
profundo de nuestros corazones, demostramos que santificamos Su nombre. En
última instancia, nuestros esfuerzos humanos no pueden hacer más santo a
Dios de lo que El es inherentemente, pero para nuestro bien nos conviene
atender a Su demanda de santificar Su Nombre viviendo en estado de
separación (no de aislamiento). Este es nuestro sagrado compromiso. El uso superficial y
descuidado de Su sagrado Nombre en la conversación común con nuestros prójimos,
es inaceptable para el pueblo que profesa piedad. Contrita nuestro espíritu
cuando oímos de labios “cristianos” invocar el Nombre de Dios para
simplemente santimoniar el ambiente o para pretenciosamente proyectar una
falsa apariencia personal de gran piedad. Pareciera como si los que tal
hacen, a cada instante dispararan por sus labios expresiones huecas tales
y como “¡Ay Dios!” o ¡”Dios Mío!” o “Mi Dios esto y lo
otro”. Como si este “mi Dios” significara algo que ellos pudieran
ponerse en el bolsillo para manejarlo a su antojo y conveniencia. Otros arremeten con aquello
de “¡Ay Jesús”, “Mi Jesús”, como si el tal ‘Jesusito’ fuera
su propiedad privada y existiera para su uso exclusivo. Otros,
inadvertidamente, encogen y disminuyen la estatura de un Dios inmenso
atreviéndose a referirse a El como “Diosito”, como cuando dicen:
“Si mi ‘Diosito’ me presta vida” . . . etc. Resulta curioso que entre
los evangélicos hay los que, para querer distinguirse de aquellos de la
religión popular, sustituyen la palabra Dios, por Jehová. Creen que
protestantizando sus palabras logran su objetivo. Pero al usar el nombre
Jehová repetitivamente lo que logran es desantificarlo. Todo lo que
consiguen es devaluar el alto quilate del santo nombre. ¡Fuera con toda esa
mercancía barata! ¡Fuera con toda esa jalea verbal amelcochada! La misma
es improcedente, inadecuada, inapropiada, y hasta imprudente. Conviene que
en nuestro hablar volvamos a la cordura que la oración modelo procura
instituir al indicarnos que debemos “Santificar Su Nombre”. Urge que
devolvamos al Santificado de nombre al lugar de donde nuestra liviandad lo
ha apeado. Cuidémonos mucho de no abaratar el Nombre que es “sobre
todo Nombre”. Esforcémonos en construir una base verbal más
digna para el trampolín de nuestras conversaciones. Ha llegado el momento
de hacer de “Santificado sea tu nombre” no meramente una
consigna, sino también la praxis que rija nuestra relación con Dios y el
manejo de Su Sacrosanto Nombre. Sumerjámonos en Dios, constantemente.
Busquemos absorber por osmosis la esencia del corifeo de los seres
que alrededor del Trono dicen con reverencia: “Santo, santo, santo”.
Y claro, mantengamos en mente que no es asunto de frases y palabras solamente. Nuestros hechos también santifican o desantifican al Dios en que decimos creer. Sean nuestro diario vivir y manera de actuar, conjuntamente con nuestro hablar, congruentes con el Dios cuyo nombre transpira la esencia de su ser pues Dios es un Dios que cela, con celo santo, la gloria de Su Nombre, y es El quien soberanamente nos manda a santificarlo. |
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