TEMA:
Aborto Provocado

 

   

¿DEBE LEGALIZARSE EL ABORTO?

I X

 

                   ¡Todo lo contrario! debe prohibirse y penalizarse más severamente. Los abortistas argumentan que es mejor permitir por ley el aborto que tratar de prohibirlo. "¡La gente continuará haciéndolos!" - dicen.

                   ¿Es esta una manera lógica de razonar? o ¿será que un razonamiento que abogue por asesinar a criaturas humanas se pueda catalogar de lógico? Si debemos permitir por ley el aborto porque después de todo la gente continuará practicándolo, debemos también despenalizar el robo, los asaltos a mano armada, las violaciones de mujeres, porque también son crímenes prohibidos, mas la gente continúa cometiéndolos. Nada más ilógico, más confuso, más avieso, que el razonamiento humano cuando busca justificar lo injustificable, aceptar lo inaceptable, santificar lo pecaminoso, y sancionar el delito como si fuera virtud. Más fogueada no podía quedar la lógica humana.

                    El ser humano cuando viola los más elementales instintos morales con que fuera creado, degenera en lo ridículo cuando se diluye  y se programa para aceptar como virtuoso lo que sabe muy bien es criminal.  La amenaza del justo juicio de Dios, cual espada de Dámocles, pende sobre los que distorsionan a sabiendas la delicada y sensible balanza de los valores morales.  La retórica del profeta Isaías truena con amenazante dramatismo:"Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo" (Is. 5:20).  El mal y el bien son tan diferentes en su naturaleza inherente, como lo es la percepción de estos valores por las antenas éticas del hombre. Dios ha dotado a su criatura de un afinado mecanismo de percepción interior capaz de discernir, sopesar, y hacer la apropiada evaluación entre ambos extremos. De ahí que Su "juicio sin misericordia se hará con aquél que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio" (Santiago 2:13).

                   La sociedad que establece leyes que sancionan su propia destrucción, está condenada a desaparecer. No merece siquiera sobrevivir. La sociedad capaz de legislar en favor de que se preserve y protejan ciertas especies de aves o de peces amenazadas con extinguirse, que hace cumplir la ley de "veda" limitando la caza, o que restringe la pesca bajo ciertas circunstancias, pero es incapaz de legislar su propia sobrevivencia, es una sociedad que sufre de una retorcedura en su escala de valores y que ha bajado muy hondo en su descomposición. En algunos países donde a un ciudadano lo hacen pagar una multa de $500.00 si rompe un huevo de águila, hay los que voluntariamente pagarían $500.00 o más por asesinar a sus bebés. Es inconcebible la contradicción con que el razonamiento humano trata de acomodarse a la barbarie.

Todavía hoy se argumenta que una mujer tiene derecho de decidir si lleva a término su embarazo o no; que es cuestión enteramente de ella; que es algo personal y privado en lo que nadie debe intervenir. Dicen que la mujer debe tener derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo. Pero ... ¡Señores! ... el cuerpo del embrión no es el cuerpo de ella. ¡Está sólo en su interior! El feto no es parte de la mujer como lo es su apéndice o uno de sus dedos. Es un ser  distinto, con un sistema nervioso desarrollado y aparte; con ondas cerebrales independientes, con un sistema circulatorio propio y con todos los

demás órganos y sistemas que tiene cualquier otro ser humano.

                   Un diestro caricaturista de la página editorial de un periódico, dio en "el clavo" al representar elocuentemente en una caricatura, a una joven mujer embarazada pensando: "Como mujer, tengo todo derecho de hacer lo que quiera con mi cuerpo". De dentro de su abultado vientre se oye decir a la criatura que está allí: "¿Y ... de mí qué? ¡Yo también soy mujer!" ¡Cuán gráfica filosofía! ¡Qué objetivo reclamo! ¡Qué brillante monumento al derecho! Sí, al derecho de nacer que tenía la mujercita que iba en el vientre de esta embarazada.

                   Concedido, el embrión proviene de una célula u óvulo que la mujer expele. Pero este óvulo, por sí sólo, no es capaz de formar el feto que ella reclama como parte integral de su cuerpo. Se necesita el concurso del espermatozoide masculino para esta formación. Así que el feto, complejo producto de una unión, ya no es propiedad exclusiva de ella. Ni siquiera propiedad dual. Una vez formado, el embrión, tiene una código genético propio que lo hace enteramente diferente a la madre y aun al padre. Se ha constituido en una entidad independiente que tiene tanto derecho a la vida como el de sus progenitores.  Todo lo que una madre embarazada hace, es prestarle temporalmente una habitación. Atentar contra la vida del feto no es nada menos que un crimen que la sociedad no sólo debe repudiar y abominar, sino también castigar severamente.

                   La gravedad de este asesinato no se puede minimizar porque ocurra dentro de las paredes de un hospital o porque sea ejecutado por las manos de un así llamado "médico". El crimen es crimen sea que se lleve a cabo en un centro de salud o en el medio de la calle. ¡Paradojas de paradojas! ¡Clímax de contradicciones! Tanto el hospital como el médico suponen estar dedicados a salvar y a preservar la vida, ¡no a destruirla! Este es el solemne compromiso que los médicos contraen al tomar el juramento hipocrático. Sin embargo, es evidente que aún en la profesión médica, tan honorable como es, se han colado especies siniestras con los más hitlerianos designios. Bienvenimos el día cuando, de vuelta al buen sentido, la sociedad empiece a llamar las cosas por sus verdaderos nombres: a ciertos hospitales, "mataderos", "abortorías" o "factorías de abortos", y a ciertos médicos, sencillamente, "carniceros".

                   Todo ser humano moralmente sensitivo repudia el aborto provocado por considerarlo criminal. No tiene ni siquiera que ser un cristiano comprometido para sentirse horrorizado ante el draculesco pensamiento del aborto. Todo lo que necesita es un milímetro de decencia y una onza de dignidad. Sus más elementales instintos le hacen nausear ante tan abominable práctica. Las más diversas religiones del mundo condenan el aborto. El antiguo código Hammurabi también lo condena. El voto hipocrático, por su misma esencia, lo rechaza. Los judíos ortodoxos lo desaprueban. Los cristianos desde los tiempos más primitivos lo han repudiado. Juan Calvino, entre los Reformadores, lo condenaba. Billy Graham no lo aprueba, y toda una gama de líderes cristianos modernos abomina este acto. Las Santas Escrituras, la Biblia, hacen meridianamente clara la posición de Dios. La autoridad normativa de las Sagradas Escrituras asienta la zapata de los criterios a que se adhiere nuestra civilización. En una simple pero directa e incontrovertible sentencia, la Biblia dice: "No matarás".

                   Pongámonos del lado de Dios en este asunto que, como una maldición, ha corrompido la fibra misma de la humanidad.  

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