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TEMA:
Oración |
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Problemas
con la Oración y Como Resolverlos Inconsecuencias
en la Vida de Oración I. Falta de Disciplina en Nuestras Vidas - B - Por
Mariano González
V. Proseguimos
el tema de la falta de disciplina en nuestras vidas con el cual bregábamos
en el escrito anterior. La
falta de disciplina en la vida cristiana es una seria falla humana que
dificulta en demasía, y que a veces interrumpe por completo, el ejercicio
saludable de entrar a la presencia de Dios de manera regular y diaria.
La indisciplina a menudo arrebata de nuestras manos las delicias
que se experimentan al darnos un baño cotidiano en el océano de la
gracia de Dios. En
el artículo anterior comentábamos la disciplina por la que pasan los
soldados reclutas cuando se inician en el ejército y empiezan así el
proceso de preparación para una guerra eventual.
¿Qué nos hace creer a nosotros que podemos tener éxito en la
guerra espiritual sin habernos adiestrado para la tal?
Seamos realistas, nuestra vida indisciplinada nada en contra de la
corriente de las posibilidades de ganar en la contienda. Hace
años escuché a un ex-monje de la orden Carmelita explicarnos la estricta
disciplina por la que pasan en el convento los novicios de esa orden.
Aunque no recuerdo con precisión todos los detalles de lo que nos
dijo, recuerdo que dijo algo así: Los
estudiantes para cura debían acostarse temprano en la noche.
A cierta hora, digamos, a las doce de la noche, el “censor” venía
a las puertas de sus celdas, tocaba, los despertaba, y los novicios tenían
que tirarse de la cama para arrodillarse a un lado de ella a rezar por
cierto tiempo. Luego volvían
a la cama y horas después el censor regresaba otra vez a tocarles la
puerta con el llamado a la oración. Así
el ciclo de levántate, ora, y acuéstate, seguía y se repetía durante
el transcurso de la noche. ¿Qué
le parece lector? Estos
hombres, admitidamente, pasaban por todo ese sube y baja con increíble
disciplina pero energizados por nociones teológicamente equivocadas.
No es posible que espiritualmente hicieran logros de valor con este
rezar. Su rito de sube y baja
no pasaba de ser un ejercicio en vaciedad, mecánico, estéril, muerto.
Pero el celo sin ciencia con que lo practicaban exhibía una férrea
disciplina que deja atrás y a distancia a la mayoría de nosotros. Ponga
su reloj en hora. Actualícese.
Ha llegado la hora de disciplinarse para lograr los dividendos que
se obtienen mediante la oración. Es
menester aprender a regular las tantas actividades sociales en que nos
involucramos y las mil y otras actividades físicas con que abarrotamos
nuestra rutina diaria. Urge
poner nuestra vida en orden y calibrar finamente nuestras prioridades.
Es imperativo también que comencemos a ejercer estricta
discriminación contra la clase de material a que sometemos nuestras
pobres almas cuando buscamos divertirnos, entretenernos, relajarnos. Es
porque nos acostamos tan tarde en la noche haciendo visitas sociales a la
casa de nuestros amigos, o porque invertimos cuantioso tiempo en el teléfono
conversando con nuestros congeniales, o porque pasamos tan largas horas
embelesados frente a la televisión o surcando páginas pornográficas en
la internet, que la mañana llega, y se nos hace tan pesado el ejercicio
de la oración. Después de
todo, la mente, el alma, el espíritu, están tan íntimamente encolados
con el cuerpo, que le es imposible al espíritu levantarse hacia el cielo
cuando el cuerpo está abatido por el cansancio físico, por el
agotamiento mental, o por la turbación emocional En
aras de ser práctico permítame ir directo al grano.
Es menester cortar de su interés, y tirar al basurero, ciertos
programas de televisión y las páginas de internet que cual poderoso imán
le atraen tanto. Usted no
puede esperar que su espíritu se levante hacia Dios después de estropear
su mente, manchar sus emociones, vejar su espíritu, y estimular las bajas
pasiones de su naturaleza caída. Después
de sobre dosificarse de programas de televisión el daño a su espíritu y
a su mecanismo moral se habrá consumado.
Tanto material nocivo lo dejan sin deseos para incorporarse a tocar
al Eterno. El cristianismo que
usted profesa supone no patrocinar con su videncia los programas
televisivos donde se traten sin inhibiciones, por no decir, se recomiende,
y explícita o tácitamente se apoye y se exalte, y hasta se justifique,
el relajo sexual, la fornicación, el adulterio, el divorcio, la
homosexualidad, el lesbianismo, el uso de drogas alucinógenas, y otros
relajos morales. Es imposible
mantener saludable el apetito por la oración después que le inyectan el
alma con virus infecciosos fabricados en el laboratorio del abismo.
Después de abarrotar la mente con las imágenes pornográficas con
que la internet esclaviza sus afectos, no es posible tener deseos por las
cosas santas. |
Téngalo
por seguro, la infección de inmoralidad entra por osmosis vía los poros
de nuestro espíritu. Se
filtra de manera sutil e inadvertida al recinto interior de nuestros
afectos. Todo lo que se
necesita es que uno se siente a malgastar precioso tiempo frente a la
pantalla de la tele o la de la computadora.
Es menester pues tomar la enérgica resolución de negarle a la
televisión y a la internet la facultad de envenenarnos el alma.
Su efecto corrosivo es perjudicial para su salud espiritual sea que
usted esté o no esté consciente del deterioro que va ocurriendo en su
interior. Paulatinamente,
poquito a poco, el agua blanda a la piedra dura gota a gota hace cavadura.
El resultado de esta erosión es que usted va cediendo hasta que
por fin inconscientemente baja la guardia.
Más rápido de lo que le es dable percibir usted comienza a
aceptar y a adoptar, y también a incorporar a su escala de valores, un
estilo de vida profano. Un
poquito aquí, otro poquito allá, más y más cada día, hasta que llega
el momento en que usted llega a simpatizar con las ideas torcidas de
manipuladores profesionales, hombres que han sido meticulosamente
adiestrados en como desmoralizar y a quienes se les paga buen dinero para
hacer esta maldad masivamente todos los días. Luego, inadvertidamente,
usted empieza a pensar como ellos. Finalmente,
se convierte en uno de ellos, y . . . para mayor vergüenza y confusión,
empieza a actuar viviendo disolutamente como viven ellos. En tal contexto,
resultaría presuntuoso que usted espere una respuesta de un millón de
pesos a una oración de un centavo. La
televisión se auto proclama como un medio de “entretenimiento”, de
“diversión”. En realidad es un medio de educación.
Las convicciones morales y espirituales nuestras son susceptibles
de fortalecerse o de diluirse con dicha educación.
Todo depende de la clase de televisivos a que sometamos nuestras
almas. La tele nos
educa en como vestirnos. Nos recomienda los lugares que debemos
frecuentar, cuales bebidas ingerir o cuales cigarrillos fumar. También
nos introduce a la música rock, al rap y a otros géneros
musicales aptos para bárbaros. Nos
enseña a bailar moviendo con indecencia el cuadrilátero de la cadera, y
nos enseña también un lenguaje nuevo rico en vulgaridades.
Un escritor de guión para televisión ha confesado la intención
detrás de los televisivos: “Queremos
– dice - que la gente se ría del adulterio, la homosexualidad y del
incesto”. ¿Lo ve usted?
¡Quieren que nos riamos de la moral de la Biblia!
¡Quieren
que nos riamos del divorcio y del sexo libre!
¿Sabe por qué? Simplemente
porque al reír rompemos el poquito de resistencia contra la inmoralidad
que pueda quedarnos.
Mi
opinión, si es que se me permite emitirla, es que un buen monto de los
programas televisados son basura de la peor clase.
Ningún cristiano que se respete debe ir al basurero de la televisión
o a la cloaca de la internet para recoger semejante escoria.
Todo lo contrario, debe arrojarla de su vida con todas las fuerzas
espirituales a su disposición. Ha
llegado pues el momento de regular sabiamente el tiempo y de aprender a
invertirlo en actividades productivas. S. Pablo dice: “Redimiendo el
tiempo porque los días son malos” (Col
4:5). Es
tiempo pues de sacudir de sobre nosotros las nocivas influencias de una
sociedad amoral que como bestia bruta marcha al degolladero sin siquiera
enterarse de lo que le espera. Es imperativo pues que reorganicemos
nuestras vidas y la reorientemos por rutas mejores.
Después de todo hay cosas en la vida que ni siquiera son
necesarias. Una de ellas es la
mayoría de los programas de la tele.
Urge descartarlos antes de que ellos nos descarten a nosotros
aplastándonos bajo su peso. Necesitamos
envalentonarnos para gritarles con energía:
¡Fuera! ¡Fuera!
¡Fuera de mi vida! y exorcizarlos con la misma vehemencia con que
se exorciza a los demonios. Démosles
pues un corte radical. Hagámosles cirugía mayor.
Extirpémoslos de nuestras vidas como se extirpa del cuerpo un
tumor canceroso. Quizás el
ayuno pueda aplicarse aquí, sea que definamos el ayuno como abstinencia
de comida o abstinencia de cosas que no son de absoluta necesidad.
Ojo, mucho ojo, con las cosas que guerrean contra nosotros y le
serruchan el palo a nuestra estatura moral y espiritual.
¿No
sería mejor inversión del tiempo entregarse con ahínco a la oración?
Paréceme que sí. La oración es un instrumento de gracia que nos
mantiene en salud espiritual. Es un río de agua salutífera donde al
sumergirnos santificamos nuestro ser entero preparándolo para los embates
del día. Es además una poderosa arma contra la tentación que nos
asedia, y la vía de acceso directo por la que podemos presentar nuestras
necesidades ante Dios. La
oración, debe ser la llave que abra el día y el candado que cierre la
noche. La oración no cambiará a Dios pero sí nos cambiará a nosotros.
Al orar establecemos un intercambio por el que exhalamos el espíritu del
hombre e inhalamos el Espíritu de Dios.
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