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TEMA:
Oración |
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Problemas con la Oración y Como Resolverlos Inconsecuencias en la Vida de Oración II. Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones -
B - La Mirada Hacia Dentro "Y Perdona Nuestras Deudas" Por Mariano González V. El segundo golpe didáctico en la
mirada hacia dentro del Padrenuestro, reúne en una formula la confesión
del pecado personal y el perdón que debemos a los demás. Se pone en
evidencia en las frases “perdona nuestras deudas” y
“perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6:12).
Infiere
que dependemos del Señor
moralmente.
Vimos en el artículo
anterior “El
Pan nuestro de cada día dánoslo hoy”,
que también somos dependientes de EL materialmente. La palabra “deudas” denota ofensas, violación, transgresión,
pecado. “Nuestras
deudas”
significa nuestras faltas para con Dios. “Nuestros deudores” son
los que habiéndonos ofendido contraen una deuda moral con nosotros.
La formula parece destacar a la vez que nosotros contraemos con
ellos una deuda
moral también,
y es la de perdonarlos.
La oración modelo, según la vierte San Lucas 11:1-4, usa la palabra
‘pecado’ en vez de ‘deudas’. Dice:
“Y perdónanos nuestros pecados” (
v. 4).
La Biblia aclara en 1 Juan 3:4 que“El pecado es transgresión
(infracción) de la ley”
- es decir – la ley de Dios.
“Y
perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores” enlaza, y en cierto modo, pareciera condicionar el perdón de Dios hacia
nosotros al perdón que estemos preparados para otorgar a nuestros
ofensores (Mt
6:14-15). Pero este no puede ser el caso. Mas
bien aquí vemos proyectarse un saludable ejercicio espiritual que como
veremos no contempla condiciones. Como se puede advertir, perdonar tiene
una esencia relacional y social, valga decir, de Dios hacia nosotros y de
nosotros hacia nuestros hermanos. Entiéndase que Mateo 6:12, y su contexto de los versículos 14-15, no
puede estarse refiriendo al perdón divino inicial que Dios otorga al
pecador contrito en el momento de su conversión.
Al convertirnos, Dios ejerce su prerrogativa soberana e
irreversible de perdonarnos mediante los méritos del crucificado Hijo suyo. Dicho
perdón nos injerta automática y eternalmente en la familia del Padre y
posterior a esa experiencia transformante nada
ni nadie puede cambiar esa relación; ni siquiera la muerte o la vida, ni
ángeles, ni principados ni potestades, ni lo presente, ni lo
porvenir, ni lo alto ni lo profundo ni ninguna cosa creada (Ro
8:38-39). En Jesucristo nuestro perdón está eternalmente seguro y garantizado.
Por consiguiente, el perdón de nuestras ‘deudas’ en el
Padrenuestro deberá estarse refiriendo al pecado después de la conversión. Una lectura casual de Mateo 6:12, 14-15,
podría llevar a algunos a la falsa conclusión de que es posible
comprar gracia por dar gracia en trueque.
En otras palabras, creernos que la gracia que dispensamos al
perdonar es capaz de retorcerle el brazo a Dios para que dispense gracia
perdonándonos a nosotros. Esto
obviamente es imposible. Simple
y llanamente está en abierta contradicción con el tenor general de las
Escrituras. La Escritura
declara categóricamente que “Por gracia sois salvos por medio de la
fe; y esto no de vosotros pues es don de Dios; no por obras, para que
nadie se gloríe” (Ef
2:8-9).
La idea de la salvación sin necesidad de obras queda bien esclarecida además
en diversas partes del libro de Dios (Ro
3:28; 4:1-3; Tit 3:5 etc.).
Si dispusiéramos de la moneda para pagar por nuestras
‘deudas’, si fuera posible recibir el perdón de nuestros pecados por
simplemente perdonar a otros, estuviéramos estableciendo que podemos
salvarnos a nosotros mismos y por ende quedaría anulada la necesidad de
la obra de Cristo sobre la cruz. Creo
que convendría abstenernos de usar siquiera la palabra “condición”
cuando se trate del perdón de Dios. Lo que en efecto enfoca esta parte del Padrenuestro es el compañerismo o
comunión con el Padre que a menudo se fractura con nuestras ofensas
contra Su santidad, y no la salvación incondicional que EL da cuando nos
allegamos inicialmente a El en nuestro estado de pecadores perdidos rogándoles
que nos salve. Después de ser
salvos, es imposible pretender que tenemos comunión ininterrumpida con el
Padre, que andamos en la luz de Su presencia, si todavía hay un
cortocircuito en nuestra relación con alguno de Sus hijos.
Nuestra relación vertical es manifiestamente anormal, y huele a
hipocresía, si nuestra relación horizontal está desconectada porque
rehusemos conceder a otros el perdón
que esperamos Dios nos conceda a nosotros.
Es pues esencialmente cristiano restaurar al ofensor a la confianza
y al amor del ofendido, reactivar el afecto perdido en la fractura, e
incluir al ofensor de nuevo al seno de la amistad, amabilidad,
convivencia, fraternidad e intimidad de la familia.
Eso es lo que hace Dios cuando le ofendemos y se lo confesamos y lo
que quiere que hagamos nosotros con los que nos ofenden: “Sed
pues imitadores de Dios como hijos amados” (Ef 5:1). El
nudo de la enemistad con nuestros hermanos debe y tiene que desatarse. Aún cuando tomáramos a Mateo 6:12, 14-15 en lo que
parece ser su valor frontal, perdonar a los hombres no aflora aquí como
el único elemento necesario para que el Padre nos perdone a nosotros.
Cierto, es el único que se menciona, pero no hasta el extremo de
excluir otros. El perdón de
Dios después de la conversión da por sentado otros elementos tal y como
aquel del arrepentimiento y la confesión sincera ante Dios de nuestras
propias ofensas. La confesión viene a ser la mejor terapia para nuestros
propios males. Presupone además
las manos vacías abriéndose para recibir de manos de Dios el perdón y
la restauración a la comunión con El.
Presupone también el voto o intención de no incurrir otra vez en
dichas faltas y el firme propósito de apartarse de ellas, de dejarlas atrás.
Vale decir, presupone todo un proceso de acrisolamiento personal y
vertical antes de tratar de reparar la relación horizontal perdonando a
los que nos deben. El hecho de
desatar el nudo con respecto a Dios consecuencialmente guiará a desear
que desatemos el nudo con respecto al hombre. El arrepentimiento para con Dios (vertical)
efectúa la
reparación de la relación del hijo con su Padre.
Los hilos de comunicación que se habían quebrado al ofender a
Dios se reparan mediante la confesión (1 Jn 1:9) .
Dicha reparación, y la alegría del alivio consecuente, promueve y
en efecto lubrica la disposición espiritual hacia el prójimo facilitándonos
perdonarlo (horizontalmente) .
Inclina a dar de gracia lo que de gracia hemos recibido. Vuelca a
hacer con otros lo que Dios ha hecho con nosotros y todo en el espíritu
de Efesios 4:32: “Sed benignos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en
Cristo” . ¡Qué dulce y cuán liviana resulta la vida cuando hay esta descarga
libertadora! Por otra parte, aquellos que no han ejercido el perdón de sus ofensores
insistiendo en que la herida recibida es muy profunda, hasta el punto que
no pueden olvidarla, pone en evidencia que lo establecido por Jesús no ha
sido cumplido por ellos, que todavía no han desatado el primer nudo, y
por lo tanto se han descalificado ellos mismos para desatar el segundo. Más bien pareciera como si aquí se tratara el caso de uno que anda en
tinieblas morales sin percibirse de ello.
Que se trata de un muerto en delitos y pecados según el espíritu
de 1 Juan 1: 9,
11 y 3:14 “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano,
está todavía en tinieblas. Pero
el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no
sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.
Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a
los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte”.
Por lo que se ve, resulta inútil pretender la dicotomía de
que estamos y andamos en luz pero todavía podemos permitirnos seguir
alimentando en el pecho un espíritu implacable, no perdonador, hacia
nuestros hermanos que nos deben. |
El
cristiano B le respondió: ¿Estás seguro que no has podido perdonar a
quien te ofendió tanto? El Cristiano A replicó que había tratado, pero que no había podido. El cristiano B continuó: ¿Sabes? Me
he dado cuenta de que a menudo usamos la frase “no he podido”, cuando
en realidad lo que queremos decir es: “no he querido”.
Querer es poder. ¿Será posible que en tu caso sea, no que no
hayas podido, sino que no hayas querido?
Si en realidad este es el caso, la situación podría estar
indicando que jamás has sido perdonado por Dios y solamente te estás
diluyendo a creer que eres un cristiano genuino.
¿No sería beneficioso para tu salud espiritual mirarte a la luz
de lo que dice S. Pablo en 2
Corintios 13:5: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe;
probaos a vosotros mismos?” De veras, no tiene sentido llegar contritos ante el Padre para que nos
perdone sin poner ante su altar todo el odio, la roña, el rencor, y la
dureza con que altaneramente nos atrevemos a tratar a los que nos ofenden.
Tal practica denota una actitud por demás discordante. Desdice del
Espíritu de Cristo. Nunca será
realista permitirse jugar a un cristianismo de nuestra propia concepción
y donde seamos nosotros quienes establecen las reglas del juego.
Las reglas del auténtico juego han sido previamente establecidas
por el Fundador y Consumador de la fe.
Lo que más anhela el Fundador es que sus seguidores se despojen de
todo el peso del pecado personal que los asedia, antes de ejercer con
eficiencia el necesario ministerio de reconciliación.
Es menester volverse un verdadero “pacificador” para ser
bienaventurado, dichoso y feliz (Mt
5:9).
Jesucristo, por su parte, modeló con su ejemplo lo que enfáticamente
propone a sus discípulos al darles el Padrenuestro.
El vino al mundo como un Gran Pacificador, no sólo para
reconciliarnos a nosotros con el Padre, sino también para reconciliarnos
los unos con los otros. Sería
presunción de alto voltaje de nuestra parte el tratar con superficialidad
lo que con tanto peso, por precepto y por ejemplo, enfatizó Cristo Jesús
mismo. Jesús
no busca cuestionar ni minimizar la intensidad del agravio, del dolor, ni
la profundidad de la herida recibida con la ofensa. Más bien hace ver que
hay una manera cristiana de manejar el problema para ser libres. Podría
resumirse bien con la frase: “perdonar para ser libres”.
Para ello, con sentido pragmático, Jesucristo pone en boca del
orante las palabras “Y perdona nuestras deudas así
como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Estas
palabras
expresan bien lo que debe ser el más íntimo deseo de toda alma redimida:
vivir en ininterrumpida comunión con el Padre y en paz y armonía con los
hijos de Dios, sus hermanos. “Si
perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros
vuestro Padre celestial” . . . es lo que decretó Cristo, y lo que subraya un caudal de otras
Escrituras. Veamos
algunas de ellas con la humilde disposición de dejar que ejerzan su
efecto santificante en nuestros traviesos corazones: “Y
cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que
también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros
vuestras ofensas”
(Mr
11:25). “No
juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados;
perdonad y seréis perdonados”
(Lc
6:37). “Si
tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale” (Lc
17:3) ¿Cuántas
veces perdonaré a mi hermano que peque contra mi? ¿Hasta siete? Jesús
le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”
(Mt
18:21-22) La
parábola de los Dos Deudores Mateo 18:23-35
dramatiza el caso magistralmente. Lo
resume todo y lo dice todo. Pone en su perspectiva correcta uno de los
grandes problemas que suelen plagar la convivencia cristiana.
Urgimos al lector hacer una pausa ahora mismo y poner a un lado
esta revista para con mente abierta y atención presta leer en la Biblia
lo que dice Mt 18:23-35. Esta
parábola le ayudará a empatar los cabos sueltos y le hará muchísimo
bien. Al leer, le sugerimos
que note el contraste entre la deuda de “diez mil talentos” (¿diez
o doce millones de dólares?) v.
24,
condonada por misericordia del acreedor (Dios) a uno de sus
siervos, y la de “cien denarios” (¿unos diecisiete dólares?) v. 28,
no condonados por este siervo inmisericorde no obstante haber sido él el
objeto de tan cuantioso perdón. La
obvia lección es el alto costo del perdón que Dios nos otorga en
comparación con la exigua inversión que conlleva el perdonar a nuestros
consiervos. Recordemos
en esta conexión que en otro contexto y con otro propósito, el Señor
Jesucristo hizo un fuerte apelativo al amor fraternal que supone
caracterizar a sus seguidores. Con
un mandamiento nuevo Jesús ordenó a sus discípulos: “Que os améis
los unos a los otros” (Jn 13:34).
San Pablo confirma este mandato: “Que os améis unos a
otros” (1
Te 4:9) y San Pedro enfatizando su importancia lo
reconfirma: “Amaos unos a otros” ( I
P 1:22)
La falta de perdón es la antitesis al nuevo mandamiento.
El desamor milita en su contra con fiereza enturbiando adversamente
la corriente más pura del río del cristianismo.
En la práctica, desafortunadamente, el mandato de Jesús es a
menudo desfigurado, pisoteado, mutilado por los llamados seguidores de
Cristo quienes con una actitud enana de guardar rencor, inconscientemente
lo parodian: “Tiroteaos los unos a los otros”.
El tiroteo deforma y afea el cristianismo de Jesús.
Enloda y desprestigia el nombre de Aquél en quien decimos creer.
Con verdadera puntería el Apóstol San Pablo exhorta: “Soportándoos
unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra
otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo
vosotros” (Col 3:13).
Esta
última frase de Col 3:13 ofrece la interpretación apostólica de lo que
el contexto del Padrenuestro expresó en reverso: “Si no perdonáis a
los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras
ofensas”. En el análisis final, nos
parece, la
dinámica de Mt 6:12, 14-15 debe percibirse, tal y como la interpreta Col
3:13, originándose arriba, en Dios, y desplazándose hacia abajo, al
hombre, nunca a la inversa, como una lectura superficial de Mt 6:12, 14-15
pudiera sugerir. En otras
palabras, la dinámica de Mt 6:12, 14-15 se explaya en el sentido de
recibir perdón para perdonar y no en dar perdón para ser perdonado. Hace
años memoricé un poema que bien podría beneficiar a algunos de los
lectores de esta revista y tal vez hasta servirle de vehículo de perdón
hacia otros. Bien haría en
memorizarlo quien lee estas líneas y conservarlo a mano para cuando las
circunstancias apresuren su uso. Si bien no recuerdo el título del mismo,
ni el nombre de su autor, termino esta entrega aventurándome a citarlo de
memoria a continuación: Empieza a perdonar, corazón mío, Serénate ave loca que es la hora. Estamos ya muy lejos de la aurora, Y hay sombras en torno, tempestad, y frío.
Deja que el tiempo en su constante río Arrastre tus agravios, calla y ora. Y no inflames tu carne pecadora, Con la torpe arrogancia del impío.
Empieza a perdonar, tú tienes tanto Que lavar en las aguas de tu llanto Como el Jordán copioso y triste.
No te erijas en juez, ¿con qué derecho? Y en vez de recordar lo que te han hecho Solloza corazón, por lo que hiciste.
Amado nuestro, ¿Hay una persona en tu vida que te debe?
Tuya también es la deuda de perdonarlo.
No esperes un segundo más. ¡Toma la iniciativa apresurandote
ahora mismo a empezar el proceso de desatar los nudos!
Dobla tus rodillas ante el Padre,
primero. Luego, ve
directo a ese hijo(a) . . . en
privado . . . y repréndele
(con ternura). Si se
arrepiente, perdónale en el acto sin peros ni condiciones.
Pero si no se arrepiente . . . no desmayes . . .
en el proceso de reconciliación te quedan todavía tres
opciones más para lograr la reconciliación.
Ve la segunda milla (
Mt 18: 15-17).
Es preciso que ganes a tu hermano y también es tu deber cristiano
promover la paz y la armonía en la familia de la fe.
Ten presente que “Si no perdonáis a los hombres sus ofensas,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” Shalom Aleichem! “Paz sea contigo”. |
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