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TEMA:
Oración |
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Problemas con la Oración y Como Resolverlos Por
Mariano González V.
Hay dos clases de ejemplos dignos de imitar: los bíblicos y los
extra bíblicos. Consideraremos en este artículo, a lo menos, uno de esos
ejemplos bíblicos. Traeremos
a la atención del lector otros dos personajes del Antiguo Testamento que
también modelaron para nosotros el como orar, concediendo al lector el
privilegio de hacer su propio análisis de la oración de cada uno de
estos dos personajes. Finalmente,
cerraremos este trabajo anotando brevemente algunos ejemplos extra bíblicos.
Antes de proseguir
leyendo la presente entrega, prográmese nuestro lector para leer tres
veces la oración de Nehemías en el capítulo uno del libro que lleva su
nombre. Al leer tan nutriente
capítulo, le advertimos mantenerse alerta para que mientras lea vaya
identificando el patrón que el Señor Jesucristo usaría miles de años
después para estructurar la oración modelo que entregó a sus discípulos
(Mt 6:9-13).
Por favor, no deje de detectar en su lectura de la oración de
Nehemías las tres miradas en que hemos hecho tanto hincapié a lo largo
de nuestra exposición del Padrenuestro en artículos anteriores: hacia
arriba, hacia adentro, hacia afuera.
Ha
llegado pues el momento. Favor de detenerse ahora mismo, amable lector.
Ponga a un lado esta revista. Tome
su Biblia y lea Nehemías capítulo 1, tres veces.
Léalo, mientras lo espero aquí para entregarle el resto de la
meditación presente.
--Pausa— ¡Bienvenido
de vuelta!
Presumo que
escrutó la oración de Nehemías con cuidado.
Su escrutinio debíó haberle permitido detectar la mirada hacia
arriba con que inició Nehemías su encuentro con el Padre en las alturas.
Desde el principio de su oración, Nehemías emuló la primera
parte del patrón que enseñó Jesús a sus discípulos
al darles la
oración modelo muchos siglos después.
El versículo 5 de Nehemías 1 capitaliza el éxtasis que se apoderó
de este santo varón cuando miró hacia arriba.
La posición encumbrada y excelsa de Dios, su invencible poder, su
grandeza deslumbrante, y su perfección inmaculada, sobrecogieron a Nehemías
en cuerpo, alma y espíritu. Lo dejaron estupefacto, absorto,
boquiabierto, contemplativo. Subamos
queditos a este su escenario sacro con la precaución de no perturbar su
éxtasis. Agucemos el oído
para escucharlo derramarse en la presencia del Padre: "Oh Jehová
Dios de los cielos" — dice con gran pasión.
"Fuerte"—, "Grande"—,
"Temible"—,
"que guarda el pacto, y la misericordia" con los
que le temen. Compare usted
ahora lo que en este punto experimenta Nehemías con su contraparte en el
Padrenuestro de Mt 6:9-10. Son
muy similares, ¿verdad?
Aquí nuestro héroe está tan sobrecogido de sorpresa, tan absorto
en su contemplación, tan hipnotizado en su gozo, tan embebido en lo que
sus ojos ven, tan inyectado de la presencia santificadora del eterno, que
virtualmente se ha olvidado de la razón que lo trajo a sus rodillas.
¿Para qué recordar cosas tan absurdas y deprimentes que comúnmente
agobian a los mortales en este "valle de lágrimas"? ¿No
resulta más sublime subir y disfrutar las abundantes delicias del Jardín
de Dios? ¿Para qué ahogarse
en lamentos sobre esta tierra cuando es posible incendiar el espíritu con
el fuego del cielo? Inadvertidamente,
Nehemías se estaba anticipando al mictam (escrito) del
salmista David quien con tanta elocuencia expresara mucho tiempo después:
"En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para
siempre. Me has mostrado la
senda de la vida." (Sal 16:11).
Nehemías
había puesto su delicia en Jehová, y ahora quedaba a la espera de que en
su momento Jehová contestaría las peticiones de su corazón (Sal 37:4). ¡Oh que usted y yo también
supiéramos subir a menudo a zambullirnos en el océano de las delicias de
Dios! ¡Cómo se transformarían nuestras vidas personales y se agigantaría
nuestra fe! ¡Cómo afectarían bendiciendo a cuantos nos rodean!
Pero . . . en
definitiva . . . ¿Que fue lo que disparó a este hombre de Dios a
arrodillarse para buscar la beatitud del rostro del PADRE?
¿Qué fue lo que angustió hasta el llanto su alma sensitiva?
¿Qué lo hizo hacer duelo por varios días?
¿Qué motivó su ayuno y oración? (v.
4)
Pues, un simple
reporte. No
tan simple, quizás. Hanani
y otros varones de Judá, le habían rebozado los oídos con un reportaje
deprimente sobre la precaria condición en que se hallaban sus hermanos
judíos que "habían escapado, que quedaron de la cautividad y por
Jerusalén"
(v.2).
Sus maltrechos hermanos estaban "en gran mal, y afrenta, y
el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego" (v.3).
¿Podría
darse escenario peor? Tan
infortunada, por no decir catastrófica noticia, habría surtido un efecto
desmayante en el ánimo de Nehemías el patriota, habían angustiado hasta
el llanto a este sensible pastor de almas, mentor religioso, ferviente
amante de su pueblo, y admirador incondicional de las glorias de Sión
(Jerusalén). Ahora, súbitamente,
el esplendor de Sión parecía haberse resquebrado.
Y todo esto era demasiado terrible de soportar. El shock de esta noticia lo disparó instintivamente a derramarse en la presencia de Dios. Lo forzó a tornar la mirada hacia arriba. Una vez en las alturas, el deslumbre de la presencia del Santo de Israel, el relámpago encandilante que proviene de su Trono, el energizante magnetismo de la persona del Padre, deja como fulminado a Nehemías transportándolo a un estado de estática alegría y de inaudito gozo. Nehemías experimenta la frescura y renovación que resulta cuando uno sabe soltarse ante del Trono de la Majestad. El derroche de su capacidad contemplativa había quedado acaparado, todas las energías de adoración de su alma piadosa y, supongo, lo más exuberante de sus alabanzas, se dispararon como un chorro hacia el que se sienta en el Trono. Ahora Nehemías está disfrutando de un arrobamiento tan extraordinario, de un embelesamiento tan placentero, de un rapto tan deleitoso, de un encanto tan celestial, de un tiempo tan inefablemente sublime, que momentáneamente se le escapa de la memoria el problema terrenal que lo arrojó sobre sus rodillas. No pierda de vista el lector que fue el desgraciado reporte de Hanani que lo llevó allí. Pero ahora está tan inmerso en el entorno celestial, que nuestro personaje se olvida de las circunstancias que momentos antes lo habían golpeado tan duro aquí en la tierra. De igual modo, la experiencia de Nehemías se repite cada vez que un cristiano dobla sus rodillas asediado por las tentaciones, abatido por las adversidades, mortificado por los problemas, acosado por las persecuciones, vejado por las burlas impías, perplejo ante las deserciones, estresado por las malas noticias con que constantemente golpean sus sensibilidades los medios masivos de comunicación. Ubicado en las alturas de los cielos por fe, busca allí con ahínco al que rige con gracia el universo y al que manipula su cosmos con sabiduría. Encuentra alivio y socorro oportuno al soltarse íntegramente en presencia del Inefable. |
Por generaciones las almas piadosas exprimidas por la adversidad,
han deseado tener “alas como de paloma “ para volar y
descansar; para huir lejos, para morar en un remoto y quimérico desierto (Sal
55:6)..
Afortunadamente, muchos en lugar de huir, han sabido utilizar sus
pies "como de ciervas" quedando firmes sobre sus alturas (Sal 19:33). Habitualmente
han sabido levantar sus ojos a los montes desde donde siempre les ha
llegado abundancia de socorro. Su socorro provino siempre de Jehová que
hizo los cielos y la tierra (Sal
121:1-2).
Dios, el cielo, el Trono excelso, el socorro divino, han estado
siempre tan cerca como cerca y dispuestos estén nuestros labios a
disparar hacia el cielo una invocación.
Ciertamente, Dios "no está lejos de cada uno de
nosotros" (Hch
17:27).
Su gracia perenne, lo acerca para desafiarnos: "Invócame
en el día de la angustia; te libraré, y tu me honrarás" (Sal
50:15).
¡Alabado sea su Nombre sin par! ¡Aleluya y Aleluya!
Y otra vez . .
. ¡Aleluya!
El tsunami que cual diluvio bienhechor ha inundado de deidad el
alma de Nehemías, inevitable y consecuentemente lo hace mirar hacia
adentro también. La
introspección toma control ahora de su alma piadosa.
¿Qué es lo que Nehemías halla en su interior?
Veámoslo: "Confieso
los pecados de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y
la casa de mi padre hemos pecado.
En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los
mandamientos, estatutos, y preceptos que diste a Moisés tu siervo (v
6:7). Aquí
el orante establece su segundo punto de concordancia con el Padrenuestro: "Perdónanos
nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no
nos metas en tentación" (Mt
6:12-13). Y así es y será
siempre. El alma inyectada de
la presencia santificante de Dios es conducida invariablemente a sentir la
dolorosa punzada del aguijón de su miseria moral.
Un agudo sentido de pecaminosidad la arropa barrenando en su
memoria la experiencia de S. Pedro ante el espectáculo de la pesca
milagrosa. Aturdido y de
rodillas este Apóstol exclamó: “Apártate de mi, Señor, que soy
hombre pecador” (Lc
5:7-9).
Siguiendo en
orden la oración de Nehemías toca el turno ahora a su mirada hacia
fuera. Y a proyectarse hacia
fuera se dispone este santo en comunión con Dios.
Nehemías declara sumiso sus intenciones: "Tus siervos
—dice — desean
reverenciar tu nombre.” Un
sentimiento profundo de deber, de obligación santa de entregar a Dios lo
que Dios merece, se ha apoderado del alma de este santo.
Curiosamente, Nehemías se toma la libertad de colectivizar su
sentimiento para incluir a otros “siervos” contemporáneos suyos, y
por asociación, a todos los demás que se consideran siervos del Altísimo
en toda generación. ¡Sí!
Reverencia perenne al que se sienta en el Trono y actitud de adoración.
¡Que maravilla! El
equivalente de esta mirada en el Padrenuestro lee: “Porque tuyo es el
reino, y el poder y la gloria, por todos los siglos.
Amén” (Mt
6:13).
Ahora, amable lector, prosiga usted su escrutinio independiente de
las Santas Escrituras. Dirija
su atención a los dos pasajes del Antiguo Testamento que señalamos a
continuación. Estudie en
ellos las oraciones articuladas por otros dos personajes de las
Escrituras, que como Nehemías, oraron, supieron hacerlo, gozaron muchísimo
haciéndolo, y al ejercitarse ante el Padre alcanzaron sus alturas.
Encuentre usted en las oraciones de Salomón (2 Cr 6:14-24; 25-27);
y Daniel (Dn 9: 3-4; 5-19), los lineamientos generales del patrón
enseñado por Cristo en el Padrenuestro (Mt
6:9-13).
Emergerá de este ejercicio altamente recompensado.
Sin necesidad de mucha persuasión, el ejemplo bíblico por
excelencia de un santo en oración lo fue el Señor Jesús mismo.
Jesús solía orar ante las grandes crisis que le sobrevenían
y con el mismo fervor oraba ante las experiencias ordinarias de su vida.
Oró en ocasión de su bautismo (Lc 3:21).
Oró
solitario antes de hacer la delicada decisión de escoger a sus discípulos
(Lc
6:12-13). Oró en lugares apartados (Lc 5:16, 9:18). Oró
aun cuando otros estaban presentes a su alrededor (Lc
9:28:29). Oró por individuos (Pedro)
para que su fe no fallara (Lc
22:31-32). Oró en Getsemaní antes de que lo traicionaran (Lc
22:39-42). Oró sobre la cruz (Lc 23:46). Su
vida singular de oración debió impactar tanto a sus discípulos que
extrajo de sus almas la petición: “Señor, enséñanos a orar”, (no
‘como’ orar, sino ‘a’ orar).
A su vez, la petición de ellos extrajo del alma de EL la admirable
respuesta que llamamos el ‘Padrenuestro’, patrón de oración con que
Cristo cambió el rumbo a tomar por los que anhelan orar de veras.
Con la oración modelo los adiestró maestramente para subir a un
plano más elevado de relación con el Padre. Y
ahora . . . ejemplos extra bíblicos.
Los ejemplos extra bíblicos son toda una constelación.
Sería imposible enumerarlos a cabalidad.
Todo intento de hacer una lista, terminaría haciendo injusticia a
los incontables héroes que por fuerza dejaríamos fuera.
Incursionaremos al azar mencionando sólo unos pocos de ellos: Martín
Lutero, cuya
monumental obra de reforma religiosa le ocupó tantas energías, demandó
tanto de su gran talento, lo situó frente a tantos peligros, y acaparó
tantísimas de sus horas despierto, no se dejaba embargar por los múltiples
quehaceres versus su necesidad de ocuparse a diario con la persona de Dios
mismo. Dijo el Reformador en
una ocasión: “Tengo tanto que hacer hoy que emplearé las primeras tres
horas orando”. Esto
lo dice todo. Retrata de cuerpo entero la fuente del poder vigorizante
donde bebía cotidianamente este titán de la fe. George
Müller de Bristol,
hombre de fe y oración, sabía dar gracias con los niños de su
orfanatorio sentados a la mesa sin tener una migaja de pan que servirles.
En una ocasión dio gracias por el desayuno con los niños sin
tener un ápice que ofrecerles. Providencialmente el camión repartidor de
la leche se descompuso frente al orfanatorio.
El conductor llamó a su puerta preguntando si el orfanatorio podía
usar una cantidad del lácteo que transportaba antes de que se dañara.
La oración de Müller quedó así milagrosamente contestada aquél
día. ¡Providencial
sincronización! De esa manera
transcurrió la carrera de este santo atestiguando un milagro tras otro en
respuesta a la oración. En
una entrevista que le hiciera en 1897 Carlos R. Parsons, salió a relucir
el hecho de que George Müller, quien no tenía empleo secular, ni apoyo
fijo o promesa financiera de ninguna organización, recibió durante su
vida donaciones que llegaron a 7.500.00 de libras esterlinas, una suma
fabulosa en el contexto de la economía de la época.
¡Todo en respuesta a la oración! Müller
nunca pidió ofrendas a nadie. Jamás
dio a conocer a ningún hombre sus necesidades.
Sabía comunicarlas en privado a su Padre celestial y Dios se
deleitaba en glorificarse supliéndolas.
En su sabia providencia Dios solía corresponder recompensando a su
siervo en público (Mt
6:6).
A sus 87 años Müller encaminó toda su atención, y el empeño de
sus esfuerzos, hacia la evangelización del mundo.
Su visión lo llevó a predicar en 42 países y se estima que
viajando recorrió unos 300.000 kilómetros tocando con el evangelio
alrededor de 3.000.000 de personas. Andrew
Murray . Llamado
el “Apóstol del Amor que Perdura”, influyente predicador que enfatizó
durante su ministerio la vida cristiana vivida en el plano superior, prolífico
escritor de libros, muchos de ellos sobre la oración: (“El Poder de la
Oración”, “Viviendo Una Vida de Oración”, “Con Cristo en la
Escuela de la Oración”, “El Ministerio de la Intercesión”, “Enséñame
a Orar”, y varios otros), encarnó en su vida propia lo que es vivir en
victoria espiritual, en santidad, y abocado a la oración tenaz.
Cavó un surco bien hondo en su pase por la tierra y ha llegado a
ser uno de los escritores más citados en la literatura cristiana.
Y nosotros . . . hoy . . . ¿donde encajamos?
Aparte de la necesidad imperiosa de ejercer estricta disciplina en nuestras vidas, y de seguir de cerca las instrucciones que Jesús nos dio para orar bien (Mt 6:9-13) , (las cuales hemos comentado ampliamente), no nos queda otra opción que la de emprender el camino de la imitación. Es menester emular los luminosos ejemplos de hombres y mujeres de Dios que fueron antes que nosotros, y por así decirlo, supieron palpar al eterno con los dedos de la oración. Eran creyentes fuera de serie que supieron empuñar con las manos del espíritu los fundamentos del Trono y arrojarse rendidos a los pies del Altísimo. Esos creyentes ya ascendidos, cual verdadera nube de testigos nos observan ahora desde los balcones de los cielos, y desde allí nos aupan y nos animan. Es como si desde su posición glorificada susurraran a nuestros oídos: "Sube tú, Osvaldo, y tú Rosita, Edgardo y Rebeca". ¡Suban!, ¡Suban! a las alturas. Levanten los ojos a los altos montes, doblen las rodillas e inclinen las almas soltándose ante el Dios que inclina su oído para escuchar a sus santos y quien se deleita en comulgar con los suyos. De paso, afinen también sus voces y contribúyanlas al coral de aquella gran multitud, la cual nadie podía contar, de toda nación tribu y pueblos y lenguas que adjunto a los seres vivientes, a los veinticuatro ancianos, y a multitudes de ángeles, se postran sobre sus rostros ante el Dios viviente para decir adorando: “Amén. La bendición y la gloria, y la sabiduría, y la acción de gracias, y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén” (Ap 7: 9, 12). |
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