|
TEMA:
Mormonismo |
|
DEL MORMONISMO A JESUCRISTO (o de la muerte a la vida) Hago público mi testimonio
con deseos en el corazón de llegar al alma de toda persona con las buenas
noticias de salvación eterna por medio de Jesucristo. Quiero acercarme con
amor sincero especialmente a quienes se denominan "Santos de los Ultimos Días,"
o Mormones. Tras otros dos años de estudios universitarios, y de haber profundizado más el cristianismo bíblico, abandoné temporalmente la universidad dejando |
atrás amigos muy queridos para
buscar el camino de seguridad y de verdad. En esta etapa de mi vida, ya mis
estudios y convicciones espirituales me habían llevado inevitablemente a ciertas
conclusiones en cuanto a la verdad. Estas contradecían al mormonismo ortodoxo en
lo más esencial: l. La Biblia es un documento fidedigno transmitido con precisión a través de muchos siglos, y exhibe unidad interna y suficiencia doctrinal. 2. En verdad, sólo hay un Dios que siempre ha sido Dios. Es un ser infinito, perfecto en amor, en justicia, en misericordia, en sabiduría. 3. Jesucristo era, y es, ese Dios hecho carne venido a la tierra en forma de hombre para llevar a cabo la redención del hombre, y ahora está exaltado a una posición de poder y autoridad supremos en el cielo. 4. El hombre es un ser creado por Dios, no "co-eterno" con Dios. Dicho de otro modo, hubo un tiempo en que ni tú ni yo existíamos. Dios nos creó por su poder y sabiduría y lo hizo con propósito de que tuviésemos una relación de amor con EL. 5. Cualquier ser humano que desobedece a Dios demuestra su enemistad hacia El. La raza humana toda está bajo la ira de Dios y merece el castigo eterno; todos necesitamos ser salvos, y volver a una relación de amistad con Dios. 6. La salvación es posible sólo por medio de la obra acabada de Cristo y por la gracia divina, sin agregar obras humanas de cualquier tipo. Lo que facilita al hombre su entrada al cielo es el poder de la sangre redentora del Hijo de Dios. Es necesario que el hombre pecador se valga de la obra hecha por Jesús sobre la cruz del Calvario. Allí Cristo derramó su sangre cuando murió en nuestro lugar. Sólo el orgullo del hombre lo hace pensar que sus obras y observancias le podrán calificar para tener ciudadanía en el reino de Dios. Dios no da lugar para que alguno se jacte en el postrer día. Cuando la confianza en mis propios esfuerzos religiosos y el efecto cegador de las creencias erradas se habían desprendido de mis ojos como la cáscara de una cebolla, advertí que yo también necesitaba ser salvo de la ira de Dios, de la justa condenación a causa de mis pecados, entre otros, el egoísmo, la lujuria, el rencor, y la envidia. El disfraz de rectitud y pureza que yo llevaba bien podía convencer a todo el mundo pero nunca al Dios vivo. Necesitaba experimentar una vida nueva y una renovación interior. Al poco tiempo de estar estudiando la Biblia con unos cristianos universitarios en Sevilla, España, acepté como regalo esta vida nueva que Dios me ofrecía. Fui verdaderamente salvo al poner mi fe en la obra que Jesús hizo a favor mío en la cruz. Sentí que su sangre redentora me había limpiado de todo pecado. Sobre el tosco madero El sufrió una muerte ignominiosa y la separación de Su Padre Eterno, fuente de toda vida y bendición, para pagar el precio de mis pecados. Yo merecía la muerte, pero El murió en mi lugar. Hoy puedo decir que Dios ha obrado un cambio milagroso en mi vida que comenzó en el mismo momento de mi nacimiento espiritual. El ha llenado mi ser de un gozo constante que no varía con las circunstancias externas de la vida. ¡Ya no hay aquél vacío! Ha quitado de los hombros el sentido de culpabilidad, el dolor de mi vida pasada y de mis muchos fracasos. ¡Ya no hay cansancio espiritual! Me ha dado propósito y dirección en la vida. Me ha asegurado de tener siempre, como experiencia diaria, su amor, su perdón y su consuelo divinos. Como garantía, ha enviado su propio Espíritu para morar literalmente en mi ser. Por medio del Espíritu Santo, Dios ha comenzado en mí una obra de santificación, transformándome poco a poco a la imagen de su Hijo, y enseñándome a vivir de acuerdo con la rectitud que le es inherente. Me ha hecho miembro de su familia eterna, el pueblo cristiano auténtico. Ciertamente me ha hecho pasar de la muerte a la vida eterna, y ahora mi único deseo es poder compartir con todo el mundo esta riqueza incomparable e indescriptible. Muy estimado lector, ya sea usted mormón o que profese cualquier otra religión o filosofía, le ruego que confiese su pecado y su necesidad espiritual delante del Dios vivo, el que habita en la eternidad y que hace del cielo su morada. Le ruego que acepte con las manos vacías el regalo de vida y el gozo que Jesús ofrece. Reciba a Cristo como el que manda en todos los aspectos de su vida, tanto internos como externos. Confíe en que El le dotará de la fuerza y de la sabiduría sobrenaturales para poder obedecer la voluntad divina del Creador. No tarde en clamar a Dios a favor de su alma. De seguro El le oirá y le responderá con amor y gracia imposible de describir e imposible de apagar. Brendan Terry |