TEMA:
Doctrina Cristiana

 

 

  NO  SANGRE, NO REMISION

   Por  Mariano González V.  

            La sangre tiene un lugar tan importante en la Palabra de Dios que es imposible sobre enfatizar este hecho.  La redención misma de la raza entera depende del derramamiento de la sangre de Jesucristo.  Esto es una declaración mayor.  Desde el libro primero de la Biblia -  el Génesis - hasta el último - el Apocalipsis - se proyecta el derramamiento de la sangre de Cristo en distintas maneras y se asocia con la limpieza moral y espiritual del pecador.  

            Con meridiana autoridad la Biblia declara:  "Sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (Heb. 9:22).  No obstante la clara enseñanza de la Biblia a este respecto, en el pensamiento avieso del hombre infiel nunca ha gozado de simpatía el concepto del derramamiento de sangre para perdón de pecados.  Peor todavía, la sangre causa repugnancia a aquellos que no la ven como el medio exclusivo para acercarnos a Dios.  

            A la mente no regenerada del hombre le cuesta mucho abrirse al rico significado y al lugar básico que la sangre tiene en el esquema de la redención.  La verdad es que no hay negociación entre el pecador y su Dios en que esté exceptuada la mediación de la sangre de Jesucristo.  La sangre, por cierto, debe considerarse como símbolo mismo de la salvación.  Los círculos infieles al plan de Dios sufren de hemofobia crónica o repulsa por la sangre y en ocasiones hasta han querido opacar el brillo escarlatino del líquido de las venas de Jesús.  La ilustración que sigue aclara hasta la saciedad esta repulsa.  

            En cierta ocasión uno objetó la teología de un vehemente predicador aduciendo que su predicación lucía "sangrienta - que olía a matadero - a carnicería."  "¡Todo es sangre!  ¡Sangre!  ¡Sangre!", decía el infiel.  "¿Por qué no predica usted un evangelio más placentero?  ¡Menos enrojecido!"  

            "Sí," respondió con firmeza el siervo de Jesucristo.  "Mi teología está ensangrentada puesto que tiene su fundamento en una escena sanguinaria, la muerte de Cristo.  Esta muerte fue causada por la hemorragia de sus manos, de sus pies, y de su costado herido.  No tengo nada que excusar de mi predicación.  Dios mismo lo ha declarado: "Sin derramamiento de sangre no hay remisión."

          La palabra infalible de Dios enfatiza el valor de la sangre de esta manera:  "¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisotee al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado e hiciere afrenta al Espíritu de Gracia?" (Heb. 10:29)  

            La soteriología o doctrina de la salvación se abarata cuando se le desprovee de la sangre.  Un evangelio sin este elemento básico es un evangelio peligrosamente diluido y cínicamente adulterado. la salvación se abarata cuando se le desprovee de la sangre.  Un evangelio sin este elemento básico es un evangelio peligrosamente diluido y cínicamente adulterado. 

          Que la iglesia redimida por la sangre de Cristo no se ofusque en esta hora de apostasía.  Que no capitule en esta hora de deserción.  Que no se diluya en esta hora de compromisos.  Que recuerde el pueblo redimido el alto precio que el Salvador pagó para comprarlo.  Este precio hace al Pueblo de Dios doblemente deudor.  Cristo es su 

dueño doblemente, por derecho de creación y por derecho de redención.  Que se abstenga el pueblo de Cristo de hacerle el juego, entrando en compromisos, y ajustando su mensaje al gusto intelectual de un mundo que rechazó, rechaza, y rechazará al Crucificado.  Que recuerden los redimidos que el hombre rebelde siente aversión y desprecio por la purísima sangre del Salvador único que tienen los mortales.  La  fidelidad demanda que presentemos la historia de la cruz, poniendo en su centro al que murió en ella bañado en sangre.  Ni más ni menos.  

            Digámoslo de una vez y con toda franqueza.  Si el hombre ha de ser salvo, si hay alguna esperanza de limpieza para su mancha moral, si le queda alguna oportunidad de aproximación al Dios tres veces santo, para ello el hombre tendrá que tomar por el "camino nuevo y vivo que Cristo nos abrió".  Este camino es el camino de la inmolación, el camino del sacrificio, el camino que le costó su sangre inocente y que satisfizo todas las demandas de la Ley de Dios y cumplió todos los tipos y figuras del Antiguo Testamento (Heb. 10:18).  

                Dice el apóstol San Pablo en Efesios 1:7, Dios nos hizo aceptos en el Amado "en el cual tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia".  En Efesios 2:13 añade: "Vosotros que en otro tiempo estábais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo".  

            Hay una leyenda acerca del Reformador Lutero la cual dice que estando éste pasando por una seria enfermedad, el diablo entró en su pieza con una sonrisa de oreja a oreja y empezó a desenrollar un manuscrito largo que tenía en sus manos.  

            Lutero empezó a leer la larga lista de sus pecados que el rollo contenía.  Al principio sintió un poco de desmayo pero al fin le pasó por le mente algo que no estaba escrito en el manuscrito.  Entonces tomando impulso le gritó al diablo:  "¡Se te olvidó algo!  El resto de lo que dice el rollo es verdad pero algo se te ha pasado, y es esto:  ´La sangre de Jesucristo Su Hijo, nos limpia de todo pecado".  Al vocearle esto, el diablo y su rollo desaparecieron de la pieza.  

            Así es, amigo, la sangre de Jesucristo es eficaz.  Es suficiente.  Para relacionarnos íntimamente con Dios no se necesita más, pero tampoco se acepta menos.  

            ¿Has hallado en Cristo tu buen Salvador?

            ¿Eres salvo por la Sangre de Jesús?

            ¿Por la fe descansas en el Redentor?

            ¿Eres salvo por la sangre de Jesús?

            Si perdón y paz deseas, pecador, tu refugio es la sangre de Jesús.

            Si librarte quieres de eterno dolor ¡Oh, acude a la sangre de Jesús!  

            Y así, al pie de la cruz de Cristo venga usted contrito y humillado y dígale intensamente, sinceramente, rendidamente:    ¡Lávame!  ¡Lávame!

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