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TEMA:
Oración |
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Problemas con la Oración y Como Resolverlos Inconsecuencias en la Vida de Oración II. Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones -
A - La Mirada Hacia Dentro "El Pan Nuestro de cada Día, Dánoslo Hoy." Por Mariano González V. Con la entrega de hoy cambiamos de mirada.
Hasta la entrega anterior estábamos enfrascados mirando hacia
arriba. Ahora, súbitamente, la mirada se torna hacia adentro en el
Padrenuestro. Mencionamos en un artículo anterior que en contestación a
la oración de los discípulos a los efectos de que Jesús los enseñara a
orar, el Salvador les respondió dándoles el patrón de oración o
Padrenuestro que venimos comentando (Mt 6: 9-15). Tenía
como propósito primordial ayudarlos a cortar creativamente, no repetitiva
y mecánicamente, sus propias oraciones.
En dicho patrón el Señor Jesús destacó básicamente tres
miradas: hacia arriba, hacia adentro y hacia fuera.
En los cinco artículos que precedieron a éste enfocamos aspectos
varios de la mirada hacia arriba. En
esa sección introductoria del Padrenuestro Jesús tomó a los discípulos
por la mano, por así decir, para indicarles que cuando vinieran a la
situación de la oración el primer asunto en la agenda debía ser mirar
hacia arriba. Llámese a esto
la verticalidad de la oración modelo. La posición vertical surtiría el efecto de guiarlos a tomar conciencia
de las siguientes realidades: 1o Dios es Padre de los
que creen en su Hijo Jesucristo. El
es su Abba
o, Pathr (Abba, Padre)
— “Padre nuestro” —
(Relación). 2o
Dios está exaltado en gloria — “que estás en los cielos”
— (Ubicación). 3o
Dios está por encima de toda traza de pecado —“santificado sea
tu nombre” — y exige
que sus seguidores sean santos como El es santo (Santificación).
4o Dios
es Rey. Desde su solio
controla el cosmos entero que salió de su mano prodiga.
Su reino debía arraigarse en el corazón de sus vasallos, y
eventualmente, por el testimonio oral de ellos debía instalarse también
en otros —“venga tu reino” — (Gobernación). 5o
Dios tiene voluntad
propia, y los ciudadanos de su Reino tienen el compromiso de acatarla en
este mundo tal y como la acatan en los cielos los ángeles —“hágase
tu voluntad en el cielo como en la tierra” — (Sumisión). Estos
cinco pilares (Relación, Ubicación, Santificación, Gobernación, y
Sumisión) constituyen en esencia la mirada hacia arriba. Los pasos de la mirada hacia arriba comentados en artículos anteriores,
configuran toda una sesión in situ a la que Jesús invitó a sus
discípulos, y por medio de
ellos, remotamente también a nosotros.
Es que, en su momento, también nosotros ejerceríamos el recurso
de la oración y tendríamos que educarnos en cómo hacerlo.
La celestial sesión planteada por Cristo involucra el empleo de
tiempo. Sugiere fuertemente
que no es apropiado andar de carreritas cuando oramos.
Que resulta más fructífero hacer la pausa necesaria para darnos
un buen baño diario en el océano de la gracia de Dios. El énfasis de esta porción
introductiva del modelo oracional reside en que en ella toda la atención
se enfoca en el Padre, en su gloria, en sus atributos y en sus intereses.
Aquí el foco se pone en “Tu nombre”, “Tu reino”, “Tu
voluntad”. Nuestros mezquinos intereses y cositerías pasan a un segundo
plano. Esta primera parte de
la oración, reiteramos, es netamente acerca de Dios, no del orante
(nosotros). Tiene que ver
definitivamente con la ubicación de Dios, el Nombre de Dios, la santidad
de Dios, el Reino de Dios, la voluntad de Dios. Nosotros no figuramos en
esta parte del esquema todavía. Lo de nosotros viene después. Aquí ha
entrado en escena un interés prior, y este es, el Padre.
La mirada hacia arriba actúa como reiteración de la importancia
de buscar primero, y por encima de todo, el Reino de Dios y su justicia
para que las demás cosas, como las fichas de un tablero, vayan añadiéndose
y encajando en su lugar (
Mt 6:33).
Lo que en efecto Jesús busca lograr es enderezar al orante orientándolo
hacia el Padre en su ubicación celestial.
Procura extasiarlo frente a EL en santa contemplación de su
adorable Persona antes de que el orante intente ametrallarlo con una miríada
de sus cositerías. El que
ora, en efecto, automáticamente ha consentido en subordinar sus miopes
intereses para abrir espacio a los intereses del Padre.
Permite de buenas ganas que se pinche y vacíe la burbuja de su
egocentrismo. El efecto de tal contemplación busca barrenar un auténtico
altruismo cristiano en el carácter del que ora dándole el marco de
referencia adecuado para orar, para orar bien, y para disfrutar a plenitud
el acto de la oración. Le da
el empujón necesario para ejercitarse cotidiana e ininterrumpidamente.
A esa altura de su experiencia, la oración cesa de ser algo que el
orante “tiene que hacer”, y por cuanto le es obligación, lo
hace a raja tablas. Calibrada ahora su perspectiva, el acto de la oración
se transforma en algo que lo deleita en vez de abrumarlo.
La oración se gradúa de una experiencia mecánica, rutinaria, e
insípida, a una experiencia añorada y placentera.
Navegar despacio contemplativamente en la augusta presencia del
Padre eventual e inevitablemente lo hará sentirse sobrecogido,
deslumbrado, encandilado por lo que el que ora ve en la cumbre celeste,
por la chispa de estímulo que allí recibe su espíritu, por lo que toca
con la mano de la fe, por el masaje vigorizante que recibe del aire purísimo
que se respira en la atmósfera donde está Dios.
En este paso del modelo la pregunta que ha barrenado su mente es ¿Quién
es DIOS? Al instruir Jesús a sus discípulos:“vosotros oraréis así”,
lo que en efecto hizo fue sumergirlos en una actitud mental o marco
de referencia especial y espacial. El que ora, cual pez fuera de su hábitat
natural, es trasplantado súbitamente al hábitat sobrenatural del
Omnipotente. El terremoto
producido por la primera lección en altruismo le da un sacudón a su
egocentrismo innato lanzándolo a balbucear el “Padre nuestro”
(plural) y no solamente el “Padre mío” (singular) e igualmente “dánoslo
hoy”, y no, “dámelo hoy”. Definitivamente,
el progreso en altruismo está asegurado al que ora. Al Jesús insertar el término “Padre” al mero comienzo de la
oración modelo, en lugar de estar haciendo un disparo al azar como
divagarían algunos, más bien ha concebido un inteligente golpe didáctico.
“Padre” trae a colación de inmediato el concepto de
relación filial que crea la confianza que acompaña a todo el que
se allega a Dios habiendo aprendido a orar bien después de educarse con
el Padrenuestro. Retrata de
cuerpo entero la confianza con que en el plano natural acuden los niños a
sus padres para expresarles sus necesidades.
El estado emocional de confianza trae al alma el sentido de
seguridad de que los brazos de Dios se han abierto para recibirla y
apretujarla contra su seno. En
cierto modo, duplica la escena en que Jesús abriera los brazos para
recibir en su seno a un niño y declararlo ciudadano del reino de los
cielos (Mt 19:14).
El escritor de la carta a los Hebreos confirmaría más tarde esta
instrucción invitándonos a que nos acerquemos, “confiadamente
al trono de la gracia” (4:16).
La insinuación de Cristo sugiere además el concepto de reverencia
hacia Dios por cuanto EL es Rey. El
Rey está situado moral y físicamente por encima de nosotros. Está
instalado sobre su magnificente solio desde donde reina soberano. Su
soberanía es indisputable. En ese sentido, al llegarnos al Solio Santo
para orar, si bien acudimos con absoluta confianza en el Padre, su
Majestad como Rey hace que se dispare dentro de nosotros la reserva de reverencia
que se aloja allí. Resulta
desarmante el allegarse al augusto trono que ocupa el Anciano de Días, el
Supremo Potentado, el Comandante en Jefe de legiones incontables de ángeles,
y Señor del universo. De modo que si bien entramos a sus atrios para amar
a nuestro Abba
o, Pathr (Abba, Padre)
entramos además para reverenciar a nuestro Magnificente Rey.
Tan sublime experiencia arranca del alma el más cariñoso “Abba
Padre”, a la par que con el salmista hace entonar el loor: “Jehová
reina, se vistió de magnificencia . . . firme es tu trono desde
entonces: tu eres eternamente” (Sal
93:1-2). Confiado
en la presencia del Padre y reverente ante su Rey, el que ora
descubre acto seguido una de las características más sobresalientes del
Ser a quien dirige su oración: Dios está arropado con un manto de
santidad deslumbrante. Se infiere esto de la frase “santificado sea
tu nombre”. El Nombre de
Dios es sinónimo de lo que Dios es en esencia y la Biblia no queda corta
en reiterar que Dios es santo. Es
en esa venia, el profeta Isaías hace referencia al Dios “Cuyo nombre
es el Santo” (Is
57: 15). Dios, por su parte, conviene
en llamarse santo así mismo: “Santo
soy yo, Jehová vuestro Dios” (Lev. 10:2).
“Dios
soy, y no hombre, el Santo en medio
de ti”
(Os 9:11). Tales afirmaciones motivan al
orante a contribuir su voz para hacer el dúo a Habacuc: “¡Oh Jehová,
Dios mío, Santo mío! (Hab
1: 12). Colateralmente,“santificado sea tu nombre” deberá recordarle las justas demandas que Dios le hace para que adopte para sí mismo la santidad como estilo de vida. El discípulo supone entregar a Dios su ser completo: “espíritu, alma y cuerpo” (1 Ts 5:23) “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Ro 12:1). Este supone vaciarse de sí mismo y voluntariamente deja que el reino de Dios tome cuerpo, primero en él, antes de intentar cumplir con la Gran Comisión de ir por el mundo a hacer a otros súbditos de ese mismo reino (Mt 26: 19-20).
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De rodillas en espíritu ante el trono de la Majestad en las alturas, el
que ora se pasea deleitado en la inmensidad del cielo, rodea con admiración
el Trono de gloria, queda abismado ante a la soberanía indisputable del
Gran Rey a quien percibe ejerciendo estricto control del cosmos entero.
Absorto en tan sublime experiencia, inevitablemente queda encandilado por
el relámpago que emana de la santidad absoluta del Gran Rey.
Dios, en efecto, es sacrosanto.
Apabullado y embelesado, aparte de disfrutar tanta magnificencia,
al que ora no le queda otra opción que la de volver la mirada, de hacia
arriba, a hacia adentro. La mirada hacia adentro contesta una pregunta
diferente: ¿Quiénes somos nosotros? La respuesta se desliza de inmediato ante el que ora haciéndole una
revelación que consta de dos partes: 1o
le revela que es una criatura necesitada físicamente:
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”.
2o que también es un ser necesitado espiritualmente:
“Perdona nuestras deudas” y “no nos metas en tentación”.
¿Quién
es DIOS? +
¿Quiénes somos nosotros?
=
al contraste más radical concebible entre el Padre y nosotros. El
está alto y sublimado en los cielos, nosotros cual gusanos nos
arrastramos con dificultad sobre la tierra.
El es dueño del mundo y su plenitud, nosotros los dueños de las más
precarias necesidades. El es
Rey, nosotros somos sus vasallos. El
es sacrosanto, nosotros estamos plagados de “deudas” (pecados),
y por siempre sujetos a la tentación.
La conciencia de miseria interior obviada por el Padrenuestro nos
recuerda a Pedro, quien sacudido por el
milagro de la pesca milagrosa, se arrodilló ante Cristo para suplicarle: “Apártate
de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lk 5:8).
El contraste entre Dios y nosotros llega a ser utilitario ya que
establece las bases para nuestra relación.
Informados ahora de quién EL es y de quienes somos nosotros,
facilita desplazarnos a una etapa de más inteligente amistad con Dios y
de más profunda relación filial con el Padre.
Con sin igual puntería la mirada hacia adentro da en el blanco de la
totalidad de la personalidad humana: espíritu, alma y cuerpo.
Empezando con el cuerpo, invita a hacer una lista de las
necesidades del mismo (su alimentación con agua y comida, su necesidad de
vestido, de que se le administre medicinas, de que se le cobije bajo techo
seguro, y de que se le tonifique con ejercicios).
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” se refiere
al alimento en general e incluso a otros elementos sustentadores de la
vida. Tiene que ver con
aquello que es necesario para sobrevivir y mantener ágil y en salud al
cuerpo. Como bono extra, aleja del cristiano la idea conventual que en
tantos degeneró en la práctica de flagelarse el cuerpo, torturándolo
para subyugarlo como si fuera una fiera salvaje que hay que suprimir.
Tan macabra idea no tiene cabida en las Escrituras. El creador del
cuerpo vio lo que hizo cuando lo hizo y “vio Dios todo lo que había
hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (
Gn 1:31).
Más adelante la mirada hacia adentro insinuará que también listemos
las necesidades morales y espirituales. Pero
ya eso es harina para el costal del artículo próximo. Note que “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” es una
petición de pan medido. Se
limita a la cantidad que las necesidades diarias requieren y no más. Como
decía el proverbista, así debemos orar nosotros: “Mantenme del pan
necesario” (
Pr 30:8). Note que aquí no se pide abundancia de pan porque esto puede degenerar
en rancio desperdicio. Tampoco pide graneros o almacenes llenos que puedan
durar semanas, o meses, o tal vez años, sino “el pan nuestro de
cada día”. El pan
de “cada día” recuerda la provisión del maná en el desierto.
Los israelitas debían recoger lo necesario para las necesidades
del día, y no más. La dependencia para el sustento corporal diario
induce un regreso diario en el que se vuelve para rellenar la vasija.
Pero renovar cotidianamente las energías espirituales no es menos
importante. El cristiano supone haber sido alimentado ya, de una vez por
todas, con el “Pan de vida” que satisface a cabalidad el alma (Jn
6:35) . Ha participado de la plenitud del
“Pan vivo
que descendió del cielo”
(Jn 6:51 ), del
maná espiritual. Ha comido y ha bebido de ese pan y de esa agua de vida,
Cristo Jesús (Jn
6:35).
Como dijera la multitud que buscaba ávidamente a Jesús, así ha
dicho el creyente también: “Señor, danos siempre este pan” (Jn 6:34). Y
como dijera la mujer samaritana, también ha dicho: “Señor, dame esa
agua, para que no tenga yo sed” (Jn
4: 15).
Ahora, como acto continuado de dependencia en el Padre reconoce su
necesidad de volver todos los días a renovarse espiritualmente. Demuestra
con ello su continua dependencia en el Señor para mantenerse totalmente
satisfecho, lleno del gozo de su presencia, librado en sus muchas
tentaciones, guardado del maligno, y capacitado para perdonar a sus
ofensores. El orar dentro del parámetro propuesto en las tres miradas del
Padrenuestro definitivamente mejora la práctica de la oración y trae el
beneficio de recargar las baterías de nuestra fe. Como la comida de hoy
que no basta para el hambre de mañana, así la dosis de fe de hoy no
basta para el trajín del diario vivir.
Ciertamente, el cuerpo espiritual necesita renovación diaria.
En este punto parafraseamos los pensamientos del comentarista bíblico
Mateo Henry. Este erudito cristiano hace un útil sumario de mucho de lo
que venimos diciendo. Observa él que la petición es de
— “pan” — y
no de postres ni golosinas que den placer al paladar (bombones y
caramelos). Que es una petición
de algo más adecuado para la subsistencia del cuerpo que las amenidades
extras. Se trata del
— “pan nuestro” — y
no del pan de otros, lo cual implica justicia y honestidad.
Es el pan de — “cada
día” — lo cual
nos ilumina para no “afanarnos por el día de mañana” (Mt 6:34), sino que nos educa a reparar en “las aves de los cielos” (Mt
6:26), en “los lirios del campo” (Mt
6:28), en
“la hierba del campo” (Mt
6:30) que viven
un día a la vez del sustento diario de su Creador, sin preocuparse de si
al día siguiente habrá comida o vestido para ellos.
“El pan nuestro de cada día” reafirma la valiosa lección
de contar con y confiar en la provisión Divina diaria.
— “Dánoslo”, — a
nosotros (plural), no“dámelo” solamente a mí.
Imita al niño que pide algo de comer a su padre y luego que come
vuelve otra vez para pedir también para su hermanita. Resulta una valiosa
insinuación a pedir por las necesidades de otros y no solamente por las
nuestras. Por ejemplo, las
necesidades de los pobres, que de paso trae añadida una magnífica
bienaventuranza: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día
malo lo librará Jehová” (Sal 41:1).
— “Hoy”
— enseña a renovar nuestro deseo de volver hoy y día tras día a la
presencia del Padre para gozar un buen rato de su compañía, disfrutar
otra vez de los esplendores de su cielo, renovar el cuerpo espiritual tal
y como es necesario renovar el cuerpo material todos los días. Un director de escuela primaria
preguntó a los alumnos: ¿Quién les da el pan que se comen todos los días?
Uno de ellos respondió: —“Nuestra
madre”— El director volvió
a la carga: ¿Y . . . Quién se los da a la madre de ustedes?
— “El panadero” — respondió otro.
Y . . . ¿Quién se los da al panadero? —“El del molino
de trigo” — dijo un
tercero. Y . . . ¿ Quién se
lo da al del molino de trigo? —“El
agricultor” — contestó otro. Y
. . . ¿Quién se lo da al agricultor? — “Pues, la tierra” —
respondió otro. Y . . . ¿Quién
se lo da a la tierra? — “¡Ha
de ser Dios!”— vino la respuesta.
Y así es y debe ser. Mientras
que el hombre no convertido se afana en buscar causas secundarias, como
hicieron estos niños, el hombre de fe sabe que el primun movens o
causa primaria, es el Padre celestial de quién en última instancia
proceden todas las cosas. ¡Cuán
útil llega a ser la petición: “el pan nuestro de cada día, dánoslo
hoy”! Sería de orden notar que tal y como en la mirada hacia arriba, cada
frase de la mirada hacia adentro navega a través de un mar de profundos
significados. Estoy seguro que
El Dador de la oración modelo, Cristo Jesús, se daría hoy por
satisfecho si nos viera explorando hasta la saciedad dichas profundidades.
De hacerlo así, tendríamos acceso a nuevas lecciones sobre cómo
orar y disfrutar haciéndolo. Evitaría
la cacofonía discordante en que caen protestantes y católicos cuando
“rezan” el Padrenuestro pues las “vanas repeticiones” siempre
resultan letales. Dan muerte
por asfixia al gozo de la oración extemporánea y creativa que el
Padrenuestro procura inculcar. Creemos
que la estructura de este modelo de expresar grandes ideas en cortas
frases está diseñada para incentivarnos a la creatividad, a la variedad,
y a la extemporaneidad de expresión en la oración.
Dicha estructura actúa como una póliza de seguro contra la
monotonía propia de los que hacen de esta oración una como mantra
cristiana que se canturrea como harían
los monjes budistas o como se cotorrea en los conventos.
Afortunadamente, el contexto del modelo oracional se ha adelantado ya a
este problema al advertirnos específicamente en contra de la vaciedad de
las vanas repeticiones (Mt 6: 7). No olvidemos que Dios conoce nuestras necesidades aún antes de que le
pidamos (Mt
6:8) y conoce de
ante mano la necesidad antes de que sea expresada por nuestra boca (Sal
139:4).
Paradójicamente, Dios provee las cosas básicas para la vida tanto
a buenos como a malos, sea que lo pidan o no.
Sin
embargo, es obvio que se deleita en que regresemos a su presencia “cada
día”. No le robemos ese placer a nuestro Dios. No seamos como la mayoría que sólo acude a EL cuando truena. Vuelve a EL cuantas veces sientas que debes hacerlo. Vuelve a EL aun cuando no sientas que debes hacerlo. Vuelve a EL hasta que sientas que debes hacerlo, pero vuelve siempre. Válido es mostrar nuestra dependencia en EL volviendo. Y contemporánea es también la dos veces milenaria petición: “Danos hoy nuestro pan cotidiano”. |
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