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TEMA:
El Bautismo del Espíritu Santo |
EL
BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO
¿Cuáles son las condiciones para recibirlo? ¿Cómo se comunica? ¿Cuál es la evidencia de la recepción?
El
apóstol Pablo provoca a los creyentes preguntándoles,
“¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?”
Hch 19:2.
Pablo
consideraba que el bautismo del Espíritu era imperativo.
A los Efesios escribió: “No
os embriaguéis con vino en lo cual hay disolución, antes bien sed llenos del
Espíritu.” Ef. 5:18. “...los
hacedores de la ley serán justificados.”
Ro. 2:13.
“El
Espíritu Santo... ha dado Dios a los que le obedecen.”
Hch. 5:32.
Si
Dios concediera Su Espíritu bajo cualquier otra condición que la obediencia a
su ley, seria indultar el pecador y comprometer Su justicia.
Por encima de cualquier otra cosa, la ley de Dios debe ser honrada,
mantenida y reverenciada. Hay
dos maneras mediante las cuales el hombre puede intentar reunir las condiciones
de perfecta obediencia. Una es por
medio del legalismo, la otra por medio del Evangelio.
Entre estos dos métodos no hay compromiso. El hombre puede tomar un
camino o el otro. No puede tomar
ambos. Si
el hombre pudiera obedecer la ley de Dios sin apartarse del ideal divino por un
instante, él entonces tendría derecho a reclamarle a Dios la promesa de vida.
“En cuanto a ser aceptado por Dios por medio de la ley, Moisés escribió
así: ‘La persona que cumpla la
ley, vivirá por ella.´” Ro. 10:5, versión popular, Dios llega al hombre. Sin
embargo la recepción del Espíritu de Dios no es en ningún sentido una
procuración humana. No es una
recompensa otorgada por una vida santificada.
La Biblia está clara: “Por
cuanto todos han pecado (tiempo pasado), y siguen no alcanzando (presente
continuo) el ideal divino.” Ro. 3:23 del original.
El predicamento humano es precisamente que ningún hijo de Adán ha
rendido una obediencia que mereciera el Espíritu de Dios.
Y debido a la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, nadie jamás será
aceptable a Dios por cuenta de sus desempeños.
“Ya que por las obras de la ley, ningún ser humano será justificado
delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” Ro 3:20. ¿Cómo
entonces podrá el hombre pecaminoso cumplir con las condiciones bajo las cuales
el Espíritu de vida será dado? Esto
nos lleva a considerar el camino del Evangelio.
En la persona de Jesucristo, Dios hizo una visita a este planeta. Tomó su lugar como la nueva Cabeza de la humanidad.
Se hizo el Hombre Representante, el Substituto por todo hombre.
Se encargó de obedecer la ley perfectamente por nosotros. Contrató para sí mismo para morir en nuestro lugar y
por ello librarnos de la penalidad de la desobediencia.
Así está escrito: “... Dios envió a su Hijo, nacido de
mujer y nacido bajo la ley.... (es decir, bajo la obligación de satisfacer las
demandas de la ley por nosotros)” Gl. 4:4. “Jesús contestó,
‘Es propio en nosotros cumplir todas las demandas de la ley.’ ” Mt.
3:15, Versión en Inglés de Phillips. “No he venido para abrogar (la ley), sino
para cumplir (todos sus requerimientos).” Mt.5:17. La
expiación de Cristo fue el cumplimiento de toda condición para que Dios pueda
derramar su Espíritu sobre toda carne. Cuando el Hijo de Dios exclamó
“!Consumado es!”, toda barrera que habría interceptado la más libre
plenitud del don del Espíritu al más culpable de la raza de Adán, fue
entonces quebrantada. Se nos da el
Espíritu por causa de la perfecta obediencia a la ley de Dios.
No por nuestra obediencia, sino por la obediencia de Cristo.
El Espíritu es dado, no por nuestra capacidad de adquirirlo, sino debido
a su expiación. Su obra, y Su obra
solamente, nos trae al Espíritu. Este
es el mensaje de Pablo a los gálatas:
“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo
maldición, pues escrito está: Maldito
todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la
ley, para hacerlas.... Cristo nos
redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está
escrito: Maldito todo el que es
colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham
alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del
Espíritu.” Gl. 3:10, 13, 14. 2.
El canal para la comunicación del Espíritu En la tradición católico romana, el poder y la vida divina son considerados como siendo comunicados a la humanidad a través de los sacramentos de la Iglesia. En la tradición de los cuerpos pentecostales, se considera que el Espíritu es comunicado por alguna experiencia extática altamente poderosa. Pero a la vista apostólica y de la Reforma, el Espíritu Santo es comunicado a través de la Palabra de Dios. La
Palabra de Dios es el instrumento del Espíritu.
El apóstol Pablo dice: “...
y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.”
Ef. 6:17. “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda
espada de dos filos, y penetra
hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne
los pensamientos y las intenciones del corazón.” Heb. 4:12. Jesús
dijo: “ ... las palabras que yo
os he hablado son espíritu y son vida.”
Juan 6:63. La
Palabra y el Espíritu están de acuerdo. Es imposible separarlos. Lo que hace
el Espíritu lo hace a través del instrumento de la Palabra de Dios: “Siendo renacidos, ... por la palabra de
Dios...” 1 P. 1:23. “Ya vosotros estáis limpios por la
palabra...” Jn. 15:3. “... para santificarla, habiéndola
purificado (la iglesia) en el lavamiento del agua por la palabra.”
Ef. 5:26.
“¿Con qué limpiará el joven su camino?
Con guardar tu palabra.” Sal.
119:9. “Por la palabra de tus labios, me he guardado de las
sendas del disoluto.” Sal. 17:4
Versión Moderna. “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad.”
Jn. 17:17. Debemos
de guardarnos de la idea de que el Espíritu de Dios obra independientemente de
la Palabra, de que viene en alguna experiencia la cual está fuera de la
Palabra. Aquellos que insisten en
señales y milagros fuera de la
Palabra son una “generación mala
y adúltera”. De hecho, están
preparados para los engaños satánicos, porque la Biblia nos previene que
especialmente en los últimos días Satanás obrará
“con gran poder y señales y prodigios mentirosos .... para los que se
pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.” 2 Ts. 2:9,10. En
el día del juicio muchos dirán: “Señor,
Señor, ... ¿en Tu nombre (no) hicimos muchos milagros?” Pero Cristo les dirá: “Nunca
os conocí.” Mt.7:22,23. Siempre
hay un peligro de que la gente va a querer algo fuera de la palabra para crear
emoción. Por esta avenida Satanás
conduce a muchos a apartarse de la palabra de Dios a los caprichos de las
impresiones humanas, a impulsos, actos fanáticos, y finalmente a prácticas
contrarias a la sencilla palabra de Dios. Hay
seguridad para nuestros pies solamente en mantenernos junto a la palabra de
Dios. He aquí la fuente de toda
verdad y poder. RESUMEN:
La vida de Dios está en Su Palabra.
A través de Su Palabra, Dios comunica Su Espíritu a los hombres.
3.
El método para recibir el Espíritu Santo
“¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién
os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo
fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?
Esto solo quiero saber de
vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu
por las obras de la ley o por el oír con fe?”
Gl. 3:1,2.
El Espíritu, por lo tanto, no puede ser recibido por ningún otro medio
sino por el oír de la Palabra. El
oído es el órgano más pasivo de la personalidad.
No puede crear nada, no emite nada, no ve nada, es completamente
receptivo. Así el hombre no puede obtener el Espíritu; tiene que ser
dotado del Espíritu. El pecador no
puede allegarse al Espíritu; pero el Espíritu se allega al pecador.
Se lo recibe por el oír - el oír de la fe. Es recibido por fe
solamente.
El Libro de los Hechos nos proporciona una ilustración práctica de cómo
el Espíritu es recibido solamente por el oír de la fe.
A Pedro se le encomendó ir al hogar de un centurión romano a predicar
el Evangelio a un grupo de gentiles. El
apóstol exaltó a Cristo y declaró: “...
que todos los que en El creyeren, recibirán perdón de pecados por su
nombre.” Hch.10:43. Y el
registro añade inmediatamente: “Mientras
aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que
oían el discurso.” Versículo
44. No hubo excepciones, todos los
que oyeron la palabra, recibieron el Espíritu. Esto es igualmente cierto ahora. La palabra viene a nosotros diciendo: --- “Hijo, tus pecados te son perdonados.” Mc. 2:5. “...Hijos suyos por medio de Jesucristo ... aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.” Ef. 1:5-7. El Espíritu del Todopoderoso está presente en esta palabra para crear fe. Si nosotros recibimos esa palabra, nosotros recibimos el Espíritu, porque todavía es cierto que el Espíritu cae sobre todo aquel que oye La Palabra, no como la palabra de un mero hombre (como en Hechos 8:12-16), “sino según es en verdad, La Palabra de Dios.” 1 Ts.2:13. Dondequiera
que la Palabra del Evangelio sea predicada, puede decirse:
“Pues nuestro Evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente,
sino también en poder, en el Espíritu Santo...”
1.Tes.1:5. No sólo es
impartido por fe - “se revela por fe y para fe.” Ro.1:17; “Por
tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en El.”
Col. 2:6. Cualquiera operación
subsiguiente del Espíritu en la vida viene de la misma manera como en la
recepción inicial
RESUMEN:
El Espíritu Santo viene a los hombres en la Palabra de Dios.
Cualquiera que oiga (reciba y crea) el Evangelio, recibe el Espíritu
Santo.
4.
La evidencia de la recepción del Espíritu La
Palabra de Dios nos dice claramente cómo saber si hemos recibido el Espíritu
de Dios. No nos dice que miremos a
alguna señal audiovisual. Recuerdan las palabras de Jesús:
“La generación mala y adúltera demanda señal.”
Mat. 12:39. La evidencia
primaria del Espíritu es fe - simple, no bulliciosa, no espectacular - fe evangélica.
Cuando los creyentes corintios fueron poseídos de la idea de que las
demostraciones espirituales de éxtasis eran de mayor valor, Pablo les señaló
la supremacía de la fe: “Nadie puede confesar que Jesús es el Señor, sino por el
Espíritu
Santo.” 1 Co. 12:3, versión De Ausejo.
Es como decir, los ejercicios espirituales demostrativos no son
necesariamente la evidencia de que el Espíritu está obrando
(“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar”, 1 Cor. 14:20),
pero la evidencia suprema del poder del Espíritu es que un hombre caído y
pecaminoso viene a confesar su fe en Jesús como el Señor y Salvador de su
vida. Que uno que estaba en rebelión
contra Dios, puede ahora exclamar, “Abba (querido) Padre”, es la evidencia
primordial del poder y la presencia del Espíritu. |
“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra
vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual
clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu
mismo da testimonio a nuestro Espíritu, de que somos hijos de Dios.”
Ro. 8:15,16. Juntamente con la fe, la esperanza es también la evidencia del don del Espíritu. Dice el apóstol: “Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia.” Gl. 5:5. “Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; por lo que alguno ve, ¿A qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.” Ro. 8:23-25.
La fe mira hacia un pasado
victorioso (a la obra de Cristo por nosotros en la cruz) y al presente (a la
intercesión de Cristo por nosotros a la diestra de Dios).
La esperanza mira hacia el glorioso futuro de la segunda venida de Cristo
- “Justificados, pues, por la fe, ... nos gloriamos en la esperanza de la
gloria de Dios.” Ro. 5:1,2.
Esperanza en la venida de Jesús en gloria es evidencia de la presencia
del Espíritu. Así como el Espíritu
da fe para aceptar a Cristo como nuestra justicia, así también el Espíritu
inspira esperanza en la consumación de la vida al glorioso retorno de
Jesucristo.
“Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de
nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. Tito 2:13.
El don del Espíritu de Dios en esta vida es llamado, “las primicias
del Espíritu.” Ro. 8:23. En
Efesios 1:14 es llamado “las arras” o la “prenda de nuestra heredad”
(versión Nácar-Colunga). Este es un punto muy importante.
Nuestra experiencia en esta vida siempre es incompleta.
La vida no es cumplida dentro del proceso histórico. Nosotros nunca
podremos encontrar satisfacción dentro de nuestra propia experiencia
espiritual, porque en su mejor parte es solamente las arras, o el pago inicial,
de lo que Dios tiene en depósito para nosotros. El Espíritu nos inspira para
que gimamos, esperemos, deseemos, y prosigamos hacia la esperanza de recibir una
recepción del Espíritu no posible en esta vida mortal. Más allá de esta
presente débil existencia nos aguarda “un cada vez más excelente y eterno
peso de gloria.” 2 Co. 4:17. Mientras tanto andamos por fe (2 Co.5:7),
sabiendo que aunque somos imperfectos e incompletos, Cristo mismo es nuestra
plenitud (Col. 2:10). De esta
manera nuestra consolación siempre está en él y nunca en nuestra propia
experiencia.
La tercera evidencia del Espíritu es el amor. El amor (la palabra en
griego es agape) no es una experiencia extática ni emocional.
No es “una sensación extraña en el estómago”.
Es un sagrado principio de la vida en que Dios y nuestros prójimos, en
vez de nosotros mismos, llegan a ser el objeto de nuestra preocupación.
Una preocupación absorbente por su propio gozo y experiencia espiritual
no es amor, porque el amor “no busca lo suyo”, 1 Co 13:5.
Encontrar satisfacción en sentimientos de éxtasis espiritual,
muy lejos de ser la evidencia de la obra del Espíritu, es la evidencia
de que el Espíritu no está obrando.
El amor se manifiesta más bien en la paciencia y el dominio de sí
mismo, en hacer el bien a otros. Pero más que nada, no es absorbido por el
experimentalismo (el culto de la experiencia) - el lujuriar tras una alborozante
y satisfactoria experiencia. El
experimentalismo es una forma de legalismo - la más sutil forma de legalismo.
Pero el Evangelio recibido y creído permite a Dios ser Dios y al hombre
ser hombre. Deja a Dios ser Dios
por cuanto establece la salvación solamente en la experiencia de Cristo (Is.53:12),
y por lo tanto, atribuye la salvación a la obra de Dios solamente.
Cuando el hombre es librado de hacer alguna obra o de tener alguna
experiencia sobre la cual basar su salvación, queda liberado del interés egocéntrico
y empieza a preocuparse de sus prójimos. Es
decir, el Evangelio permite que los hombres sean humanos.
Aquellos que aceptan el Evangelio de su liberación en Cristo, hacen de
sus prójimos el objetivo de sus obras. Ellos obran para hacer que todos los
hombres vean algo del “misterio de fe”.
Por supuesto, el cristiano experimentará el egoísmo de su naturaleza
pecaminosa tratando siempre de meterse por el medio.
Se verá tentado a vivir por sí mismo y a hacer de sí el punto
terminante de la misericordia y el amor de Dios.
De que él sienta este pecado dentro de sí no es evidencia de que no
tiene el Espíritu. Pero el hecho
de que lucha contra la carne y no anda conforme a ella es la más segura
evidencia de que está peleando la buena batalla de la fe mediante la fuerza del
poder del espíritu. El amor no se mide por el arrebato de sentimientos alegres,
sino por una dispuesta conformidad a los mandamientos de Dios, con o sin
sentimientos.
RESUMEN.- La evidencia de la posesión
del Espíritu Santo es fe, esperanza y amor. Desde el punto de vista humano,
ellas no son las gracias más espectaculares; pero a la vista del cielo ellas
son los milagros supremos de la gracia divina.
5.
La señal del bautismo del Espíritu.
El
bautismo en agua es la señal del bautismo del Espíritu.
En el libro de los Hechos vemos que el don del Espíritu fue asociado con
el bautismo: “Pedro les
dijo: Arrepentios y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”
Hch.2:38.
“Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó
sobre todos los que oían el discurso. Y
los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro, se quedaron atónitos
de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.
Porque los oían que hablaban en lenguas y magnificaban a Dios. Entonces
respondió Pedro: “¿Puede acaso
alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el
Espíritu Santo también como nosotros?
Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús.
Entonces le rogaron que se quedase por algunos días.”
Hch.10:44-48. “Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al
pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el
Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor
Jesús. Y habiéndoles impuesto
Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en lenguas, y
profetizaban.” Hch. 19:4-6.
El bautismo en agua y en Cristo no son una iniciación deficiente que
necesite ser suplementada por otro bautismo posterior.
Jesús habló de la entrada de los hombres al reino de gracia con un
bautismo “de agua y del Espíritu,” Juan 3:5.
El mandó a sus discípulos a bautizar a los hombres “en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,” Mat. 28:19.
Por lo tanto, el bautismo inicial es el bautismo del Espíritu Santo
tanto como lo es el bautismo de Cristo. Tampoco
es otorgado limitadamente el Espíritu en la iniciación cristiana. Dice el apóstol:
“No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su
misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el
Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo
nuestro Salvador,” Tito 3:5,6.
La iglesia de Dios no es como las grandes naves de pasajeros las cuales
tienen sectores para pasajeros de primera y de segunda clase.
La Iglesia es verdaderamente la única sociedad sin clases en el mundo. A
una comunidad de creyentes los cuales estaban en peligro de hacer distinciones
tales como “cristianos ordinarios” y “cristianos llenos del Espíritu”,
Pablo les declaró, “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en
un cuerpo ... y a todos se nos dio a beber de un
mismo Espíritu.” 1 Co. 12:13. Otra vez dijo: “Un cuerpo y un Espíritu,
como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un
Señor, una fe, un bautismo”. Efe. 4:4,5
No hay tal cosa como cristianos ordinarios y cristianos llenos del Espíritu.
Una de dos: o el hombre es un cristiano lleno del Espíritu o no es un
cristiano (Ro.8:9). Dios no da a
unos pocos individuos una experiencia diferente de la que da a todo el cuerpo.
Hay un bautismo cristiano - y este es el bautismo de agua y del Espíritu
Santo. Hay solamente un Evangelio,
y este es un Evangelio completo. La
Trinidad es indivisiblemente una. El
bautismo del Espíritu no es una experiencia mas elevada que el bautismo de
Cristo.
Aunque el rito del bautismo es en sí mismo la señal de la recepción
del Espíritu, no es una garantía del Espíritu.
La señal no debe ser confundida con la evidencia.
Muchos hay que creen salvarse al entrar en la Iglesia terrenal tomando
esta señal; pero el libro de registro celestial no siempre corresponde con el
libro de registro terrenal. Tener la señal aparte de la evidencia es hipocresía
y blasfemia.
Cuando decimos que la verdadera iniciación cristiana es el bautismo de
agua y del Espíritu, no negamos que el Espíritu pueda venir otras veces
subsecuentemente a renovar la fe, para dar poder especial para ciertas
ocasiones, o para impartir dones especiales para la prosecución de la comisión
del Evangelio. Dios no está obligado, y el Espíritu puede revelarse como El
disponga. Así como en la iniciación de la era cristiana un poderoso
derramamiento del Espíritu en Pentecostés equipó con poder a los creyentes
para su servicio, así se nos enseña en la Biblia que la era del
Evangelio cerrará con no menos poder antes de la venida del Señor. Esto es lo
que los antiguos profetas llamaron “la lluvia tardía”, y el tiempo de su
derramamiento está a la mano.
El profeta nos exhorta, “Pedid a Jehová lluvia en la estación tardía”
Zac. 10:1. Estaremos seguros en
hacer esto si percibimos que la obra del Espíritu es hacernos conscientes de
Cristo en lugar de hacernos conscientes del Espíritu: Cristo-céntricos en
lugar de centralizados en la experiencia. El Espíritu no habla de Sí mismo (Jn.
16:13). Nosotros no conocemos su nombre. Su única misión es glorificar a Jesús
y hacernos más y más sensibles de nuestra propia pecaminosidad y dependencia
de una justicia que esta fuera y por encima de nosotros.
La obra del Espíritu en nosotros no es el fin y Cristo solamente un
medio para alcanzar a ese fin. Al contrario, Cristo es el fin y el Espíritu es
el medio para alcanzarlo. La experiencia cristiana, aunque esté llena del Espíritu,
no nos asegura el favor de Dios. La santificación del Espíritu no hace que el
creyente alcance un grado mas alto, o que sobrepase la supremacía de la
justificación. Verdaderamente, como uno bien ha dicho, “La santificación es
tomar la justificación en serio”, y el Espíritu nos es otorgado para ese
propósito.
RESUMEN.- El bautismo es la señal
del bautismo del Espíritu. La Trinidad es indivisible en su obra. Los miembros
todos de la iglesia gozan de un bautismo y un Espíritu. La continuación de la
obra del Espíritu no nos lleva a otra experiencia, pero nos reforzará y nos
establecerá más firmemente en la verdad de la justificación por gracia
mediante la fe. 6.
La plenitud del don del Espíritu. Mientras
estemos en esta vida solamente poseeremos las primicias del Espíritu, pero en
el sentido Evangélico poseemos una plenitud del Espíritu que nunca puede
trascenderse o sobrepujarse. Este es el mensaje del libro de Colosenses. Los
cristianos en Colosas estaban perturbados por un grupo de “vida más
espiritual” los cuales no estaban contentos de vivir la vida común del
cristiano de fe y de esperanza. (El problema todavía esta en la iglesia. La
naturaleza humana no quiere soportar su sentido de debilidad, pecaminosidad, y
saberse finitos. No quiere soportar la realidad diaria de platos sucios, nervios
desgastados y una persistente lucha contra la carne.)
Así algunos de los colosenses promulgaban la búsqueda de una plenitud
del Espíritu que les elevaría a tal éxtasis espiritual que remontarían por
encima de sus pobres y batallantes hermanos terrenales.
(¡Qué lindo! Y ¿qué cristiano no ha pensado que tal carga de poder
espiritual lo elevaría sobre los tediosos conflictos de la vida?)
De esta manera este grupo santificacionista buscaba una plenitud del Espíritu
que trascendiera un “mero” gozo de Cristo y una “mera” justificación
por la fe. Por supuesto, dado a que sus aspiraciones iban mas allá de la simple
fórmula de “por fe solamente”, empezaron a practicar e imponer reglas y fórmulas
de su propia invención, (Esto todavía se ve en libros modernos que se
especializan en el subjetivismo - Secretos para una experiencia cristiana
victoriosa - 10 pasos que lo demuestran, o Preparación para el bautismo del Espíritu
- 7 condiciones para recibirlo.)
El Apóstol Pablo demostró a los colosenses que este programa de hacer
de la adquisición de una más elevada experiencia espiritual el centro de su
interés era legalismo. Su respuesta a este grupo de “santificados” fue una
magnífica exaltación de la persona de Cristo y la absoluta centralización de
la fe de la iglesia en él. La palabra clave de Pablo es plenitud.
Haciendo frente a los herejes en su terreno propio, él demostró a la iglesia
en dónde existe solamente aquella plenitud - en Jesucristo y nunca en otro.
“Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.” “Porque
en él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad.” Col. 1:19, 2:9.
Como nuestro Substituto, Cristo no solamente rindió a Dios todo lo que
nosotros le debíamos en perfecta obediencia; como hombre en nuestro lugar,
recibió de Dios todo lo que Dios tenía para darnos y deseaba darnos aun toda
la plenitud de su propia vida. En Cristo, la humanidad ha recibido la totalidad
de la vida de Dios. En él hemos sido llenados de toda la plenitud de Dios.
Nunca puede haber otro camino sino en él porque ningún otro sino este
Dios-Hombre puede contener toda la plenitud acumulada de la eternidad. La fe no
vacila ante el don que Dios nos ha dado en Cristo, sino que confiesa que Dios
nos ha dado todo, y en simple fe el cristiano lo posee todo. Por eso dice Pablo:
“Vosotros estáis completos (poseídos de una plenitud) en El.”
Col.2:10, Versión Moderna. (Traducción
del Nuevo Mundo.)
En este sentido el creyente no puede tener nada más que cuando acepta a
Cristo como Señor y Salvador de su vida. El vive “como no teniendo nada, mas
poseyéndolo todo.” 2 Co. 6:10. La fe abraza a Cristo y a esa plenitud en él;
la esperanza pacientemente aguarda la herencia, sabiendo que la vida no esta
realizada aquí y ahora.
Tomado de la Revista: EL PREGONERO DE JUSTICIA |