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| TEMA: Doctrina Cristiana |
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El Hombre en Vida y Muerte su Estado Futuro por Juan Ritchie La vida terrenal del hombre es comparada en su brevedad a “un término corto” (Ps. 39:5); en su velocidad a la “lanzadera del tejedor” (Jb. 7:6); en su deterioración a “una sombra que se va” (Salmo 102:11). Pero “la vida que ahora es” (1Tim. 4:8) tan breve e insegura, no encierra la entera existencia del hombre. Distinto a las bestias que perecen, el hombre ha sido formado para una vida interminable. El continúa existiendo después de la muerte, aunque no más en carne mortal como habitante de este presente mundo. El patriarca antiguo en su día ya lejano, al observar la pasada de una generación tras otra, exclamó: “Mas el hombre morirá, y será cortado: y perecerá el hombre, y dónde estará él? (Job14:10) A esta pregunta, sólo Dios puede dar la contestación. No es dado al hombre suplir información acerca de la vida futura. El mundo presente es su reino y dominio. El es de la tierra, terrenal. Formado para habitar, explorar e investigar el mundo en el cual ha sido puesto, no puede ver más allá de sus confines. Todos los esfuerzos del hombre de curiosear en el mundo de los espíritus, mientras que esté en carne mortal, son vanos. Sólo hay UNO que habita la Eternidad (Isa, 57:17), a quien el mundo venidero es tan bien conocido como lo es el presente, y ante quien el pasado, el presente y el futuro están igualmente desplegados – el Siempre existente, Omnisciente, Omnipresente Dios. El que sabe todas las cosas, ha revelado y registrado en Su Palabra Santa todo lo que El juzga bueno para que el hombre en su presente sepa concerniente su estado futuro y su destino final. El agnóstico confiesa que sabe absolutamente nada concerniente a esos temas, pues rehusa aceptar la revelación que Dios ha dado. El Espiritista, no estando satisfecho con la medida de revelación que Dios ha dado en Su Santa Palabra acerca del estado futuro del hombre, busca satisfacer su deseo morboso e insaciable de obtener más conocimiento por medios prohibidos, en contra de los cuales nos advierten las Escrituras (Lv 19:31; 20:6; 2Cr.33:6). Cuando tales amonestaciones no son atendidas, el buscador irreverente cae víctima a la decepción de demonios, quienes personifican a los muertos para engañar a los vivos (1Ti 4:1). EL HOMBRE UN SER TRINOCreado originalmente, y mientras la raza adámica continúe, el hombre viviendo en carne mortal sobre la tierra es compuesto de “espíritu, alma y cuerpo” (1Ts.5:23). El puede ser, y es en el lenguaje de las Escrituras, identificado con cualquiera de éstos según el aspecto de verdad que se desee revelar o recordar. Generalmente es identificado con su “cuerpo” cuando su relación con sus prójimos y el mundo material está en vista, y con su “alma” o “espíritu” cuando su relación a Dios y el mundo futuro está bajo consideración. El señor Jesús, aunque libre de toda mancha y resultado del pecado de Adán y la naturaleza caída heredada del hombre, siempre “sin mancha ni arruga”, en su encarnación se hizo Hombre completo y verdadero, poseyendo espíritu (Lc 23:46), alma (Mateo 26:38) y cuerpo (Heb.10:5). Y estas tres partes componentes pertenecen al hombre, ya sea inocente, caído o redimido, y será así mientras continúe la raza Adámica. La historia de la creación del hombre es sencilla y claramente dada por el Creador Mismo en Génesis 1:26, 27: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. Otras formas de vida habían sido ya producidas en las “aguas” y en la “tierra” a la voz del Creador Divino, pero aquí en la creación del hombre, Elohim –El Trino Dios- obra deliberada, unida y directamente. Y lo que está registrado en Génesis 1:26-27 está descrita en detalle en Génesis 2:7-25. El CUERPO DEL HOMBRE fue formado del polvo de la tierra, y se dice de él: “Polvo eres, y al polvo seás tornado” (Gn 3:19). Esta forma sin vida no es el hombre; es nada más que su “tabernáculo” o “casa terrenal” (2 Co 5:1), el cual puede “dejar” (2 Co 5:1), el cual puede “dejar” (2 P 1:14), y del cual puede estar |
“ausente” (2C 5:8). Se dice que es “un cuerpo mortal” (Ro 8:11), esto es, sujeto a la muerte. El hombre puede matarlo (Mt 10:28) y puede ver corrupción (Heb 13:36), condición de la cual será librado en la resurrección (Jn 5:28’29). Los materialistas y algunos que reclaman el nombre cristiano dicen que el cuerpo es el hombre y que la muerte es la extinción total del ser humano. Pero esto es absolutamente falso. (Véase Mt 10:8 y Hch 7:59) El ALMA DEL HOMBRE fue, como se nos dice en Génesis 2:7, derivada del aliento de su Creador. “El Señor Dios. . . alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre un alma viviente”. Esto lo alza más allá del nivel de los animales, de los que, aunque se dice que tienen “alma” (Gn 1:20), no la derivan del aliento del Creador. Sólo del hombre se dice que es el “linaje de Dios” (Hch 17:28), Su imagen y gloria (1Co 11:7), formado para tener dominio sobre todas las obras de Dios. Y todo esto es verdad del hombre ahora, tanto lo fue cuando el hombre estaba en su inocencia. Al caer perdió mucho, pero no sus partes componentes, ni su puesto de superioridad suprema sobre la creación animal. Al alma se le atribuyen las funciones de amar (1 S 17:1), aborrecer (2 S 5:8), desear (Job 23:13), ansiar (Sal 84:2). Es el alma que peca (Miq 6:7); para ella es hecha la expiación (Lv 17:11) y la Palabra declara acerca de la obra de Cristo: “Cuando haya puesto Su vida en expiación por el pecado, verá linaje”. (Is 53:10) EL ESPIRITU DEL HOMBRE es su parte más sublime, uniéndole directamente con Dios. El espíritu del hombre “que está en él” (1 Co 2:11) no es transmitido por padres terrenales a sus descendientes, más es dado por Dios a cada individuo (Ec 12:7). De aquí El es llamado “el Padre de los espíritus” (Heb 12:9), el Dios de “los espíritus de toda carne” (Nm 16:22), el cual es lo mismo que decir “de todo hombre”. Esto hace al hombre un ser responsable; las bestias que no poseen espíritu no son responsables; también le da la capacidad de comunicación con Dios, quien es un “Espíritu”, una capacidad que ninguna parte de la creación menor posee. Al espíritu es atribuida la inteligencia, conocimiento y juicio. Puede “saber” (1Co 2:11), “conmoverse” (Hch17:16) y “rebelarse” (Salmo 106:33), y en sus cualidades morales se dice que se adhieren como un “espíritu agradable y pacífico” (1 P 3:4), un “espíritu en el cual no hay engaño” (Sal 51:10). EL HOMBRE EN VIDAMientras que el espíritu, alma y cuerpo continúan en relaciones armoniosas, cada uno ejecutando sus funciones, se dice que el hombre está en VIDA, como es usada esa palabra ordinariamente. Cuando cesan de funcionar y se rompen esas relaciones, entonces la trinidad se desune, y se alcanza la condición que llamamos MUERTE. Ninguna de las partes se hace extinta, pero su separación rompe al hombre; el HOMBRE muere. Entonces el cuerpo vuelve al polvo; “el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Ec 12:7). Lo primero conocemos por vista; lo último nos viene: lo último nos viene como una revelación de Dios, la cual la fe acepta y la incredulidad la niega. Un escritor científico popular nos ha dicho que “la palabra VIDA todavía no se le conoce una definición por la ciencia”, y otro nos informa que “ninguna definición correcta de VIDA parece ser posible al presente”. Tal vez. Pero el hombre sano y vivo conoce y se goza de esa cosa que a la ciencia le es imposible definir. Los “aniquiladores y todos los materialistas”, quienes niegan el estado inmortal del hombre y la consciente existencia del alma aparte del cuerpo, nos dicen que la vida es meramente “existencia” y que la muerte es “no existir”. Esto no es verdad. Las palabras no son sinónimas. La vida es una condición de existencia, pero muchas cosas pueden existir sin vida. La pluma con la cual escribo tiene existencia; la mano que la detiene también tiene existencia, pero tiene más, pues tiene vida. Aquellos que sostienen la “inmortalidad condicional” continuamente presumen que vida y existencia son palabras sinónimas. Si se puede admitir esto, entonces la muerte debe ser el fin de la existencia. Pero esto no es así, porque la Palabra de Dios nos dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez y DESPUÉS DE ESTO el juicio” (Heb. 9:27). Si la muerte termina la existencia del hombre, entonces no quedaría nadie para ser juzgado. |