TEMA:
Islam (Musulmanes)

 

¿Por qué

  Aláh

no es Dios?

  II

Por Mariano González V. 

      En nuestro artículo anterior discurríamos sobre el culto pagano al ídolo .   Decíamos que el mismo se remonta a la lejana época pre-islámica.  Hicimos algunos contrastes entre el Dios de la Biblia Yawhéh o Yavéh y Aláh  el dios del Corán. Afirmamos categóricamente que son dos dioses diferentes. Inferíamos por tanto, que uno de los dos debe ser un dios falso ya que en el universo no caben dos soberanos. Conviene al hombre hacer esa diferenciación y decidirse cuanto antes por el Dios auténtico.

     Siendo que los últimos libros de la Biblia se terminaron de escribir 600 años antes del nacimiento de Muhammad, y ante la repetida insistencia del "noble Corán" de ser en sí mismo una "revelación de confirmación" de la que ya está vertida en la Biblia, (ver el Surah 46:11-12 y los Surahs 2:41,89,91,101; 5:48; 6:92), estos dos hechos por sí solos deben constituirse en suficientes elementos de juicio para que la mente racional dilucide sin equívocos quien es el verdadero Dios.

      Como la Biblia vino antes que el Corán y el Qu'rán reclama ser su "continuación", el Dios verdadero debe ser Aquél de quien escribiera Moisés en el Toráh o Pentateuco; en cuyo nombre hablaron los profetas antiguos que precedieron por más de un milenio a Muhammad; el Dios que alabaron los Salmos, y del que ampliamente da fe el Nuevo Testamento. Este Dios debe ser identificado sin titubeos como el único Dios verdadero. Desde las páginas de la Biblia habla este Dios y nos dice con gracia, aunque con firmeza: "Yo mismo soy; antes de mí no fue formado Dios, ni lo será después de mí" (Is 43:10-11) y añade: "Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mi"        (Is 45:5). A través del decálogo en Exodo 20 oímos de nuevo su voz sonora diciendo: "No tendrás dioses ajenos delante de mi" (Ex 20:3).

     Destacábamos en el artículo anterior el criterio de arabistas e islamólogos de que Aláh  no es siquiera un nombre sino una "designación" para la deidad. Recordábamos que esto se debe a que Aláh no es una persona.  Contrastamos que el Dios de la Biblia, sí que es una Persona, divina, y que también tiene nombre. Mostramos que Su nombre es Yahwéh o Yavéh como está representado por su tetragrama hebreo.

      La palabra tetragrama es un compuesto de tetra ('tetra') que quiere decir cuatro, y de grama ('grama') que significa letra. El tetragrama está formado por cuatro consonantes, sin que medien vocales entre ellas. Estas consonantes son    Y H W H.  Este es el Nombre de Dios, el Gran Yo Soy, Jehová. Los antiguos traductores masoretas eventualmente se empeñaron en transcribir el tetragrama añadiéndole entre cada consonante una de las vocales pertenecientes al nombre Adonai. Con ello buscaban hacer pronunciable el tetragrama. De ahí que al vocalizarlo arribaran a la palabra  Y a h o w a h  o  Y e h o v a h. Felizmente, en la Biblia que usted y yo leemos en español, sus traductores acertaron a españolizar el ya vocalizado tetragrama y lo trasliteraron como Jehová. De otra manera hubiera sido imposible para usted y yo pronunciar el nombre de Dios partiendo de las cuatro consonantes del tetragrama.

     Dios dio a conocer a Moisés su precioso nombre en conversación que sostuvieron cara a cara en el desierto (Exodo 3:1-22). El escenario de éste diálogo se ubicó alrededor de una zarza ardiendo que el fuego no consumía. De este encuentro resultó la comisión e investidura con que Dios honró al legislador Moisés al encomendarle la liberación de Su pueblo. Recuerde el lector que a la sazón los israelitas servían como esclavos a los Egipcios.

     A esa instancia de Dios, Moisés replicó: "He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿CUAL ES SU NOMBRE? ¿Qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: J E H O V A  el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros, ESTE ES MI NOMBRE PARA SIEMPRE; con él se me recordará por todos los siglos" (Exodo 3:13-15). Dios revela en este estupendo pasaje su nombre propio, Jehová, y añade que con ese nombre se le ha de recordar por todos los siglos, que este es su nombre para siempre. ¡Alabado sea el nombre de JEHOVA!

     Mas adelante, en el capítulo 6 del libro de Deuteronomio versículos 2 y 3, Dios reitera y subraya de nuevo su nombre personal al decir: "Yo soy Jehová, y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre, JEHOVA, no me di a conocer a ellos". De modo que el nombre del Dios de la Biblia es JEHOVÁ, el "Yo soy el que es", El Gran Yo Soy, el "Yo soy el eterno existente", aquél que tiene existencia inherente o propia, el que es, fue y será. El Apocalipsis 1:8 da seguimiento al concepto al decir: "Aquél que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso".

      ¿Cuántos más nombres debemos invocar para ser salvos?

      ¿Cuantos inventen los hombres?

      ¡Perezca el pensamiento! "No hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos" (He 4:12). "Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve" (Is 43:11).  

     

 En nuestro escrito anterior, y sólo para beneficio del lector, citábamos el shahadah o credo, la profesión de fe que recita todo muslim a diario y que los musulmanes requieren como puerta de entrada al que busca iniciarse en el Islam: la  ilaha  il  aláh,  muhammad  ur   r u s u l  aláh. Traducida a nuestra lengua significa: "Sólo Aláh es Dios y Muhammad es su profeta" (o apóstol). Procedimos a citar el credo muslim no para hacer profesión de fe nosotros ni para convertir al lector en musulmán, sino simplemente para ilustrar a éste sobre lo que es una creencia sillar o pilar del Islam la cual es menester rechazar.  En cuanto a nosotros, nos resistimos a aceptar si quiera, mucho menos a creer, en una deidad de tan nebuloso origen y de tan oscura trayectoria. Nunca accederíamos a elevar por las nubes al dios-luna a quien evolucionaron a la fuerza al status de deidad. Preferimos dejarlo en su nivel histórico de ídolo de tribus primitivas. Pereceríamos además si diéramos crédito a un profeta que como veremos más adelante es espurio, o a un libro "sagrado" que se canta y se llora, y que a pesar de reclamar repetidas veces que es una continuación de lo revelado en la Biblia, contradice la mismísima revelación bíblica que dice continuar.  Para colmo, como también hemos de ver más adelante, el Corán se contradice a sí mismo también. Para decirlo en lenguaje suave, Aláh, nos parece, es un mito, no existe, y su religión en nuestra estimación es el más deprimente ejercicio en futilidad.

La Biblia enseña que un ídolo, "nada es" (1 Co 8:4 RVRO60) "no tiene valor alguno en el mundo" (VP), de nada sirve. Puesto que el ídolo no tiene existencia, ni propia, ni conferida, carece de mente pensante, de conocimientos, de sentimientos. No le acompaña ninguno de los cinco sentidos. Es una entidad muerta, y su cadáver nos es sin valor. Sólo vale para el que ejerce la profesión de sepulturero. Los ídolos de las naciones sirven sólo para embobarlas y como bien dice de los seguidores de ídolos el Salmo 115: "Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos". Prosigue diciendo el Salmo 115: "Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres.  Tienen boca, más no hablan; tiene ojos, más no ven; orejas tienen, más no oyen; tienen narices, más no huelen; manos tienen, más no palpan; tienen pies, más no andan; no hablan con su garganta.  Nuestro Dios, está en los cielos. Todo lo que quiso, ha hecho".

      Poner la fe en un ídolo, es enviarla al limbo. Es como flotar en el vacío. Es poner los pies sobre algo que se disuelve al tocarlo. La fe cristiana en cambio se ancla en el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, y del resto de los patriarcas; de los profetas; del escritor de los Salmos; y de los autores del Nuevo Testamento. En otras palabras, nuestro Dios es el Dios del Antiguo y Nuevo Testamento. Es el Dios que tiene existencia propia, que ha intervenido la historia multiformemente, y cuya última palabra la verbalizó al envianos a Su Hijo Jesucristo, el Verbo de Dios.

      Pero cuando lo consideran táctico, los defensores del Islam procuran biblificar a Aláh insistiendo que el nombre de Aláhse encuentra en la Biblia. El Dr. Roberto Morey, elocuente apologista cristiano y quien a menudo debate por radio y televisión a clérigos y eruditos musulmanes, en una presentación a que mi señora Perla y yo asistimos en la iglesia Moody de Chicago, le oímos de sus labios contar sus experiencias con el Embajador del Sudán ante las Naciones Unidas. El diplomático porfiaba que el nombre de Aláh  sí que se encuentra en la Biblia. El Dr. Morey lo desafió a producir los capítulos y versículos que en la Biblia hicieran referencia a dicho nombre. El sudanés replicó que donde quiera que en la Biblia aparece la palabra 'aleluya' ésta es una referencia a Aláh. El diplomático veía a Aláh en cada uso de la palabra bíblica aleluya y argüía que esta palabra era un término compuesto de Aláh - y- luya. Ni corto ni perezoso el Dr. Morey le contestó que la palabra bíblica no era Aláh- luya como el presumía, sino que era Alé-luya. No Aláh-luya sino Alé-luya. La palabra aleluya es hebrea y no arábica, es un término compuesto del verbo ALELU que significa load y el nombre YA que es un apócope o contracción de Yavéh. Aleluya pues significa load a Yavéh, y Yavéh, amigo mío, es la antítesis misma de Aláh, o sea, su total opuesto. La palabra hebrea aleluya dista mucho de incluir en su raíz el nombre arábico de Aláh, y en su lugar, irónicamente, a quien loa es al nombre que es sobre todo nombre, el nombre de Jehová. 

     Dándose por no vencido, el embajador sudanés bien rápido esgrimió otro argumento para situar a Aláh en la Biblia. Dijo que en la cruz del Golgotha Jesús dijo a gran voz: Aláh, Aláh ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mio, ¿por qué me has desamparado? A lo que el Dr. Morey respondió: ¡De ninguna manera! Jesús no dijo Aláh, Aláh  lama sabactani, sino que dijo Elí, Elí lama sabactani. El divino sufriente expresó esta oración en arameo, no en árabe. El arameo era un vernáculo palestinense que se cree era el idioma que hablaba Jesús el Cristo.  

     A la luz del oscuro origen de Aláh, de su diferencia abismal con el Dios de la Biblia, a la luz del desconocimiento total que le acuerdan a su nombre las Escrituras judeo-cristianas, se hace necesario concluir que Aláh no es el Dios de los cielos. Que Aláh es más bien un dios espurio, ficticio, inventado por la fiebre religiosa de un autoproclamado profeta. Es un "dios", con minúscula, de los millares que hay en el panteón de las naciones, y por tanto no es un Dios capaz de salvar ni digno de seguir. La religión que lo auspicia es un camino que podrá parecer derecho a muchos, pero al fin probará ser un camino de muerte.  

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