TEMA:
Doctrina Cristiana

 

 

¡ A L E L U Y A ! 

Por  Mariano González V. 

Según el Nuevo Testamento, ¿cuántas veces resuena el ALELUYA sobre la tierra?  

Esta pregunta la hizo un predicador amigo a un hermano que con impertinencia interrumpía sus prédicas voceando de voz en cuello ¡A l e e e l u u u y a! en los momentos más inoportunos durante el sermón. 

¿Que cuántas veces resuena aleluya en la tierra? Pues . . . muchas, muchas veces, respondió el hermanito. 

Pues vea, le dijo el predicador, Aleluya no resuena en la tierra ni una sola vez en el Nuevo Testamento.  Resuena sólo en el cielo y esto solamente en un solo capítulo del último libro de la Biblia.  

No obstante este limitado uso, aquí en la tierra escuchamos el  A l e l u y e o   en cantidades astronómicas. Algunos lo usan superficialmente como si se tratara de un estribillo o de un refrán. Otros para hacer demostraciones de espiritualidad. Predicadores hay que cuando se les acaba la gasolina apelan al Aleluya como relleno para tomar impulso; como una pausa de punto y coma en lo que se les va ocurriendo más palabrerío para proseguir.  

Hay quienes lanzan aleluyas repetidamente, fuertemente, atronadoramente, como si fueran saetas incendiarias. Las envían  para incitar emotivamente a los oyentes. En turno, estos se las devuelvan con estrepitosas andanadas como si se tratase de un ametrallamiento entre dos bandos. La gritería sube tanto de volumen y de color que es capaz de intimidar al más bravucón o de ensordecer a cualquiera.  

El modelo de predicadores, Jesucristo, pronunció su sin igual Sermón del Monte de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo sin usar el recurso de los Aleluyas ni una sola vez. Los Aleluyas estuvieron ausentes de su brillante Sermón del Monte Olivar del capítulo 24. Lo mismo hizo su fogoso discípulo Pedro cuando le tocó predicar el histórico sermón del día de Pentecostés y su productivo mensaje en casa del Capitán Cornelio. Notamos la ausencia de los Aleluyas en el sermón de San Pablo a los filósofos sobre el Areópago Ateniense y en sus discursos de defensa frente a los gobernadores Félix y Porcio Festo y ante los reyes Agripa y Berenice. Los predicadores contemporáneos más destacados, sustanciosos y fructíferos, tampoco incluyen los Aleluyas en sus mensajes. 

Con amargo espíritu de juicio hay quienes se permiten clasificar de "fríos" los cultos donde el Aleluya brilla por su ausencia. Para ellos la temperatura de un culto se mide aleluyamente. Aún los creyentes individualmente son enjuiciados de "fríos" o absueltos como "calientes" dependiendo del número y del volumen con que truenen sus  A l  e l  u y a s  en el culto. Esta desafortunada consigna arroja resultados negativos. Promueve entre los nuevos conversos un aceleramiento desproporcionado por aprender rápido lo que ellos perciben ser las leyes del juego y el carnet de pase a la aceptación. ¿Resultado? que muy pronto se les ve en el pleno descargue de Aleluyas al por mayor y detalle. 

Este estado de cosas es por demás triste, deprimente e innecesario. Se hace intolerable al que llega a discernir que se puede llegar a este y a cualquier otro aspaviento sin tener raíz, ni profundidad en la vida espiritual. Cualquiera puede hacer esto. No es tan difícil condicionar la emoción, ni descargarla por el tubo de la rutina. 

Resulta contraproducente cuando en medio de un sermón en que el predicador dice "si no te arrepientes irás al infierno", la gritería responda: ¡Amén!   ¡Aleluya! como si se dijera: "¡qué bueno que ese va para el infierno!, así sea, alabado sea Dios por ello."  A veces el orador narra con destreza e intensidad emocional una volcadura de automóvil en la que pierden la vida sus ocupantes. Ilustraciones de esta naturaleza suponen evocar en el auditorio un profundo sentimiento de pena, de identificación con la desdicha de los accidentados, pero . . .  ¿cómo se responde? "¡Aleluya, gloria a Dios!"

Quede claro que no estamos inculpando a los que  A l e l u y a n  como quienes hacen estas inapropiadas intervenciones con intenciones de producir efectos negativos. Eso nunca. Todo lo que este asunto demuestra es que se puede ser víctima de psicosis, y que ésta puede estar barrenada tan hondamente, que ésta apriete el gatillo inconscientemente. Una vez sale este disparo, ya no se le puede hacer regresar. Pero es el caso que el uso inoportuno, inapropiado, indiscriminado de esta significativa palabra de alabanza,  desfavorables en el ánimo de las gentes. 

El sabio Salomón en Proverbios capítulo 25, versículo 11 exhorta: "Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene". Las palabras dichas con sazón en el tiempo adecuado son como la combinación de estos dos metales preciosos cuando se confecciona un ornamento. Son palabras sobre ruedas que se mueven, ensanchan su benéfica influencia, y no mueren. El proverbista subraya en su libro de que bajo el sol hay tiempo oportuno para todo. Esta filosofía debía servir como una saludable lección. San Pablo por su parte anima a los cristianos Colosenses a "andar sabiamente para con los de afuera" y para ello les recomienda: "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal" [4:5-6].  

¿Qué significa Aleluya?  

 Aleluya es una vocablo Hebreo compuesto del verbo Alelu  que significa load y  el nombre Ya que es una abreviación de Yavéh, Yaué, Yajué o Jehová. El nombre de la Deidad que invoca la palabra Aleluya, hace de ella una palabra de un significado profundo, muy profundo. Tan profundo como la inmensidad del Ser que forma parte de su estructura. Aleluya es tan sublime como el Dios a quien supone va dirigida su alabanza. El nombre de Jehová que incluye la invocación de este vocablo debe hacernos pensar dos veces antes de ametrallar a mansalva a un auditorio con esta sagrada palabra. A l e l u y a r  sin ninguna consideración, sin ninguna ciencia o discriminación, sólo para darnos a conocer como cristianos o quizás sólo para ser vistos u oídos, o para producir ruido, o para impresionar a otros de nuestra espiritualidad, para aparentar que "estamos en la cosa" o para "calentar" un culto, nos pone en el riesgo de usar el nombre de Jehová en vano. Aleluya, repito, significa alabad a Jehová. Jehová es Dios, alto, sublimado, y su carácter es reverendo o reverenciable. 

Los judíos tenían un concepto tan elevado y un escrúpulo tan profundo en cuanto al uso del Nombre del Inefable, que eran en demasía puntillares observando la prohibición del tercer mandamiento de la ley de Dios. Este mandamiento dice: "No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano" [Exodo 20:7]. Poseídos de un profundo sentimiento de reverencia al Nombre de Jehová, los judíos se abstenían de pronunciar este nombre y preferían substituirlo con otras designaciones como Adonai o Elohim. Al transcribir las Sagradas Escrituras cuando estas contenían el nombre Yavéh, los escribas pausaban y se lavaban mucho las manos antes de transcribir el nombre de la Deidad.  

La única porción del Nuevo Testamento que contiene la palabra Aleluya es el capítulo 19 de Apocalipsis. En sus primeros seis versículos encontramos una gran multitud en el cielo que la trae a colación cuatro veces.  

La primera vez se encuentra en el versículo uno y dice: "Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honor y gloria y poder son del Señor Dios nuestro".  Como bien señala Boyd Nicholson, este es el Aleluya de redención o de salvación si se quiere. Lo entonan con regocijo los redimidos por la sangre del Cordero que ahora moran en la casa celestial. 

La segunda vez se halla en el versículo tres donde se lee: "Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos". Este es el Aleluya de retribución o de juicio sobre la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, vengando la sangre de sus siervos de la mano de ella. 

La tercera mención de la palabra se hace en el versículo 4 y este dice: "Y los 24 ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya! " Este es el Aleluya de adoración que entonan los 24 ancianos y los 4 seres vivientes que se postran ante el trono de Yavéh - Jehová - para adorarlo. 

La cuarta y última mención de Aleluya la hace el versículo 6 en estos términos: "Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!"  Este es el Aleluya de subordinación a la majestad, al señorío, al reinado del Señor Dios todopoderoso. 

Aleluya, amigo nuestro, es una palabra para el uso exclusivo de los redimidos, de los que conocen al Señor, le aman, y le reverencian. Si usted lee este tratado ahora y todavía no ha sido redimido de sus pecados por la sangre preciosísima de Jesucristo, quiero invitarle a arrodillarse en cuerpo, y a inclinarse en espíritu ante la majestad de Dios y allí, arrepentido de sus pecados, pídale a El que lo perdone y lo reciba en su familia. La Biblia nos asegura que a los que reciben al Hijo de Dios como Salvador, El los hace hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Acepte a Jesucristo hoy y aprenda en la sinceridad y en la profundidad de su corazón a decirle:  [Allelouia]  ¡Alelu / ya!

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