TEMA:
El Bautismo del Espíritu Santo

 

EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO

 

  ¿Qué es el bautismo del Espíritu Santo?

¿Cuáles son las condiciones para recibirlo?

¿Cómo se comunica?

¿Cuál es la evidencia de la recepción?

     Estas son preguntas urgentes.  Ellas demandan una respuesta clara, especialmente dado a que el movimiento (carismático pentecostal) está creciendo rápidamente dentro de las iglesias cristianas.  

     El apóstol Pablo provoca a los creyentes preguntándoles,  “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?”  Hch 19:2.

     Pablo consideraba que el bautismo del Espíritu era imperativo.  A los Efesios escribió:  “No os embriaguéis con vino en lo cual hay disolución, antes bien sed llenos del Espíritu.” Ef. 5:18.  

  1.  La condición bajo la cual Dios da el Espíritu

      El Evangelio del Nuevo Testamento toma en serio la ley de Dios. Ningún hombre puede ser aceptado a la vista de Dios (o justificado), ni compartir en la vida de Su Espíritu, aparte de la absoluta y perfecta obediencia a la ley de Dios.  Notad:

“...los hacedores de la ley serán justificados.”  Ro. 2:13.

     “El Espíritu Santo... ha dado Dios a los que le obedecen.”  Hch. 5:32.

     Si Dios concediera Su Espíritu bajo cualquier otra condición que la obediencia a su ley, seria indultar el pecador y comprometer Su justicia.  Por encima de cualquier otra cosa, la ley de Dios debe ser honrada, mantenida y reverenciada.

Hay dos maneras mediante las cuales el hombre puede intentar reunir las condiciones de perfecta obediencia.  Una es por medio del legalismo, la otra por medio del Evangelio.  Entre estos dos métodos no hay compromiso. El hombre puede tomar un camino o el otro.  No puede tomar ambos.

Si el hombre pudiera obedecer la ley de Dios sin apartarse del ideal divino por un instante, él entonces tendría derecho a reclamarle a Dios la promesa de vida.  “En cuanto a ser aceptado por Dios por medio de la ley, Moisés escribió así:  ‘La persona que cumpla la ley, vivirá por ella.´” Ro.  10:5, versión popular, Dios llega al hombre.

Sin embargo la recepción del Espíritu de Dios no es en ningún sentido una procuración humana.  No es una recompensa otorgada por una vida santificada.  La Biblia está clara:  “Por cuanto todos han pecado (tiempo pasado), y siguen no alcanzando (presente continuo) el ideal divino.” Ro. 3:23 del original.  El predicamento humano es precisamente que ningún hijo de Adán ha rendido una obediencia que mereciera el Espíritu de Dios.  Y debido a la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, nadie jamás será aceptable a Dios por cuenta de sus desempeños.  “Ya que por las obras de la ley, ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.”  Ro  3:20.

¿Cómo entonces podrá el hombre pecaminoso cumplir con las condiciones bajo las cuales el Espíritu de vida será dado?  Esto nos lleva a considerar el camino del Evangelio.  En la persona de Jesucristo, Dios hizo una visita a este planeta.  Tomó su lugar como la nueva Cabeza de la humanidad.  Se hizo el Hombre Representante, el Substituto por todo hombre.  Se encargó de obedecer la ley perfectamente por nosotros.   Contrató para sí mismo para morir en nuestro lugar y por ello librarnos de la penalidad de la desobediencia.  Así está escrito:

  “... Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley.... (es decir, bajo la obligación de satisfacer las demandas de la ley por nosotros)” Gl. 4:4.

     “Jesús contestó,  ‘Es propio en nosotros cumplir todas las demandas de la ley.’ ” Mt. 3:15, Versión en Inglés de Phillips.

     “No he venido para abrogar (la ley), sino para cumplir (todos sus requerimientos).” Mt.5:17.

  Cuando Cristo, como el Hombre Representativo, cumplió la ley, fue justamente como si todo hombre hubiese cumplido la ley.  Cuando murió para hacer plena satisfacción de la penalidad de la ley contra el pecado, fue lo mismo como si todo pecador hubiese muerto y pagado por sus pecados. Así Pablo declara:  “Nosotros lo vemos de esta manera:  Si uno murió por todos, luego todos murieron.”  2 Co. 5:14.

La expiación de Cristo fue el cumplimiento de toda condición para que Dios pueda derramar su Espíritu sobre toda carne. Cuando el Hijo de Dios exclamó “!Consumado es!”, toda barrera que habría interceptado la más libre plenitud del don del Espíritu al más culpable de la raza de Adán, fue entonces quebrantada.  Se nos da el Espíritu por causa de la perfecta obediencia a la ley de Dios.  No por nuestra obediencia, sino por la obediencia de Cristo.  El Espíritu es dado, no por nuestra capacidad de adquirirlo, sino debido a su expiación.  Su obra, y Su obra solamente, nos trae al Espíritu.  Este es el mensaje de Pablo a los gálatas:

    “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está:  Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas....  Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito:  Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.” Gl. 3:10, 13, 14.

  RESUMEN:  La única condición indispensable para recibir el Espíritu es la perfecta obediencia a la ley de Dios.  Cristo ha cumplido para todos esa condición.  Por lo tanto Cristo ha otorgado a todos el don del Espíritu Santo.

2.  El canal para la comunicación del Espíritu

En la tradición católico romana, el poder y la vida divina son considerados como siendo comunicados a la humanidad a través de los sacramentos de la Iglesia.  En la tradición de los cuerpos pentecostales, se considera que el Espíritu es comunicado por alguna experiencia extática altamente poderosa.  Pero a la vista apostólica y de la Reforma, el Espíritu Santo es comunicado a través de la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios es el instrumento del Espíritu.  El apóstol Pablo dice:  “... y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.”  Ef. 6:17.

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos,  y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”

Heb. 4:12.   Jesús dijo:  “ ... las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.”  Juan 6:63.

La Palabra y el Espíritu están de acuerdo. Es imposible separarlos. Lo que hace el Espíritu lo hace a través del instrumento de la Palabra de Dios:

  “Siendo renacidos, ... por la palabra de Dios...”  1 P. 1:23.

     “Ya vosotros estáis limpios por la palabra...”  Jn. 15:3.

  “... para santificarla, habiéndola purificado (la iglesia) en el lavamiento del agua por la palabra.”  Ef. 5:26.

  “¿Con qué limpiará el joven su camino?  Con guardar tu palabra.”  Sal. 119:9.

   “Por la palabra de tus labios, me he guardado de las sendas del disoluto.”  Sal. 17:4 Versión Moderna.

   “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad.”  Jn. 17:17.

  La vida de Dios está en Su palabra.  Fue mediante su palabra que Dios creó esta tierra y dio vida al hombre.  Fue a través de Su palabra que Jesús curó a los enfermos, echó fuera a los demonios y levantó a los muertos.  “Su palabra era con autoridad.”  El dijo:  “sed limpios”  y los leprosos fueron limpiados,  “Levántate y anda”  y el paralítico se levantó.

Debemos de guardarnos de la idea de que el Espíritu de Dios obra independientemente de la Palabra, de que viene en alguna experiencia la cual está fuera de la Palabra.  Aquellos que insisten en señales y  milagros fuera de la Palabra son una  “generación mala y adúltera”.  De hecho, están preparados para los engaños satánicos, porque la Biblia nos previene que especialmente en los últimos días Satanás obrará  “con gran poder y señales y prodigios mentirosos .... para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.”  2 Ts. 2:9,10.  En el día del juicio muchos dirán:  “Señor, Señor, ... ¿en Tu nombre (no) hicimos muchos milagros?”  Pero Cristo les dirá:  “Nunca os conocí.”  Mt.7:22,23.

Siempre hay un peligro de que la gente va a querer algo fuera de la palabra para crear emoción.  Por esta avenida Satanás conduce a muchos a apartarse de la palabra de Dios a los caprichos de las impresiones humanas, a impulsos, actos fanáticos, y finalmente a prácticas contrarias a la sencilla palabra de Dios.  Hay seguridad para nuestros pies solamente en mantenernos junto a la palabra de Dios.  He aquí la fuente de toda verdad y poder.

    RESUMEN:  La vida de Dios está en Su Palabra.  A través de Su Palabra, Dios comunica Su Espíritu a los hombres.  

 

3.  El método para recibir el Espíritu Santo

     La parte que el hombre está llamado a hacer en el recibimiento del Espíritu es tan extremadamente clara y simple que ofende a la naturaleza humana.  Como ya hemos visto, Cristo ha cumplido las condiciones para el otorgamiento del Espíritu.  La Palabra de Dios en el Evangelio de Cristo es el canal a través del cual el Espíritu es comunicado.  Los hombres reciben el Espíritu simplemente por el oír de la fe:

   “¡Oh gálatas insensatos!   ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?  Esto solo quiero saber  de vosotros:  ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por el oír con fe?”  Gl. 3:1,2.

   El Espíritu viene a los hombres en la palabra del Evangelio. Pablo declaró:  “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos.”  Ro. 10:8.

  El Espíritu, por lo tanto, no puede ser recibido por ningún otro medio sino por el oír de la Palabra.  El oído es el órgano más pasivo de la personalidad.  No puede crear nada, no emite nada, no ve nada, es completamente receptivo.  Así el hombre no puede obtener el Espíritu; tiene que ser dotado del Espíritu.  El pecador no puede allegarse al Espíritu; pero el Espíritu se allega al pecador.  Se lo recibe por el oír - el oír de la fe. Es recibido por fe solamente.

     El Libro de los Hechos nos proporciona una ilustración práctica de cómo el Espíritu es recibido solamente por el oír de la fe.  A Pedro se le encomendó ir al hogar de un centurión romano a predicar el Evangelio a un grupo de gentiles.  El apóstol exaltó a Cristo y declaró:  “... que todos los que en El creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.”  Hch.10:43.  Y el registro añade inmediatamente:  “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.”  Versículo 44.  No hubo excepciones, todos los que oyeron la palabra, recibieron el Espíritu.

   Esto es igualmente cierto ahora.  La palabra viene a nosotros diciendo: --- “Hijo, tus pecados te son perdonados.”  Mc. 2:5.  “...Hijos suyos por medio de Jesucristo ... aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.” Ef. 1:5-7.  El Espíritu del Todopoderoso está presente en esta palabra para crear fe.  Si nosotros recibimos esa palabra, nosotros recibimos el Espíritu, porque todavía es cierto que el Espíritu cae sobre todo aquel que oye La Palabra, no como la palabra de un mero hombre (como en Hechos 8:12-16),  “sino según es en verdad, La Palabra de Dios.”  1 Ts.2:13.

Dondequiera que la Palabra del Evangelio sea predicada, puede decirse:  “Pues nuestro Evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo...”  1.Tes.1:5.  No sólo es impartido por fe - “se revela por fe y para fe.”  Ro.1:17;  “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en El.”  Col. 2:6.  Cualquiera operación subsiguiente del Espíritu en la vida viene de la misma manera como en la recepción inicial.

    RESUMEN:   El Espíritu Santo viene a los hombres en la Palabra de Dios.  Cualquiera que oiga (reciba y crea) el Evangelio, recibe el Espíritu Santo.  

4.  La evidencia de la recepción del Espíritu  

La Palabra de Dios nos dice claramente cómo saber si hemos recibido el Espíritu de Dios.  No nos dice que miremos a alguna señal audiovisual. Recuerdan las palabras de Jesús:  “La generación mala y adúltera demanda señal.”  Mat. 12:39.  La evidencia primaria del Espíritu es fe - simple, no bulliciosa, no espectacular - fe evangélica.  Cuando los creyentes corintios fueron poseídos de la idea de que las demostraciones espirituales de éxtasis eran de mayor valor, Pablo les señaló la supremacía de la fe:  “Nadie puede confesar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo.”  1 Co. 12:3, versión De Ausejo.  Es como decir, los ejercicios espirituales demostrativos no son necesariamente la evidencia de que el Espíritu está obrando  (“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar”, 1 Cor. 14:20), pero la evidencia suprema del poder del Espíritu es que un hombre caído y pecaminoso viene a confesar su fe en Jesús como el Señor y Salvador de su vida.  Que uno que estaba en rebelión contra Dios, puede ahora exclamar, “Abba (querido) Padre”, es la evidencia primordial del poder y la presencia del Espíritu.

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!  El Espíritu mismo da testimonio a nuestro Espíritu, de que somos hijos de Dios.”  Ro. 8:15,16.

    Juntamente con la fe, la esperanza es también la evidencia del don del Espíritu.  Dice el apóstol: “Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia.”  Gl. 5:5.  “Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.  Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; por lo que alguno ve,  ¿A qué esperarlo?  Pero si esperamos lo que  no vemos, con paciencia lo aguardamos.”  Ro. 8:23-25.

     La  fe mira hacia un pasado victorioso (a la obra de Cristo por nosotros en la cruz) y al presente (a la intercesión de Cristo por nosotros a la diestra de Dios).  La esperanza mira hacia el glorioso futuro de la segunda venida de Cristo - “Justificados, pues, por la fe, ... nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.”  Ro. 5:1,2.

    Esperanza en la venida de Jesús en gloria es evidencia de la presencia del Espíritu.  Así como el Espíritu da fe para aceptar a Cristo como nuestra justicia, así también el Espíritu inspira esperanza en la consumación de la vida al glorioso retorno de Jesucristo.  

            “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. Tito 2:13.  

       El don del Espíritu de Dios en esta vida es llamado, “las primicias del Espíritu.”  Ro. 8:23. En Efesios 1:14 es llamado “las arras” o la “prenda de nuestra heredad” (versión Nácar-Colunga). Este es un punto muy importante.  Nuestra experiencia en esta vida siempre es incompleta.  La vida no es cumplida dentro del proceso histórico. Nosotros nunca podremos encontrar satisfacción dentro de nuestra propia experiencia espiritual, porque en su mejor parte es solamente las arras, o el pago inicial, de lo que Dios tiene en depósito para nosotros. El Espíritu nos inspira para que gimamos, esperemos, deseemos, y prosigamos hacia la esperanza de recibir una recepción del Espíritu no posible en esta vida mortal. Más allá de esta presente débil existencia nos aguarda “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.”  2 Co. 4:17. Mientras tanto andamos por fe (2 Co.5:7), sabiendo que aunque somos imperfectos e incompletos, Cristo mismo es nuestra plenitud (Col. 2:10).  De esta manera nuestra consolación siempre está en él y nunca en nuestra propia experiencia.

     La tercera evidencia del Espíritu es el amor. El amor (la palabra en griego es agape) no es una experiencia extática ni emocional.  No es “una sensación extraña en el estómago”.  Es un sagrado principio de la vida en que Dios y nuestros prójimos, en vez de nosotros mismos, llegan a ser el objeto de nuestra preocupación.

    Una preocupación absorbente por su propio gozo y experiencia espiritual no es amor, porque el amor “no busca lo suyo”, 1 Co 13:5.  Encontrar satisfacción en sentimientos de éxtasis espiritual,  muy lejos de ser la evidencia de la obra del Espíritu, es la evidencia de que el Espíritu no está obrando.

    El amor se manifiesta más bien en la paciencia y el dominio de sí mismo, en hacer el bien a otros. Pero más que nada, no es absorbido por el experimentalismo (el culto de la experiencia) - el lujuriar tras una alborozante y satisfactoria experiencia.  El experimentalismo es una forma de legalismo - la más sutil forma de legalismo.  Pero el Evangelio recibido y creído permite a Dios ser Dios y al hombre ser hombre.  Deja a Dios ser Dios por cuanto establece la salvación solamente en la experiencia de Cristo (Is.53:12), y por lo tanto, atribuye la salvación a la obra de Dios solamente.  Cuando el hombre es librado de hacer alguna obra o de tener alguna experiencia sobre la cual basar su salvación, queda liberado del interés egocéntrico y empieza a preocuparse de sus prójimos.  Es decir, el Evangelio permite que los hombres sean humanos.  Aquellos que aceptan el Evangelio de su liberación en Cristo, hacen de sus prójimos el objetivo de sus obras. Ellos obran para hacer que todos los hombres vean algo del “misterio de fe”.

     Por supuesto, el cristiano experimentará el egoísmo de su naturaleza pecaminosa tratando siempre de meterse por el medio.  Se verá tentado a vivir por sí mismo y a hacer de sí el punto terminante de la misericordia y el amor de Dios.  De que él sienta este pecado dentro de sí no es evidencia de que no tiene el Espíritu.  Pero el hecho de que lucha contra la carne y no anda conforme a ella es la más segura evidencia de que está peleando la buena batalla de la fe mediante la fuerza del poder del espíritu. El amor no se mide por el arrebato de sentimientos alegres, sino por una dispuesta conformidad a los mandamientos de Dios, con o sin sentimientos.

  RESUMEN.- La evidencia de la posesión del Espíritu Santo es fe, esperanza y amor. Desde el punto de vista humano, ellas no son las gracias más espectaculares; pero a la vista del cielo ellas son los milagros supremos de la gracia divina.      

 5.  La señal del bautismo del Espíritu.

    El bautismo en agua es la señal del bautismo del Espíritu.  En el libro de los Hechos vemos que el don del Espíritu fue asociado con el bautismo:   “Pedro les dijo: Arrepentios y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”  Hch.2:38.

     “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.  Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro, se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.  Porque los oían que hablaban en lenguas y magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro:  “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?   Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús.  Entonces le rogaron que se quedase por algunos días.”  Hch.10:44-48.

 “Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.  Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.  Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en lenguas, y profetizaban.”  Hch. 19:4-6.

     El bautismo en agua y en Cristo no son una iniciación deficiente que necesite ser suplementada por otro bautismo posterior.  Jesús habló de la entrada de los hombres al reino de gracia con un bautismo “de agua y del Espíritu,” Juan 3:5.  El mandó a sus discípulos a bautizar a los hombres “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,” Mat. 28:19.  Por lo tanto, el bautismo inicial es el bautismo del Espíritu Santo tanto como lo es el bautismo de Cristo.  Tampoco es otorgado limitadamente el Espíritu en la iniciación cristiana.  Dice el apóstol:

   “No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador,” Tito 3:5,6.

     La iglesia de Dios no es como las grandes naves de pasajeros las cuales tienen sectores para pasajeros de primera y de segunda clase.  La Iglesia es verdaderamente la única sociedad sin clases en el mundo. A una comunidad de creyentes los cuales estaban en peligro de hacer distinciones tales como “cristianos ordinarios” y “cristianos llenos del Espíritu”, Pablo les declaró, “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo ... y a todos se nos dio a beber de un  mismo Espíritu.” 1 Co. 12:13. Otra vez dijo: “Un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo”. Efe. 4:4,5

     No hay tal cosa como cristianos ordinarios y cristianos llenos del Espíritu.  Una de dos: o el hombre es un cristiano lleno del Espíritu o no es un cristiano (Ro.8:9).  Dios no da a unos pocos individuos una experiencia diferente de la que da a todo el cuerpo.  Hay un bautismo cristiano - y este es el bautismo de agua y del Espíritu Santo.  Hay solamente un Evangelio, y este es un Evangelio completo.  La Trinidad es indivisiblemente una.  El bautismo del Espíritu no es una experiencia mas elevada que el bautismo de Cristo.

     Aunque el rito del bautismo es en sí mismo la señal de la recepción del Espíritu, no es una garantía del Espíritu.  La señal no debe ser confundida con la evidencia.  Muchos hay que creen salvarse al entrar en la Iglesia terrenal tomando esta señal; pero el libro de registro celestial no siempre corresponde con el libro de registro terrenal. Tener la señal aparte de la evidencia es hipocresía y blasfemia.

     Cuando decimos que la verdadera iniciación cristiana es el bautismo de agua y del Espíritu, no negamos que el Espíritu pueda venir otras veces subsecuentemente a renovar la fe, para dar poder especial para ciertas ocasiones, o para impartir dones especiales para la prosecución de la comisión del Evangelio. Dios no está obligado, y el Espíritu puede revelarse como El disponga. Así como en la iniciación de la era cristiana un poderoso derramamiento del Espíritu en Pentecostés equipó con poder a los creyentes  para su servicio, así se nos enseña en la Biblia que la era del Evangelio cerrará con no menos poder antes de la venida del Señor. Esto es lo que los antiguos profetas llamaron “la lluvia tardía”, y el tiempo de su derramamiento está a la mano.

     El profeta nos exhorta, “Pedid a Jehová lluvia en la estación tardía” Zac. 10:1.  Estaremos seguros en hacer esto si percibimos que la obra del Espíritu es hacernos conscientes de Cristo en lugar de hacernos conscientes del Espíritu: Cristo-céntricos en lugar de centralizados en la experiencia. El Espíritu no habla de Sí mismo (Jn. 16:13). Nosotros no conocemos su nombre. Su única misión es glorificar a Jesús y hacernos más y más sensibles de nuestra propia pecaminosidad y dependencia de una justicia que esta fuera y por encima de nosotros.

     La obra del Espíritu en nosotros no es el fin y Cristo solamente un medio para alcanzar a ese fin. Al contrario, Cristo es el fin y el Espíritu es el medio para alcanzarlo. La experiencia cristiana, aunque esté llena del Espíritu, no nos asegura el favor de Dios. La santificación del Espíritu no hace que el creyente alcance un grado mas alto, o que sobrepase la supremacía de la justificación. Verdaderamente, como uno bien ha dicho, “La santificación es tomar la justificación en serio”, y el Espíritu nos es otorgado para ese propósito.

    RESUMEN.- El bautismo es la señal del bautismo del Espíritu. La Trinidad es indivisible en su obra. Los miembros todos de la iglesia gozan de un bautismo y un Espíritu. La continuación de la obra del Espíritu no nos lleva a otra experiencia, pero nos reforzará y nos establecerá más firmemente en la verdad de la justificación por gracia mediante la fe.

6.  La plenitud del don del Espíritu.

Mientras estemos en esta vida solamente poseeremos las primicias del Espíritu, pero en el sentido Evangélico poseemos una plenitud del Espíritu que nunca puede trascenderse o sobrepujarse. Este es el mensaje del libro de Colosenses. Los cristianos en Colosas estaban perturbados por un grupo de “vida más espiritual” los cuales no estaban contentos de vivir la vida común del cristiano de fe y de esperanza. (El problema todavía esta en la iglesia. La naturaleza humana no quiere soportar su sentido de debilidad, pecaminosidad, y saberse finitos. No quiere soportar la realidad diaria de platos sucios, nervios desgastados y una persistente lucha contra la carne.)  Así algunos de los colosenses promulgaban la búsqueda de una plenitud del Espíritu que les elevaría a tal éxtasis espiritual que remontarían por encima de sus pobres y batallantes hermanos terrenales.  (¡Qué lindo! Y  ¿qué cristiano no ha pensado que tal carga de poder espiritual lo elevaría sobre los tediosos conflictos de la vida?)

      De esta manera este grupo santificacionista buscaba una plenitud del Espíritu que trascendiera un “mero” gozo de Cristo y una “mera” justificación por la fe. Por supuesto, dado a que sus aspiraciones iban mas allá de la simple fórmula de “por fe solamente”, empezaron a practicar e imponer reglas y fórmulas de su propia invención, (Esto todavía se ve en libros modernos que se especializan en el subjetivismo - Secretos para una experiencia cristiana victoriosa - 10 pasos que lo demuestran, o Preparación para el bautismo del Espíritu - 7 condiciones para recibirlo.)

     El Apóstol Pablo demostró a los colosenses que este programa de hacer de la adquisición de una más elevada experiencia espiritual el centro de su interés era legalismo. Su respuesta a este grupo de “santificados” fue una magnífica exaltación de la persona de Cristo y la absoluta centralización de la fe de la iglesia en él. La palabra clave de Pablo es plenitud. Haciendo frente a los herejes en su terreno propio, él demostró a la iglesia en dónde existe solamente aquella plenitud - en Jesucristo y nunca en otro. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.” “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad.” Col. 1:19, 2:9.

     Como nuestro Substituto, Cristo no solamente rindió a Dios todo lo que nosotros le debíamos en perfecta obediencia; como hombre en nuestro lugar, recibió de Dios todo lo que Dios tenía para darnos y deseaba darnos aun toda la plenitud de su propia vida. En Cristo, la humanidad ha recibido la totalidad de la vida de Dios. En él hemos sido llenados de toda la plenitud de Dios. Nunca puede haber otro camino sino en él porque ningún otro sino este Dios-Hombre puede contener toda la plenitud acumulada de la eternidad. La fe no vacila ante el don que Dios nos ha dado en Cristo, sino que confiesa que Dios nos ha dado todo, y en simple fe el cristiano lo posee todo. Por eso dice Pablo:  “Vosotros estáis completos (poseídos de una plenitud) en El.” Col.2:10, Versión Moderna.  (Traducción del Nuevo Mundo.)

      En este sentido el creyente no puede tener nada más que cuando acepta a Cristo como Señor y Salvador de su vida. El vive “como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo.” 2 Co. 6:10. La fe abraza a Cristo y a esa plenitud en él; la esperanza pacientemente aguarda la herencia, sabiendo que la vida no esta realizada aquí y ahora.

       RESUMEN.- En  esta vida nunca podemos experimentar suficientemente del Espíritu de Dios ya sea para satisfacer a Dios o a nosotros mismos. Sin embargo la humanidad de Cristo ha recibido toda la plenitud de Dios por nosotros. Nosotros la tenemos ahora por fe, y la poseeremos por visible realidad a la venida de Cristo.

Tomado de la Revista:      

  EL PREGONERO DE JUSTICIA

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