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TEMA:
Oración |
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Problemas con la Oración y Como Resolverlos Inconsecuencias en la Vida de Oración II. Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones -
D - La Mirada Hacia Arriba "Que Estás en los Cielos" Por
Mariano González V. Habiendo
discurrido en dos entregas anteriores sobre las palabras –‘Padre’ y
“Nuestro’-
con que empieza el Paster Noster
o Padrenuestro, pasamos al próximo ingrediente que la mirada hacia arriba
proyecta en esta singular oración. Se trata de la frase que sigue a ”Padre
nuestro” y es: “Que estás en los cielos”. “Los
cielos” apuntan certeramente hacia la ubicación direccional
de la Primera Persona de la Deidad a quien Cristo enseñó debemos dirigir
nuestras oraciones. Dios, en efecto, está en todas partes al mismo
tiempo. El es omnipresente. Pero es en el cielo donde presumiblemente está
la “casa”
del Padre y donde EL tiene fijado Su trono. Por
consiguiente, la ubicación direccional de la Deidad sugiere que el
movimiento de la oración al Padre sea hacia arriba. Por
ello hemos llamado a la 1ra. de las tres miradas, “la mirada
hacia arriba”. Nos apoya el hecho de que en las Sagradas Escrituras se
relaciona a menudo al cielo como estando en lo alto, por encima nuestro,
como cuando la Biblia usa la expresión “el Trono de la Majestad en
las alturas” (Heb 8:1). Contrariamente, las
Escrituras acuerdan al infierno una orientación hacia abajo. Por ejemplo,
hablando de los malos que serán trasladados al infierno, el Salmo 55 dice
que descenderán vivos allí. Si descienden es porque bajan.
Su movimiento es hacia abajo desde una posición más alta que en este
caso es la tierra. Comentando el descalabro de
satanás quien estaba originalmente arriba en el cielo, Isaías 14
profetiza que sería “derribado a los lados del abismo”
y que “por su soberbia descendió al infierno”. Si satanás
fue derribado y descendió, fue derribado hacia abajo puesto que nunca uno
derriba hacia arriba. Además su destino final fue el abismo y la dirección
de los abismos está siempre hacia abajo.
Del rico en el infierno nos dice Lucas 16 que estando en los
tormentos “levantó los ojos” hacia el seno de
Abraham donde estaba Lázaro. Levantó los ojos porque el infierno
queda por debajo con relación al seno de Abraham. Significativamente,
como este rico levantó los ojos, también a nosotros se nos exhorta a levantar
los ojos en el acto de la oración. Fue esa mirada vertical, precisamente,
en la que Jesús hizo hincapié cuando instruyó a sus aprendices: “Vosotros
pues oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos”. Reforzando el modelo de
oración, modelo oral, que enseñó a sus aprendices, Jesús, en la práctica
personal, solía también “levantar los ojos al cielo” para
orar. Tal fue el caso de la oración que hizo por la unidad de sus discípulos
en el capitulo 17 de Juan. Dicha oración está precedida por la frase: “Estas
cosas habló Jesús y levantando los ojos al cielo dijo: Padre la
hora ha llegado . . .” Igual
hizo (“levantando los ojos al cielo”) cuando pronunció la
bendición sobre los panes y los peces con que alimentó a más de cinco
mil (Mt 14:19). Por vía de contraste, la
historia del cobrador de impuestos o publicano y del fariseo que subieron
al templo a orar en Lucas 18:13, destaca que el publicano de la parábola
no se atrevía ni a “alzar los ojos al cielo”. Interesantemente,
las Escrituras usan la palabra cielo o su plural ´cielos´ en más de un
sentido. Fue San Pablo quien en 2 Co 12:2 habló de haber sido “arrebatado”
al tercer cielo. Si hay
un tercer cielo, por deducción lógica debe haber un primer y segundo
cielo también. Por cierto, en el judaísmo se habla de un séptimo y
hasta de un décimo cielo. El primer cielo es
el cielo donde vuelan las aves. “Mirad
las aves de los cielos” dicen San Lucas 9, Génesis 1 y Job
28 (Lc 9:58, Gn 1:26; Job 28:21). El
segundo cielo es la expansión donde despliegan su lumbre los
astros tales como el sol, la luna, y las estrellas. Es el llamado cielo
sideral o ‘firmamento’ que alcanzan a rascar los astrónomos con sus
potentes telescopios. En el último Salmo, el cantor David nos mandó a “alabar
a Dios en la magnificencia del firmamento” o cielo sideral. Colegimos
entonces que el tercer cielo es donde está ubicada la morada de
Dios el Padre y donde se encuentra el asiento de su gobierno. Así lo creía
y así lo expresó por inspiración divina el cantor David en su canción: “Jehová estableció en los cielos su trono y su
reino domina sobre todos” (Sal 103: 19).
Es digno de nota que Jesús mismo dijo, específicamente, que la ubicación
del Padre está en los cielos. Esta fue su poderosa insinuación en la
primerísima declaración del Padrenuestro que más adelante reitera en
otras Escrituras como Mateo.7:11;23:22. A menudo la Escritura se refiere a
este cielo como “los cielos de los cielos” como cuando Moisés
recuerda a los Israelitas en Deuteronomio 10:14: “De Jehová tu Dios
son los cielos, y los cielos de los cielos”.
En mis viajes por el mundo
he tenido el privilegio de orar desde muy alto viajando en avión a 32,000
o 35,000 pies de altura. Me deleito mirando hacia abajo y hacia afuera por
la ventanilla al lado de mi asiento. Disfruto inmensamente del
espectacular panorama que nos regala Dios a esa altura. Mirando hacia
abajo pienso en la purificación del alma al deslizarse el aparato por
encima de una pieza de alfombra formada por densas nubes del más
inmaculado blanco. |
Al mirar hacia arriba al infinitum azulun de la bóveda celeste, recuerdo al cantor David entonando, arpa en mano: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y la expansión denuncia la obra de sus manos” (Sal 19:1). Miro hacia delante tan lejos como llegue mi vista y ésta se pierde a lo lejos en el horizonte sin fin. Quedo maravillado del
ingenioso Arquitecto que creó y puso en su lugar tanta belleza. Mi corazón
responde elevándose en alabanzas y adoración al Creador. Luego, desde mi
privilegiada posición a más de 30,000 pies de altura, me da por orar. Al
hacerlo recuerdo a éste o aquél hermano que allá abajote, sobre la
superficie de la tierra, lucha por disparar una oracioncita o dos hacia
arriba. Me doy entonces unas palmaditas a mi mismo y me felicito.
Luego, sin proferir palabras, le digo al hermano de allá abajo,
“¡Hermanito! ¡Te gané! ¡Mi oración va a llegar al Trono del Señor
más pronto que la tuya porque tiene que viajar una distancia más corta
desde acá arribota!” ¿Será posible? Todo depende de la actitud
de corazón, de la preparación de espíritu, de la limpieza de alma, y de
la sinceridad de la fe con que el hermanito o yo enviemos la oración. La
verdad es que para Dios no existe diferencia real en cuanto a la ubicación
nuestra en el momento de orar. Podemos estar tan altos en una nave aérea,
o aún en una nave espacial, o tan profundos como el profeta Jonás cuando
tocó el fondo de los mares desde donde vio “las raíces de las montañas”
al viajar involuntariamente en un submarino por el Mediterráneo (Jon
2:3,5-6).
No olvidemos que el Dios nuestro es infinito y llena hasta rebosar todos
los estratos de los cielos. Los cielos de los cielos, dice la Escritura, “no
lo pueden contener”. La distancia, la geografía, el tiempo, o
cualquier otra consideración humana, son irrelevantes. Nada limita a Dios
siendo que EL está en todas partes simultáneamente como ya hemos señalado.
Pero la ubicación hacia arriba a que nos manda la oración modelo sirve
el propósito de fijar el concepto de que el Padre está alto y sublimado (Is
6:1). Levantamos pues los ojos
hacia arriba, sean estos los ojos físicos o los del alma, o ambos, para
atestar y consentir la ubicación direccional de nuestro Dios. La mirada
hacia arriba desterrenaliza nuestras oraciones y facilita que le pongamos
alas para que vuelen alto, altísimo, más arriba de donde les es dado
volar a las águilas. Hace que psicológicamente le cortemos el cordón
umbilical a la ley de gravedad que nos ata a la tierra. Lo sublime es subir, subir,
ascender a las cumbres donde las alas de la oración nos llevan. Resulta
exultante, electrificante, vigorizante, despegarnos de nuestro entorno físico
donde estamos sembrados, para ascender aún por encima de los 30,000 pies.
El objetivo es que toquemos el Trono de Dios por la fe y que comulguemos
allí con el que se sienta sobre dicho Trono. Que penetremos “los
cielos de los cielos“ para recibir el impacto de la presencia del
Padre y el toque milagroso de Su mano. El rey y sabio Salomón
vislumbrando la magnificencia, el esplendor, la magnitud, la inmensidad, y
lo encandilante de la morada de Dios en los cielos, comprende y contrasta
la pequeñez del templo que sus manos humanas edificaron para Dios, y hace
la siguiente conjetura: “¿Es verdad que Dios morará sobre la
tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no le pueden
contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”
Celebremos también nosotros y loemos al que “cabalga
sobre los cielos de los cielos, que son desde la antigüedad” (Sal 68:33) Reiteramos que es al
encandilante palacio de Jehová donde Cristo envía a sus discípulos
cuando en el acto de la oración los enseña a irrumpir: “Padre
nuestro que estás en los cielos”. Lo hace, intuyo, para que no les
quede otro remedio que pasmarse ante la belleza, la magnificencia, y la
inmensidad de aquél lugar, y ante la realeza, la majestad, y la
gloria de la Persona que se sienta sobre el Trono. ¿Sabe por qué? Porque en último análisis
es allí, en el lugar de Su morada, donde el Alto y Sublimado oye la oración
de sus siervos y es allí donde también los recibe, dialoga, comulga con
ellos, y los perdona. Con esto en mente, lector nuestro, dése hoy la
oportunidad de leer con cuidado, de ponderar con mucha reflexión, y de
morar por un rato en el pasaje de 1 Reyes 8:27 y 30. Hermano o hermana mía, ¿Recuerda
usted el sueño de la escalera de Jacob por la que subían y bajaban ángeles
y Dios estaba en lo alto de ella? ¿Recuerda usted su reacción cuando
despertó del sueño? Dijo Jacob al despertar . . . “Ciertamente
Jehová está
en este lugar, y yo no lo sabía.” Tuvo mucho
miedo . . . y pensó: . . . ‘!Que imponente es este lugar! ¡Cómo
inspira a la reverencia! No es otra cosa que Casa de Dios y puerta del
cielo’. . . Y Jacob llamó a este lugar: Betel” (Gn 28:16-19). Lea ahora lo lindo que
palabrea este pasaje la Biblia al Día: “Entonces Jacob despertó. --¡Dios
vive en este lugar! . . . ¡He dado con su casa! ¡Esta es . . . la
majestuosa entrada al cielo! ¡Misión cumplida, Jacob! Lograda de golpe y sopetón, y me temo que de sorpresa también. Sueñe usted también, amado lector, pero no permanezca soñando. Despierte a la realidad, y despierte pronto. Es menester descubrir la magnificencia del lugar. Necesitamos vivir a lo sumo la experiencia de la oración que llega al Trono. Nos urge ingresar y grabar en el disco duro de nuestras conciencias que el acto de la oración es el portal del cielo que permite a nuestras almas acceder e identificar nuestro Betel. Logrado esto, podremos decirnos a nosotros mismos y decirle a los demás: ¡Misión cumplida!
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