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TEMA:
Oración |
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Problemas con la Oración y Como Resolverlos Inconsecuencias en la Vida de Oración I.
Falta de Disciplina en Nuestras Vidas -
A - Por
Mariano González V. En
dos artículos anteriores hemos discurrido sobre la inconstancia en la
vida de oración. Con la
entrega presente llegamos a la primera de tres causas que generan esa parálisis
en nosotros. Tiene que ver
con la FALTA DE DISCIPLINA EN NUESTRAS VIDAS.
Si el enemigo del alma puede neutralizarnos en este aspecto básico
de nuestro caminar con Dios, habrá ganado gran parte de su batalla contra
nosotros. Es un hecho que al
orar, no sólo hacemos un llamado a nuestro Dios sino que entablamos una
lucha con el diablo. Pero
tenga por cierto que no hay nada que asuste más al enemigo del alma que
ver a un cristiano de rodillas. Antes
de entrar en materia, queremos hacer un abrupto paréntesis en este punto.
Sentimos urgencia en darle una palabrita de advertencia a las
personas no convertidas que acierten a estar leyendo esta serie.
Amigo nuestro, hay un peligro horrible que conspira contra su alma
inmortal. Queremos
advertirle, de todo corazón, cómo librarse del mismo. Para
empezar, es menester que usted entienda la necesidad urgente que hay del
arrepentimiento para con Dios y la fe personal en Su Hijo Jesucristo.
“Arrepentios y creed en el evangelio” dijo Jesús a los
Galileos (Mc
1:15). La Biblia añade que Cristo
murió de amor, en la cruz, para salvarnos.
Allí vertió su sangre inocente con la que nos limpia de toda
impureza y pecado. Una vez
lavadas sus manchas en la sangre de Jesucristo, Su gracia lo transforma al
instante en hijo de Dios. No
puede haber dicha mayor. El
libro de Dios instruye sobre la exclusiva que tiene Cristo en los asuntos
del alma y de la eternidad. De
esta manera lo expresa la Biblia: “No hay otro nombre bajo el cielo,
dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch
4:12).
Por su
parte, Jesucristo corrobora esta aserción cuando afirma: “Yo soy el
camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mi” (Jn
14:6). Al
usted recibir a Cristo en el corazón su vida se transforma por milagro de
Dios. EL inyecta allí una santa pasión por la oración, y el arrollador
deseo de comunicarse a menudo con el Padre del cielo.
Pero es necesario que usted venga por fe a Jesucristo primero.
Su conversión a EL viene antes de su habilidad para tener acceso
franco y continuo a Su presencia. La
conversión debe preceder a la comunicación y la comunicación
lleva a la comunión. En términos generales, Dios no escucha al impío, excepto
cuando este se dirige a Dios en busca de clemencia.
Lo que está dicho de Israel en Isaías 59:2, bien podría decirse
de cualquier pecador impenitente:
“Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y
vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro
para no oír”.
Para
iniciar su relación con Cristo alléguese a El sin condiciones y El
reciprocará su acción allegándose a usted sin condiciones también.
Jesucristo por su Santo Espíritu descenderá para hacer residencia
permanente en su interior. Sea
absolutamente honesto, sincero, preciso y abierto con EL. Haga la confesión
más completa
y detallada posible de todos sus delitos, pecados, fallas, flaquezas e
incredulidad. No deje fuera de su confesión ni una pizca de las cosas
mencionadas. Venga
a EL con la decisión consciente de abrirle todos los
departamentos de su corazón sin querer dejar ni un solo rinconcito donde
se guarden secretos o se escondan pifias. Al
llegar ante Cristo, asegúrese de poner toditas las cartas sobre la mesa
sin tratar de ocultar alguna. Sería
inútil que quiera tratar con EL como usted acostumbra a tratar con los
seres humanos. A los hombres
usted podrá esconderle lo que quiera pero con Cristo no valen trampas ni
triquiñuelas. En efecto, la
Biblia afirma que “Todas las cosas están desnudas y descubiertas
ante la vista de Aquél ante quien tenemos que dar cuenta” (Heb
4:13).
Así
que venga ante EL con toda transparencia de alma y de espíritu. Destílele
todo en su confesión.
Pero
apresúrese a arreglar sus cuentas espirituales con EL mientras hay tiempo
todavía. Si usted no pone
cuidado, llegará el momento cuando esta puerta de esperanza se le cerrará
en sus propias narices. Por
lo tanto, no deje para mañana
lo que pueda hacer hoy . . .
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Retomemos
ahora nuestro tema sobre la primera de las tres causantes de nuestro fracaso
al orar: La INDISCIPLINA en nuestras vidas.
La FALTA DE DISCIPLINA causa un estrago monumental en la vida de
los cristianos. La mayoría
vive vidas indisciplinadas. ¿Porqué no admitirlo?
Creemos y decimos que somos “soldados de Jesucristo”
pero practicamos muy poco la disciplina que involucra el hecho de ser
soldado. Cuando uno se alista como soldado en cualquier ejército del
mundo, lo someten a un riguroso entrenamiento.
Le enseñan y le demandan disciplina al granel. Le hacen pasar por duros trabajos, marchas, ejercicios,
absoluta obediencia a ordenes superiores, práctica en el manejo de las
armas, horas y horas de instrucción en tácticas militares, y otras
disciplinas más.
Con muchísimo acierto, San Pablo recordó a Timoteo un joven miliciano de
Cristo: “Tu pues, sufre
penalidades como buen soldado de Jesucristo.
Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de
agradar a Aquél que le tomo por soldado” (2 Ti
2:3-4). Subraye las frases “sufre penalidades” y “no
se enreda en los negocios de esta vida”.
Sufrir penalidades connota la rigurosidad y la dureza del
adiestramiento militar espiritual y el no enredarse en los negocios de la
vida implica la separación del pecado y la soledad que esto conlleva.
Ambas cosas, “sufrir penalidades” y “no enredarse en los
negocios de esta vida”, demandan un nivel alto de adiestramiento y
disciplina. De paso note que
Pablo no dice a Timoteo que nunca, o bajo ninguna circunstancia, debe
involucrarse en los negocias de la vida.
No le dice que todos los negocios de la vida son pecado y por tanto
tiene que abstenerse de participar en ellos de manera total.
No le sugiere esconderse en una cueva remota en la montaña,
volverse un ermitaño alejándose de todos ellos.
No, no. Lo que
le dice es que no debe e n r e d a r s e en dichos negocios.
Valga decir, que no se deje atrapar por ellos como enreda la araña
en su telaraña a moscas y mosquitos.
Cuando por fin estas presas cansadas de forcejear se rinden sin
poder soltarse, la araña se las traga.
El soldado de Cristo supone disciplinarse para que los afanes,
preocupaciones, cuitas, y problemas comunes a todos los mortales, no lo
lleven a obsesionarse tanto con ellos, que lo hagan sucumbir bajo su peso.
Fracaso tal, desagrada y desacredita a Aquél que lo tomó por
soldado. El seguidor de
Jesucristo supone ser un ‘soldado’ rigurosamente disciplinado.
‘Soldado’
dije, y no una mosca torpe o un bruto zancudo que estúpidamente se enreda
en la telaraña. Pablo
amonestó también al joven cristiano Timoteo diciendo:
“Pelea la buena batalla de la fe.
Tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la
justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (1
Ti 6:11-12). No
pierda de vista el lector, el énfasis espiritual con que destacó el
veterano apóstol su consejo al joven miliciano.
“Pelea”, le dice: “la
buena batalla de la fe”.
Note que es una “buena batalla de la fe” y no una mala guerra
de pólvora y balas, rifles de asalto Kalashnikov, ametralladoras, tanques
blindados, y helicópteros.
San Pablo aboga aquí por un tipo de guerra diferente en la que se
emplean armas diferentes. En 2 Co 10:4 el apóstol aclara:
“Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino
poderosas en Dios para destrucción de fortalezas, derribando argumentos y
toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios” (2
Co 10:4)
Pablo usa la analogía de una lucha armada pero se cuida de aclarar
que se trata de una clase de guerra diferente, destaca que es una batalla
espiritual, una guerra campal que se libra y se gana usando las armas
espirituales a nuestra disposición.
Fíjese que en este tipo de guerra se derriban a r g u m e n t o
s y no hombres, ni
edificios, ni puentes, sólo argumentos.
Acto seguido señala a Timoteo seis virtudes, (o para seguir con la
analogía militar), llamaremos a estas virtudes ‘municiones’
espirituales que deben usarse en la tal guerra. Las
mimas son: justicia, piedad, fe, amor, paciencia,
mansedumbre. Ninguna
de las seis municiones mencionadas se usan en la guerra caliente de
tanques y aviones. Por
consiguiente, lector cristiano, ármate para la batalla espiritual con
estas armas espirituales. Sin
duda que requerirá mucha disciplina para aprender a usarlas.
El cristiano que indisciplinadamente se atreve a enfrentar a
satanás confiando en armamentos carnales, encontrará que las armas que
esgrime el enemigo del alma son de tecnología más sofisticada.
El cristiano que sale en sus propias fuerzas, que confía en su
propia pericias para el combate, se habrá metido en la de perder. No lo trate lector cristiano.
Mejor, esgrima las armas espirituales a su disposición orando en
todo tiempo con toda deprecación y súplicas a Dios.
De otra manera, se lo tragará la araña.
En nuestra próxima entrega seguiremos con el tema de la
inconsecuencia en la vida de oración. |
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