TEMA:
Oración

Problemas con la Oración y Como Resolverlos

 Inconsecuencias en la Vida de Oración

 III.  Nuestra Inhabilidad Para Imitar Buenos Ejemplos:

 El Ejemplo de Nehemías

Por Mariano González V.

      El tercer y último punto a tratar sobre nuestros problemas con la oración, y como resolverlos, tiene que ver con nuestro fracaso al dejar de imitar los buenos ejemplos de aquellos que, durante su peregrinaje por la tierra, cavaron surcos de influencia bien hondos.  Se trata de hombres y mujeres que lograron vivir vidas inmersas en la oración y con ellas impactaron su generación para Dios.  Dicho impacto fue benéfico y duradero trascendiendo más allá de sus contemporáneos para influir también las generaciones que los han seguido.

     Hay dos clases de ejemplos dignos de imitar: los bíblicos y los extra bíblicos. Consideraremos en este artículo, a lo menos, uno de esos ejemplos bíblicos.  Traeremos a la atención del lector otros dos personajes del Antiguo Testamento que también modelaron para nosotros el como orar, concediendo al lector el privilegio de hacer su propio análisis de la oración de cada uno de estos dos personajes.  Finalmente, cerraremos este trabajo anotando brevemente algunos ejemplos extra bíblicos.

      Antes de proseguir leyendo la presente entrega, prográmese nuestro lector para leer tres veces la oración de Nehemías en el capítulo uno del libro que lleva su nombre.  Al leer tan nutriente capítulo, le advertimos mantenerse alerta para que mientras lea vaya identificando el patrón que el Señor Jesucristo usaría miles de años después para estructurar la oración modelo que entregó a sus discípulos (Mt 6:9-13).  Por favor, no deje de detectar en su lectura de la oración de Nehemías las tres miradas en que hemos hecho tanto hincapié a lo largo de nuestra exposición del Padrenuestro en artículos anteriores: hacia arriba, hacia adentro, hacia afuera. 

Ha llegado pues el momento. Favor de detenerse ahora mismo, amable lector.  Ponga a un lado esta revista.  Tome su Biblia y lea Nehemías capítulo 1, tres veces.  Léalo, mientras lo espero aquí para entregarle el resto de la meditación presente.

                                  --Pausa—

 

¡Bienvenido de vuelta!

     Presumo que escrutó la oración de Nehemías con cuidado.  Su escrutinio debíó haberle permitido detectar la mirada hacia arriba con que inició Nehemías su encuentro con el Padre en las alturas.  Desde el principio de su oración, Nehemías emuló la primera parte del patrón que enseñó Jesús a sus discípulos  al darles la oración modelo muchos siglos después.  El versículo 5 de Nehemías 1 capitaliza el éxtasis que se apoderó de este santo varón cuando miró hacia arriba.  La posición encumbrada y excelsa de Dios, su invencible poder, su grandeza deslumbrante, y su perfección inmaculada, sobrecogieron a Nehemías en cuerpo, alma y espíritu. Lo dejaron estupefacto, absorto, boquiabierto, contemplativo.  Subamos queditos a este su escenario sacro con la precaución de no perturbar su éxtasis.  Agucemos el oído para escucharlo derramarse en la presencia del Padre: "Oh Jehová Dios de los cielos" — dice con gran pasión.   "Fuerte"—,   "Grande",   "Temible",  "que guarda el pacto, y la misericordia" con los que le temen.  Compare usted ahora lo que en este punto experimenta Nehemías con su contraparte en el Padrenuestro de Mt 6:9-10.  Son muy similares, ¿verdad?

     Aquí nuestro héroe está tan sobrecogido de sorpresa, tan absorto en su contemplación, tan hipnotizado en su gozo, tan embebido en lo que sus ojos ven, tan inyectado de la presencia santificadora del eterno, que virtualmente se ha olvidado de la razón que lo trajo a sus rodillas.

     ¿Para qué recordar cosas tan absurdas y deprimentes que comúnmente agobian a los mortales en este "valle de lágrimas"? ¿No resulta más sublime subir y disfrutar las abundantes delicias del Jardín de Dios?  ¿Para qué ahogarse en lamentos sobre esta tierra cuando es posible incendiar el espíritu con el fuego del cielo?  Inadvertidamente, Nehemías se estaba anticipando al mictam (escrito) del salmista David quien con tanta elocuencia expresara mucho tiempo después: "En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.  Me has mostrado la senda de la vida." (Sal 16:11).   Nehemías había puesto su delicia en Jehová, y ahora quedaba a la espera de que en su momento Jehová contestaría las peticiones de su corazón (Sal 37:4).  ¡Oh que usted y yo también supiéramos subir a menudo a zambullirnos en el océano de las delicias de Dios! ¡Cómo se transformarían nuestras vidas personales y se agigantaría nuestra fe! ¡Cómo afectarían bendiciendo a cuantos nos rodean!

     Pero . . .  en definitiva . . . ¿Que fue lo que disparó a este hombre de Dios a arrodillarse para buscar la beatitud del rostro del PADRE?

     ¿Qué fue lo que angustió hasta el llanto su alma sensitiva?

     ¿Qué lo hizo hacer duelo por varios días?

     ¿Qué motivó su ayuno y oración? (v. 4)

         Pues, un simple reporte.

No tan simple, quizás.

Hanani y otros varones de Judá, le habían rebozado los oídos con un reportaje deprimente sobre la precaria condición en que se hallaban sus hermanos judíos que "habían escapado, que quedaron de la cautividad y por Jerusalén" (v.2).   Sus maltrechos hermanos estaban "en gran mal, y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego" (v.3).

 ¿Podría darse escenario peor? 

Tan infortunada, por no decir catastrófica noticia, habría surtido un efecto desmayante en el ánimo de Nehemías el patriota, habían angustiado hasta el llanto a este sensible pastor de almas, mentor religioso, ferviente amante de su pueblo, y admirador incondicional de las glorias de Sión (Jerusalén).  Ahora, súbitamente, el esplendor de Sión parecía haberse resquebrado.  Y todo esto era demasiado terrible de soportar.

     El shock de esta noticia lo disparó instintivamente a derramarse en la presencia de Dios. Lo forzó a tornar la mirada hacia arriba. Una vez en las alturas, el deslumbre de la presencia del Santo de Israel, el relámpago encandilante que proviene de su Trono, el energizante magnetismo de la persona del Padre, deja como fulminado a Nehemías transportándolo a un estado de estática alegría y de inaudito gozo.  Nehemías experimenta la frescura y renovación que resulta cuando uno sabe soltarse ante del Trono de la Majestad.  El derroche de su capacidad contemplativa había quedado acaparado, todas las energías de adoración de su alma piadosa y, supongo, lo más exuberante de sus alabanzas, se dispararon como un chorro hacia el que se sienta en el Trono.  Ahora Nehemías está disfrutando de un arrobamiento tan extraordinario, de un embelesamiento tan placentero, de un rapto tan deleitoso, de un encanto tan celestial, de un tiempo tan inefablemente sublime, que momentáneamente se le escapa de la memoria el problema terrenal que lo arrojó sobre sus rodillas. No pierda de vista el lector que fue el desgraciado reporte de Hanani que lo llevó allí. Pero ahora está tan inmerso en el entorno celestial, que nuestro personaje se olvida de las circunstancias que momentos antes lo habían golpeado tan duro aquí en la tierra.

     De igual modo, la experiencia de Nehemías se repite cada vez que un cristiano dobla sus rodillas asediado por las tentaciones, abatido por las adversidades, mortificado por los problemas, acosado por las persecuciones, vejado por las burlas impías, perplejo ante las deserciones, estresado por las malas noticias con que constantemente golpean sus sensibilidades los medios masivos de comunicación.  Ubicado en las alturas de los cielos por fe, busca allí con ahínco al que rige con gracia el universo y al que manipula su cosmos con sabiduría. Encuentra alivio y socorro oportuno al soltarse íntegramente en presencia del Inefable.  

         Por generaciones las almas piadosas exprimidas por la adversidad, han deseado tener “alas como de paloma “ para volar y descansar; para huir lejos, para morar en un remoto y quimérico desierto (Sal 55:6)..  Afortunadamente, muchos en lugar de huir, han sabido utilizar sus pies "como de ciervas" quedando firmes sobre sus alturas (Sal 19:33).  Habitualmente han sabido levantar sus ojos a los montes desde donde siempre les ha llegado abundancia de socorro. Su socorro provino siempre de Jehová que hizo los cielos y la tierra (Sal 121:1-2).   Dios, el cielo, el Trono excelso, el socorro divino, han estado siempre tan cerca como cerca y dispuestos estén nuestros labios a disparar hacia el cielo una invocación.  Ciertamente, Dios "no está lejos de cada uno de nosotros" (Hch 17:27).  Su gracia perenne, lo acerca para desafiarnos: "Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tu me honrarás" (Sal 50:15).  ¡Alabado sea su Nombre sin par! ¡Aleluya y Aleluya!  Y otra vez   . . .  ¡Aleluya!  El tsunami que cual diluvio bienhechor ha inundado de deidad el alma de Nehemías, inevitable y consecuentemente lo hace mirar hacia adentro también.  La introspección toma control ahora de su alma piadosa.

     ¿Qué es lo que Nehemías halla en su interior?  Veámoslo:  "Confieso los pecados de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado.  En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos, y preceptos que diste a Moisés tu siervo (v 6:7).   Aquí el orante establece su segundo punto de concordancia con el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos metas en tentación" (Mt 6:12-13).    Y así es y será siempre.  El alma inyectada de la presencia santificante de Dios es conducida invariablemente a sentir la dolorosa punzada del aguijón de su miseria moral.  Un agudo sentido de pecaminosidad la arropa barrenando en su memoria la experiencia de S. Pedro ante el espectáculo de la pesca milagrosa.  Aturdido y de rodillas este Apóstol exclamó: “Apártate de mi, Señor, que soy hombre pecador” (Lc 5:7-9).

         Siguiendo en orden la oración de Nehemías toca el turno ahora a su mirada hacia fuera.  Y a proyectarse hacia fuera se dispone este santo en comunión con Dios.  Nehemías declara sumiso sus intenciones: "Tus siervos  —dice —  desean reverenciar tu nombre.”  Un sentimiento profundo de deber, de obligación santa de entregar a Dios lo que Dios merece, se ha apoderado del alma de este santo.  Curiosamente, Nehemías se toma la libertad de colectivizar su sentimiento para incluir a otros “siervos” contemporáneos suyos, y por asociación, a todos los demás que se consideran siervos del Altísimo en toda generación.  ¡Sí! Reverencia perenne al que se sienta en el Trono y actitud de adoración. ¡Que maravilla!   El equivalente de esta mirada en el Padrenuestro lee: “Porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria, por todos los siglos.  Amén” (Mt 6:13).

     Ahora, amable lector, prosiga usted su escrutinio independiente de las Santas Escrituras.  Dirija su atención a los dos pasajes del Antiguo Testamento que señalamos a continuación.  Estudie en ellos las oraciones articuladas por otros dos personajes de las Escrituras, que como Nehemías, oraron, supieron hacerlo, gozaron muchísimo haciéndolo, y al ejercitarse ante el Padre alcanzaron sus alturas. Encuentre usted en las oraciones de Salomón (2 Cr 6:14-24; 25-27); y Daniel (Dn 9: 3-4; 5-19), los lineamientos generales del patrón enseñado por Cristo en el Padrenuestro (Mt 6:9-13).  Emergerá de este ejercicio altamente recompensado.

     Sin necesidad de mucha persuasión, el ejemplo bíblico por excelencia de un santo en oración lo fue el Señor Jesús mismo.  Jesús solía orar ante las grandes crisis que le sobrevenían y con el mismo fervor oraba ante las experiencias ordinarias de su vida.  Oró en ocasión de su bautismo (Lc 3:21).     Oró solitario antes de hacer la delicada decisión de escoger a sus discípulos (Lc 6:12-13).   Oró en lugares apartados (Lc 5:16, 9:18).   Oró aun cuando otros estaban presentes a su alrededor (Lc 9:28:29).   Oró por individuos (Pedro) para que su fe no fallara (Lc 22:31-32).   Oró en Getsemaní antes de que lo traicionaran (Lc 22:39-42).   Oró sobre la cruz (Lc 23:46).   Su vida singular de oración debió impactar tanto a sus discípulos que extrajo de sus almas la petición: “Señor, enséñanos a orar”, (no ‘como’ orar, sino ‘a’ orar).  A su vez, la petición de ellos extrajo del alma de EL la admirable respuesta que llamamos el ‘Padrenuestro’, patrón de oración con que Cristo cambió el rumbo a tomar por los que anhelan orar de veras.  Con la oración modelo los adiestró maestramente para subir a un plano más elevado de relación con el Padre.

Y ahora . . .  ejemplos extra bíblicos.

     Los ejemplos extra bíblicos son toda una constelación.  Sería imposible enumerarlos a cabalidad.  Todo intento de hacer una lista, terminaría haciendo injusticia a los incontables héroes que por fuerza dejaríamos fuera.  Incursionaremos al azar mencionando sólo unos pocos de ellos:

Martín Lutero, cuya monumental obra de reforma religiosa le ocupó tantas energías, demandó tanto de su gran talento, lo situó frente a tantos peligros, y acaparó tantísimas de sus horas despierto, no se dejaba embargar por los múltiples quehaceres versus su necesidad de ocuparse a diario con la persona de Dios mismo.  Dijo el Reformador en una ocasión: “Tengo tanto que hacer hoy que emplearé las primeras tres horas orando”.  Esto lo dice todo. Retrata de cuerpo entero la fuente del poder vigorizante donde bebía cotidianamente este titán de la fe.

George Müller de Bristol, hombre de fe y oración, sabía dar gracias con los niños de su orfanatorio sentados a la mesa sin tener una migaja de pan que servirles.  En una ocasión dio gracias por el desayuno con los niños sin tener un ápice que ofrecerles. Providencialmente el camión repartidor de la leche se descompuso frente al orfanatorio.  El conductor llamó a su puerta preguntando si el orfanatorio podía usar una cantidad del lácteo que transportaba antes de que se dañara.  La oración de Müller quedó así milagrosamente contestada aquél día.  ¡Providencial sincronización!  De esa manera transcurrió la carrera de este santo atestiguando un milagro tras otro en respuesta a la oración.

En una entrevista que le hiciera en 1897 Carlos R. Parsons, salió a relucir el hecho de que George Müller, quien no tenía empleo secular, ni apoyo fijo o promesa financiera de ninguna organización, recibió durante su vida donaciones que llegaron a 7.500.00 de libras esterlinas, una suma fabulosa en el contexto de la economía de la época.  ¡Todo en respuesta a la oración!  Müller nunca pidió ofrendas a nadie.  Jamás dio a conocer a ningún hombre sus necesidades.  Sabía comunicarlas en privado a su Padre celestial y Dios se deleitaba en glorificarse supliéndolas.  En su sabia providencia Dios solía corresponder recompensando a su siervo en público (Mt 6:6).  A sus 87 años Müller encaminó toda su atención, y el empeño de sus esfuerzos, hacia la evangelización del mundo.  Su visión lo llevó a predicar en 42 países y se estima que viajando recorrió unos 300.000 kilómetros tocando con el evangelio alrededor de 3.000.000 de personas.

Andrew Murray .  Llamado el “Apóstol del Amor que Perdura”, influyente predicador que enfatizó durante su ministerio la vida cristiana vivida en el plano superior, prolífico escritor de libros, muchos de ellos sobre la oración: (“El Poder de la Oración”, “Viviendo Una Vida de Oración”, “Con Cristo en la Escuela de la Oración”, “El Ministerio de la Intercesión”, “Enséñame a Orar”, y varios otros), encarnó en su vida propia lo que es vivir en victoria espiritual, en santidad, y abocado a la oración tenaz.  Cavó un surco bien hondo en su pase por la tierra y ha llegado a ser uno de los escritores más citados en la literatura cristiana.

     Y nosotros . . . hoy . . . ¿donde encajamos? 

     Aparte de la necesidad imperiosa de ejercer estricta disciplina en nuestras vidas, y de seguir de cerca las instrucciones que Jesús nos dio para orar bien (Mt 6:9-13) ,  (las cuales hemos  comentado ampliamente),   no nos queda otra opción que la de emprender el camino de la imitación.  Es menester emular los luminosos ejemplos de hombres y mujeres de Dios que fueron antes que nosotros, y por así decirlo, supieron palpar al eterno con los dedos de la oración. Eran creyentes fuera de serie que supieron empuñar con las manos del espíritu los fundamentos del Trono y arrojarse rendidos a los pies del Altísimo.  Esos creyentes ya ascendidos, cual verdadera nube de testigos nos observan ahora desde los balcones de los cielos, y desde allí nos aupan y nos animan.  Es como si desde su posición glorificada susurraran a nuestros oídos: "Sube tú, Osvaldo, y tú Rosita, Edgardo y Rebeca".  ¡Suban!, ¡Suban! a las alturas. Levanten los ojos a los altos montes, doblen las rodillas e inclinen las almas soltándose ante el Dios que inclina su oído para escuchar a sus santos y quien se deleita en comulgar con los suyos.  De paso, afinen también sus voces y contribúyanlas al coral de aquella gran multitud, la cual nadie podía contar, de toda nación tribu y pueblos y lenguas que adjunto a los seres vivientes, a los veinticuatro ancianos, y a multitudes de ángeles, se postran sobre sus rostros ante el Dios viviente para decir adorando: “Amén.  La bendición y la gloria, y la sabiduría, y la acción de gracias, y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén” (Ap 7:  9, 12).

 

 

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