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TEMA:
Aborto Provocado |
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CUANDO LA VIDA DE LA MADRE PELIGRA V
I I
¿Debemos salvar la vida de la madre disponiendo de la del feto? o ¿debemos
salvar la vida del feto sin importarnos lo que le pase a la madre? Ambas
opciones son nueces muy duras de partir. Constituyen decisiones que uno desearía
nunca tener que hacer.
El que esto escribe ha estado allí. A mí me tocó hacerlas. La vida me
trajo ese dilema una vez. Hice esta monumental decisión ayudado por mi fe en
Dios, mi reverencia por la vida, mi instinto de sumisión a la Providencia
Divina y la opinión de varios doctores. Mi decisión probó ser acertada. Le
cuento . . .
En el tercer mes de su embarazo, mi señora desarrolló un tumor o
fibroma que iba creciendo juntamente con la criatura. Estaba atendiéndose
entonces con uno de los mejores obstetras, si no el mejor, de la ciudad en que
vivíamos. Lo llamaremos el Dr. M para los fines de este artículo. El Dr. M era
un excelente partero. Su clientela era enorme; su reputación muy alta; su fama
muy extendida. Era Director General del Hospital de Maternidad del Estado, un
reputado catedrático de obstetricia en la Universidad Nacional y el propietario
de una clínica privada donde hacía numerosos partos. Su experiencia como
partero era arrolladora; su crédito profesional, indiscutible. Si hubiera ido a
tener cien hijos, los cien los hubiera parteado el Dr. M. Un día me notificó que mi esposa necesitaba una operación URGENTE. Le había encontrado un fibroma que crecía a la par de la criatura. Me dijo que eventualmente el tumor oprimiría la cabeza del bebé, deformándola, y que aún la vida misma de mi querida esposa corría peligro. Enfatizó el hecho de que debía hacerse esta cirugía INMEDIATAMENTE. ¡No había tiempo que perder! Al cuestionar más profundamente al Dr. M, me hizo evidente que la criatura se perdería en la operación. Consulté
a mi tío, un cirujano militar. Por su mediación conseguimos que un urólogo y
otro obstetra (partero) examinaran a mi señora. Luego de examinarla
individualmente, los tres médicos coincidieron con el diagnóstico del Dr. M.
Confirmaron la presencia del creciente fibroma pero no estuvieron
de acuerdo con la URGENCIA de la operación. No creían en la posibilidad
de deformación de nuestro bebé, ni en el peligro inminente de la vida de mi
esposa. A petición mía, el Dr. M consintió en un debate con los otros tres médicos. Fijamos el día, la hora y el lugar. Mi señora y yo, más los tres médicos, nos apersonamos en la clínica del Dr. M el día de la cita. Hubo un careo médico en nuestra presencia. Los doctores argumentaban sobre problemas de obstetricia. Discutían técnicas operatorias. Citaban autores, procedimientos y textos de medicina. Traían a colación casos actuales de sus experiencias médicas. Los tres facultativos que fueron con nosotros se mantuvieron firmes en sus convicciones y el Dr. M en las de él. El Dr. M |
decía con vehemencia golpeando la mesa: "Si fuera mi hermana, la operaría inmediatamente". Los otros tres insistían que mi señora podía llevar a feliz término su embarazo y en el momento del alumbramiento se le intervendría.
Luego de un buen rato de controversia, los doctores se dirigieron a
mí para que diera el veredicto final. Había escuchado con fija atención
sus argumentos. Había pedido a Dios su iluminación sobre la ruta que debía
tomar. Y, claro, opté por la opinión del trío de médicos que me habían
acompañado. ¡Esperaríamos el momento del parto para hacer la cesárea!
Llegó el día y mi señora tuvo su operación alumbrando nuestra
hija Perlita. ¡Ni trazas de deformidad! Todo se hizo bajo la dirección
del Dr. M y en su clínica privada. Perlita nació con una gritería increíble.
¡Podía escucharla a leguas! Gritaba como si no hubiera querido venir al
planeta tierra a saludar a su papá.
¡Cuánta felicidad trajo esta niña a nuestro hogar! ¡De lo que
nos hubiéramos perdido si hubiéramos seguido a ciegas la opinión de
nuestro excelente partero! El Dr. M, como todos los obstetras del mundo,
no era más que un frágil ser humano sujeto a errores y a serias
limitaciones.
Hay momentos, carísimo lector, cuando el hombre frente a sus
dilemas más severos, sus encrucijadas y laberintos más difíciles, debe
admitir sus limitaciones y confiar en la sabiduría de las disposiciones
de Dios. Hay momentos cuando al hombre le toca dejar que
DIOS SEA DIOS sin arrogarse el derecho de tomar las cosas en sus propias manos. Dios
da, Dios sostiene, y Dios quita la vida soberanamente. El tiene una
providencia sabia con cada ser humano que viene a este mundo. No es
prerrogativa del mortal decidir quién debe morir o quien debe vivir.
Estas son atribuciones exclusivas del Dios todo sabio. Nunca las ha
capitulado. Jamás las entregó en manos de otro.
Según el sentido común, al cual apoya la legislación humana, el
médico no tiene derecho de matar a la madre para salvar al feto ... ¿quién,
pues, le concede el derecho de matar al feto para salvar a la madre? En el
análisis final, la función médica es salvar, no destruir la vida. El médico
que asfixia la vida, niega su clase, traiciona su vocación, viola su
juramento hipocrático, y todavía peor, mancha sus manos de sangre
inocente y cauteriza su conciencia. Estos descensos morales le confieren
por fuerza un título distinto al de médico. Con más propiedad debía
llamársele, 'aborturero'. Médico
que lees estas líneas, sé partero, no aborturero. Nuestra limitación de mortales debe llevarnos a respetar los designios soberanos del Creador de la vida. Cuando las circunstancias nos estrellen contra la pared, cuando el rodar de la vida demande de nosotros más de lo que como mortales podemos rendir, es mejor levantar el corazón hacia el cielo y pedir una medida copiosa de la unción e iluminación divinas sobre el sendero que debemos tomar. Cuando la ciencia nos pida participar en decisiones cuya providencia escapen nuestras responsabilidades como entes morales, ¿no es más seguro dejar que las cosas tomen su curso natural y si esta es la providencia de Dios, preferir que hayan dos MUERTES NATURALES y no que se salve una vida a expensas de otra? Después de todo ... ¡la muerte es inevitable! La vida que salvamos hoy, morirá mañana. "Está establecido a los hombres que mueran" - dice la bíblica sentencia. Nada ni nadie puede controvertir este dictamen salido de la boca de Dios mismo. |
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